A mitad de camino entre Los Ángeles y San Francisco, cerca del océano Pacífico, un palacio de estilo español rodeado por un enorme rancho ganadero es testimonio de la vida y las ambiciones del magnate de la prensa William Randolph Hearst. Durante años, la propiedad fue el centro de una batalla judicial entre la familia del famoso editor y el Estado por conservar las tierras. Finalmente, se llegó al mayor acuerdo de conservación más grande y complejo de la historia estadounidense.
George Hearst, padre de William Randolph, llegó a California durante la fiebre del oro y, en 1865, compró el rancho Piedra Blanca. El establecimiento sumó miles de acres hasta convertirse en uno de los más extensos del estado. Allí, en 1919, comenzó la construcción del llamado Castillo Hearst. Una lujosa mansión, con más de 150 habitaciones, pensada como residencia del dueño del New York World y otros periódicos.
Después de la muerte de Hearst, ocurrida en 1951, sus descendientes tuvieron algunas ideas para aprovechar la propiedad. El castillo fue cedido al estado en 1957, pero para el rancho surgieron varios proyectos, como construir un hotel, un campo de golf y hasta desarrollar urbanizaciones. Las batallas judiciales entre los Hearst, el condado y la Comisión Costera de California duraron varios años.
Finalmente, en 2005, el gobernador de California Arnold Schwarzenegger anunció un acuerdo por 95 millones de dólares por el cual unos 83.000 acres se convirtieron en una servidumbre de conservación, como se denomina el acuerdo legal entre partes para restringir el desarrollo urbanístico o comercial en una propiedad para proteger sus valores naturales, agrícolas, paisajísticos o culturales.
¿Dónde se encuentran los elefantes marinos?
Unos 1.500 acres (607 hectáreas) del área preservada están junto al Pacífico y la Highway 1. Ahora, es el Parque Estatal Hearst San Simeon, que protege una zona costera de acantilados y promontorios rocosos.
Los descendientes de William Randolph Hearst querían construir un complejo turístico en el rancho familiar de California. Foto: Archivo Clarín.
Al norte de San Simeon Creek, vive una de las colonias de elefantes marinos del norte (Mirounga angustirostris) más grandes del Pacífico. Hay ejemplares todo el año, pero entre diciembre y marzo la población aumenta a unos 25.000. Eligen este lugar para descansar durante sus largas migraciones en busca de alimento, parir a sus crías y mudar su piel.
Su origen son unas pocas docenas de elefantes marinos que se congregaron en una playa cerca del faro de Piedras Blancas a fines de 1990. La especie había sido cazada hasta casi su extinción cien años antes y esta colonia era lo único que quedaba de ella. Dos años después, nació la primera cría en esa zona y la colonia se multiplicó mientras continuaban las disputas judiciales.
Originalmente, los elefantes marinos pasaban parte del año desde la bahía Magdalena en Baja California hasta la bahía de San Francisco. Una pequeña colonia de 100 ejemplares sobrevivió a la caza indiscriminada en la isla Guadalupe. La protección de la especie durante el siglo XX permitió una gradual recuperación y la población se extendió a otras islas al norte y también a algunas playas de tierra firme.
Miles de elefantes marinos llegan hasta el parque estatal Hearst San Simeon. Foto: Jeff Chiu. AP.
El rancho Hearst, en tanto, permanece como una gran explotación ganadera que también alberga más de 1.000 especies de plantas y animales, incluyendo, en una de sus poblaciones más curiosas, varias cebras descendientes de ejemplares que pertenecían al zoo privado de Hearst.
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