Hay matrimonios que atraviesan grandes crisis cuando los hijos se van de casa. Otros descubren algo menos evidente: no saben muy bien de qué hablar cuando dejan de tener a los chicos como tema permanente de conversación.

Eso es lo que plantea una mujer en una carta en la que asegura que ama a su marido y que también ama la vida que construyeron juntos, pero reconoce que desde que sus hijos se fueron ya no tienen conversaciones como las de antes.

Siguen hablando todos los días. El problema es sobre qué. El peluquero del perro, el ruido extraño que hace el lavarropas o lo que falta comprar en el supermercado ocuparon el lugar de aquellas charlas que podían durar horas.

Durante años, los hijos fueron el tema que los unía

La mujer aclara que no considera que haya tenido un matrimonio aburrido. Todo lo contrario: recuerda que disfrutaban mucho de la vida familiar y que eran buenos trabajando juntos para criar a sus hijos.

Cuando una de sus hijas tenía nueve años y empezaba a mostrar una personalidad muy marcada, podían acostarse después de que se durmiera y hablar durante horas sobre en quién se estaba convirtiendo.

La mujer aclara que no considera que haya tenido un matrimonio aburrido.

También recuerda las anécdotas de sus otros hijos. Una frase graciosa dicha en la escuela podía convertirse en una conversación durante días.

Un cambio de ropa antes de ir al colegio podía llevarlos a preguntarse si se trataba de inseguridad, de una etapa o simplemente de una manera de descubrir quién era. No necesariamente hablaban de ellos mismos. Pero tenían algo en común para analizar, discutir y entender.

Los hijos generaban pequeñas situaciones todos los días: una preocupación, una pregunta, una anécdota o un problema que resolver. Y esas situaciones los obligaban a mirarse y preguntarse qué pensaba el otro.

Cuando los hijos se fueron, el silencio ocupó su lugar

Después de que los chicos dejaron la casa, la mujer esperaba que apareciera naturalmente un nuevo tema de conversación. Pero eso no ocurrió.

Sus hijos siguen llamando y la pareja todavía conoce lo que sucede en sus vidas. Incluso hablan sobre ellos durante la cena. Sin embargo, ya no están físicamente en la casa para generar esas situaciones cotidianas que durante décadas les daban motivos para hablar.

Desaparecieron las preguntas desde la cocina, las discusiones detrás de una puerta cerrada y las conversaciones nocturnas sobre si habían tomado la decisión correcta como padres.

Sus hijos siguen llamando y la pareja todavía conoce lo que sucede en sus vidas.

La casa sigue siendo la misma. El sillón también. Pero cambió el motivo por el que se sentaban juntos allí.

La mujer explica que recién entonces empezó a notar cuánto de su vínculo se había construido alrededor de reaccionar juntos a lo que sucedía con los hijos. Eran un equipo, dos personas que durante más de 20 años habían funcionado como compañeros de una misma tarea.

Ahora esa etapa terminó y ninguno de los dos parece haber aprendido todavía cómo empezar la siguiente.

La pareja tiene que descubrir quiénes son después de ser padres

El silencio también despierta una pregunta más incómoda: si durante tantos años hablaron principalmente de sus hijos, ¿qué quedó de ellos como pareja?

La mujer llega a preguntarse si estuvieron tan concentrados en las necesidades de los demás que dejaron de preguntarse qué estaba pasando dentro de cada uno. Pero tampoco quiere interpretar esa situación como una prueba de que el matrimonio fue falso.

Más de 20 años de una buena relación no desaparecen porque una nueva etapa resulte extraña. Puede que simplemente estén atravesando una transición para la que nadie los preparó.

Puede que simplemente estén atravesando una transición para la que nadie los preparó. (Foto: Pexels)

Por eso, no busca transformar de golpe su vida de pareja ni llenar el tiempo con actividades. Lo que quiere es algo mucho más sencillo: volver a conocer a su marido fuera de su papel de padre.

Quiere saber qué piensa cuando vuelve del trabajo y nadie necesita nada de él. Qué le preocupa, qué extraña, qué todavía quiere hacer y qué cosas lo entusiasman. También quiere recuperar las diferencias de opinión, discutir sobre una película, contarle sobre un libro o sentarse juntos sin hablar durante veinte minutos sin que el silencio resulte incómodo.

Y reconoce que la responsabilidad tampoco es exclusivamente de él. Ella también desapareció detrás de las necesidades de los hijos durante años. Si le preguntaban cómo estaba, probablemente respondía contando qué necesitaba alguno de ellos.