El descaro del director Mariano Llinás arranca desde el primer segundo, en francés, y desde lo más alto posible. El epígrafe de La Fontaine que abre su película sobre Borges reza así: Défendez-vous par la grandeur. No importa si esa llamada profiláctica se la dirige a sí mismo o si se lo implora al propio Borges. “Defiéndete con grandeza” es más energizante y batallador que “Defiéndete de la grandeza” (algo que quizá La Fontaine sabía que latía como subtexto y que también les habría servido a Borges o Llinás) y la aventura que los espera no admite medias tintas. Curiosamente, la frase no concuerda mucho con el trato que recibe enseguida su homenajeado, en un texto impreso que alude a la “fealdad” y lo “desagradable” de la fisonomía de Borges. No es la única imprecisión o exageración descaminada del film, pero la voz en off de Llinás -por absurdo que suene, más presente que su propio cuerpo- se las arregla para reponer fallas y omisiones, para justificar cualquier pozo o laguna y para cubrir casilleros inaccesibles. Borges inventó todos los que pudo; Llinás inventó uno de los Borges admisibles.

Pero no nos hagamos los malevos y pongamos ya las cartas sobre la mesa: Biografía de Jorge Luis Borges es un disparate y una genialidad. Por muchos documentos imperdibles que exhiba, si hay una película es gracias a los desvíos y digresiones, a los viajes en auto y, en especial, a la presencia y actuación de Ernesto Montequin (igual que su apellido en los créditos, empieza no acentuado y termina acentuadísimo). Con aire de hermano menor del actor Basil Rathbone, más algo de la máscara impertérrita de Buster Keaton, el delgado y atildado Montequin oficia de un Sherlock Holmes de pocas palabras y pocos amigos, aunque su sincronizado tándem con el incontinente y atropellado Llinás -payaso de suma eficacia- de a ratos vuelve al film, más bien, una Vuelta al mundo con Laurel y Hardy.

Las escalas son Ginebra, Nueva York, Texas, Salto Oriental, Montevideo, Boedo, Adrogué, Reikiavik, Retiro, Recoleta, Santiago de Chile, Pardo en la Provincia de Buenos Aires, la vieja Biblioteca Nacional con clima de estación de trenes de ramales cerrados: ningún punto deja de convertirse en un arrabal del Palermo inaugural. Como disimulando su propia pedagogía, esta enciclopedia portátil, esta road-movie de radios y GPS encendidos y parabrisas rotos cuenta con no poca competencia cómo Borges se hizo Borges y no retrocede ante el desafío de recrear sus complejidades, o "todas las variedades de la empresa del yo", como anticipó el autor de Ficciones en su "Definición de Cansinos Asséns".

Imagen del documental sobre Borges dirigido por Mariano Llinás. Gentileza Pampero Cine.

Biografía de JLB hace foco en una de las varias colecciones de manuscritos, fotos y papeles de Borges, aquella conservada en ISLAA (The Institute for Studies on Latin American Art, Nueva York), que le encargó el proyecto a Llinás antes de que, felizmente, se desmadrara. Se desbordan, de entrada, los libros que da a luz un bolso Burberry sin fondo que hurgan las manos de Llinás antes de revolear los castigados ejemplares. Se extralimitan los subrayados y guiños cruzados que puntúan, en paralelo y calladamente, el relato y las escenas que van trazando un mapa cronológico. La letra de Llinás ni sueña con competir contra la de Borges (donde este se vuelve literalmente tangible). Se leen cartas, se discuten versiones. Se inspeccionan correcciones y variantes en los borradores, con esa caligrafía que remeda tipos móviles acaso para que su mero aspecto de imprenta insinuara mejorías adicionales. Se cotejan ediciones y se recalca la manía de Borges por hacer desaparecer textos propios (como las preciosas anotaciones de Cuaderno San Martín, donde un Borges plenamente vidente cae en un éxtasis ecfrástico al describir en detalle el cuaderno en el que escribe y que le regala el título).

Borges nunca olvidó el cuento de Henry James significativamente titulado “El sentido del pasado”, en el que un pintor no pudo seguir con un retrato -el resumen es de Borges- “porque hay algo en su cara que se le escapa, algo que su pincel no puede captar”. El “centro secreto” de Borges no va a aparecer jamás pero la película de Llinás sugiere núcleos rotativos u orbitantes: la visita a la Biblioteca Miguel Cané donde trabajó Borges; el viaje al fronterizo Masoller en Uruguay; la lectura del alegato del abogado de Borges para poder separarse de Elsa Astete (con argumentos que evidentemente se nutrieron de arteros prompts de Borges); las andanzas del inverosímil traductor y entrometido gestor Norman Thomas di Giovanni; la agenda diaria de la incivil esposa Elsa Astete; los sobrios silencios del coleccionista Nicolás Helft; las filmaciones de un Borges joven, impostor, fumando y mateando, realizadas por su amigo y medio pariente Enrique Amorim (latas recuperadas merced al rescatista-cum-laude Fernando Martín Peña); la musicalización de “Mi tapera”, el poema de Regules que cita Borges en el cuento “El otro”; y más pasajes picarescos o emotivos que no convendría delatar. No se trata de una vida pasada; de allí quizá que la película mantenga siempre un próximo suspenso.

De pronto, Montequin cita a Bioy Casares: “Por las digresiones entra en los escritos la vida”. Aficionado a la condensación, Borges encontró en ella su sello elíptico, un estilo recortado, de compresión y transición cinematográficas. Llinás va en la primera dirección -la película dura cinco horas y media- y el desvío hace correr aire para una literatura ceñida, compendiada, justa. La película resulta, como el Borges escrito y oral, un borrador momentáneamente definitivo. El humor y la gracia, como se ve claramente en el diario de Bioy, era para Borges el pan de cada día. A riesgo de que crean que él cree que si el espectador ríe la película es buena, Llinás corta las costuras y hace estallar la comicidad por los cuatro costados. (Cuando el espectador regresa del segundo intervalo, la butaca rebatible se niega a prestar servicio y lo desploma).

En un juego de ecos, paralelismos y espejos, la película vuelve a virar -es perfectamente lógico que otro de sus momentos más altos sea una nueva excursión- y desliza un homenaje al escritor y director Edgardo Cozarinsky, pionero en el estudio de la conexión entre Borges y el cine. Ernesto Montequin lee su brillante “vida breve” de Cozarinsky mientras pasa rasante un libro dedicado a este por Lotte Eisner, en otro de los mil parpadeos subrepticios del film.

Del traductor, editor y ensayista Montequin se sigue esperando que complete y publique la biografía de Juan Rodolfo Wilcock (“afectos a Wilcock”, leemos en la pantalla en una carta de Borges), en la que trabaja hace más de treinta años, pero por el momento decidió dedicarle unos meses a encarnar un papel extraordinario en el mundo del biógrafo -como se llamaba al cine en la época en que Borges lo frecuentaba y comentaba- para contribuir a una vida que nadie hubiera imaginado filmable. Los espectadores han contemplado -el grandioso final solitario lo murmura- una Atlántida hundida, una nube púrpura evaporada: ya no existirán otros Borges; ni siquiera habrá otros Montequin.

La bibliografía de Borges vivió subyugada a la noción de destino y plagada de intereses y aplicaciones biográficas. En una conferencia sobre Spinoza se detuvo amorosamente en datos cotidianos: "Hay un rasgo un tanto ingrato que, sin embargo, no tengo por qué ocultar, ya que nos ayuda a tener una imagen suya. Ese rasgo es que le gustaba organizar y presenciar riñas de arañas".Sobre Vathek de William Beckford, apuntó: "Tan compleja es la realidad, tan fragmentaria y tan simplificada la historia, que un observador omnisciente podría redactar un número indefinido y casi infinito, de biografías de un hombre, que destacaran hechos independientes y de las que tendríamos que leer muchas antes de comprender que el protagonista es el mismo". Esa novela protagoniza otro memorable episodio de la película de Llinás gracias a que Montequin recuerda un prólogo de Borges en el que admite haberla comprado junto a otros libros ingleses para la Biblioteca Miguel Cané.

Nadie elige a todos sus biógrafos (excepto Borges con Bioy, y su admirado predecesor Johnson con Boswell, prestándoles tantas horas de su vida) pero una vez más a Borges le tocó otra carta de triunfo. En un film alucinado, Ernesto Montequin y Mariano Llinás lograron algo casi imposible: acercar la figura de Borges y agigantarla a la vez. Sin traicionar ciertos típicos tics de su héroe: la ironía que dinamita sutilmente la propia obra y el sueño como resolución.

Biografía de Jorge Luis Borges, de Mariano Llinás. El Pampero Cine, 330 minutos. Malba Cine.