National Geographic, que cada mes recomienda un destino, esta vez puso el foco en la comunidad de Navarra.

Allí, cerca de la frontera con Francia, se alza un pueblo en el que viven poco más de 3000 personas, pero que conserva una gran belleza histórica y estética.

En sus alrededores, además, pueden apreciarse otras maravillas naturales, lo que hace que la visita valga realmente la pena.

Rutas históricas, monumentos y una gastronomía envidiable: las atracciones del pueblo

La elección de la revista para octubre es Elizondo, capital del Valle de Baztán y uno de los pueblos más conocidos del Pirineo navarro.

Rodeado de montañas y atravesado por el río Baztán, combina grandes casas señoriales, calles tranquilas, naturaleza y una gastronomía muy ligada a los productos de la zona. A ello se suma un atractivo que ha crecido durante los últimos años: su estrecha relación con la literatura gracias a las novelas de Dolores Redondo.

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Elizondo, capital del Valle de Baztán.

Por el lugar pasa la ruta jacobea, un camino histórico de peregrinación hacia Santiago de Compostela, y la ruta del carlismo, un recorrido histórico que recuerda los lugares vinculados con las guerras carlistas del siglo XIX.

Lo que singulariza a Elizondo es que el pueblo y las orillas del río son todo uno. El Palacio de Arizkunenea, construido en 1730 por Miguel de Arizcun —casa de cultura en la actualidad—, tiene su parte posterior entre las fachadas que se reflejan en la superficie como en un espejo donde la belleza rural se duplica.

En el barrio de Txokoto, los arcos de la calle Jaime Urrutia y las viviendas de piedra con balcones de madera también se asoman al río. Todo parece fluir en su suave corriente. Casonas indianas como Paularena o Manuelenea completan la escena, mientras que en el molino de Etxaide aún se ve el proceso tradicional y se pueden probar los talos, la torta de maíz que fue base de la comarca.

El Palacio Arizkunenea.Foto: Wikipedia (CC0)

Viajar hasta este rincón navarro también supone sentarse a la mesa. La gastronomía del valle conserva una fuerte relación con los productos locales y con recetas tradicionales que resultan especialmente apetecibles cuando empiezan a bajar las temperaturas.

Entre los platos asociados a la cocina de la zona aparecen elaboraciones contundentes como las pochas con chistorra, el cordero o diferentes recetas de bacalao. También hay espacio para uno de los postres más reconocibles de Navarra: la cuajada, tradicionalmente preparada con leche de oveja.

Lo dulce tiene, además, un protagonismo especial en Elizondo. Uno de los productos vinculados a la localidad es el chocolate "urrakin egina", elaborado con chocolate y avellanas y convertido en una de las especialidades que buscan quienes pasan por el pueblo.

La combinación de buena mesa, patrimonio y naturaleza ayuda a explicar la elección de National Geographic para octubre.

El maravilloso otoño de Navarra

El otoño (que está transitando Europa), es una estación que por sí sola tiene la potencia de transformar cualquier paisaje y cambiar la experiencia de un viaje.

En Elizondo en particular, los prados conservan su verde fosforescente mientras los bosques estallan en sus amarillos y rojos, los helechos se secan con un tono como de cobre y, de lejos, las montañas se ven cubiertas de fina niebla. Dan ganas de ponerse a caminar solo de ver el paisaje.

En Erratzu, en tanto, una localidad ubicada a diez minutos, existe un sendero que serpentea entre prados y caseríos, bajo hayas y castaños, hasta la cascada de Xorroxin, que tras las primeras lluvias baja con fuerza: la combinación de agua y hojarasca pinta una de las postales más bellas del otoño en Navarra.

Y luego está el Parque Natural del Señorío de Bértiz, un lugar natural fascinante.

El Parque Natural Señorío de Bértiz. Foto: Wikipedia (CC BY-SA 3.0)

Este sitio existe por una promesa, y eso ya lo hace único. Sus últimos propietarios fueron don Pedro de Ciga y doña Dorotea Fernández, quienes se hicieron con el “Señorío de Bértiz” en 1898. Ambos eran unos enamorados de la botánica y tenían un sueño que estaban en disposición de cumplir: recuperar el bosque típico del valle, que en los últimos años se había perdido en zonas.

También hicieron construir fuentes, estanques, pérgolas y cenadores en la zona de jardín. Cuando llegó el momento, en 1949, lo legaron todo por testamento de puño y letra a la Diputación Foral con una única condición: que se conservara tal cual. Se cumplió y, en 1984, se convirtió en el primer parque natural declarado de Navarra.

Es un placer recorrer el parque. Cruzando el jardín de ginkgos amarillos y arces rojos, la pista se adentra en el hayedo. En otoño, la luz del sol se filtra entre la bóveda de hojas rojizas y amarillas, huele a petricor y la atmósfera es mágica.