Muchas veces los economistas, la teoría económica y los dirigentes políticos que se apoyan en la idea de algún economista difunto como decía John Maynard Keynes, atribuyen los problemas de la economía a cuestiones intrínsecas del sistema como la naturaleza de sus mercados (micro) o el comportamiento de las principales variables (macro). En cambio, muy pocos se enfocan a veces en que las complicaciones ocurren por malas políticas de gobierno.

En ese sentido, el Comité del Premio Nobel de Economía, que otorgó la distinción este año a los economistas estadounidenses Robert Hall y Michael Woodford, dijo que el galardón fue dado por “demostrar cómo los modelos económicos pueden ser reconstruidos para revitalizar políticas de estabilización”. Desde ese punto de vista, los trabajos de ambos premiados sirven para advertir los límites que enfrenta la política anticíclica de un gobierno. El trabajo de Hall (sobre consumo) muestra que utilizar la herramienta keynesiana puede no ser útil. Y el de Woodford, que la política monetaria, bajo ciertas condiciones, lleva a más inestabilidad y no menos. Ambos aportes se enmarcan dentro de lo que serían las buenas prácticas macroeconómicas como resultado de evitar errores del pasado. Es lo que ha hecho la escuela neokeynesiana.

Michael Woodford, economist de Columbia University

Primero hay que contar que la idea de que la estabilización genera beneficios para la población se remonta a la obra del mismísimo Keynes. Un planteo que empezó a moldearse ya finalizada la Primera Guerra Mundial: había temores de que muchos de los avances que había experimentado el capitalismo a fines del siglo XIX sufrieran un retroceso por la depresión, la revolución bolchevique y la situación del Imperio británico (atrapado por sus deudas, la rigidez cambiaria y el surgimiento de un competidor, EE.UU.). Si la demanda era demasiado baja, razonaba Keynes, subiría el desempleo y habría un bajo crecimiento; si, por el contrario, era excesiva, la economía y los precios se sobrecalentarían.

Hace 100 años entonces, Keynes empezó a pensar que era posible suavizar estos picos y caídas (fluctuaciones) estimulando la demanda cuando resultaba insuficiente o moderándola cuando era excesiva. Sostuvo que había que hacerlo a través del gasto público porque la política monetaria era inefectiva. Pero décadas más tarde Milton Friedman, junto a Anna Schwartz, demostraron que (para bien o mal) la política monetaria sí era efectiva.

Robert E. Hall, de Stanford University.

Las ideas de Keynes triunfaron en la salida de la Segunda Guerra Mundial. El mundo desarrollado registró una expansión retomando tasas de crecimiento elevadas, por cierto estimuladas por el mayor peso de los sectores públicos (militar y de seguridad social). Keynes se convirtió en un héroe para muchos.

Pero vino el aumento de la tasa de inflación en la década del 70 (guerra y suba del petróleo de por medio) y Keynes se volvió un villano. Friedman lo acusó de simplista.

¿Qué tiene que ver todo esto con 2026?

Hall construyó su teoría sobre el consumo en función de las ideas de Friedman sobre el gasto permanente, es decir, las personas no consumen prestando atención a cuál es su ingreso hoy (corriente) sino al permanente. Para Friedman, la gente no gasta más de sus ingresos si el Gobierno, por ejemplo, baja impuestos o da subsidios, porque saben que el día de mañana podría revertirse y sufrir ellos un traspié. ¿Para qué, entonces, consumir más hoy y arriesgarse a un shock adverso a futuro?

Hall fue un paso más allá. Consideró que el consumo depende de las expectativas y que, por lo tanto, es imposible predecir el consumo futuro a través de datos históricos. Por eso los gobiernos deben ser cautos con los estímulos.

La contribución de Woodford fue en materia de política monetaria. Su libro Interés y precios es considerado como la Biblia entre los banqueros centrales. Demostró cómo la Reserva Federal puede influir sobre la economía tomando como objetivo no la cantidad de dinero (como sostuvieron Friedman-Schwartz) sino la tasa de interés. Aunque no señala un nivel de equilibrio de tasa, dice que se podría estimular la economía transmitiendo un mensaje de compromiso a mantener a futuro bajas las tasas de interés de manera que no volverán a aumentar una vez que la economía se reactive. Es la base de lo que se denomina forward guidance o guía hacia adelante, términos o palabras que un presidente de banco central puede decir en sus discursos para balizar un sendero monetario.

En Woodford la palabra clave es compromiso. Y que aun cuando los bancos centrales tengan un mandato claro como esquemas de metas de inflación, si el mensaje no es transparente la política económica pierde efectividad.

Tanto Hall como Woodford dejan una enseñanza: en un caso como en el otro, desde el Tesoro o en el Banco Central, hay restricciones a la hora de hacer política económica. Ergo, la clave es evitar errores, estimular en exceso, y estar preparados para shocks adversos porque las restricciones cambian todo el tiempo.