Dominando la geografía de Atenas, allí desde lo alto, tiene una historia de 2.500 años. Sufrió incendios devastadores, bombardeos y hasta el expolio de sus esculturas (Grecia lleva dos siglos reclamando la devolución al Reino Unido).
En la década pasada, un terremoto asoló la zona. Pero el Partenón todavía sobrevive –como puede- y es un símbolo de la Atenas clásica. Hace pocos meses, Grecia intentó devolverle algo de su antiguo esplendor y culminó la restauración de su fachada occidental. Al menos, volvería a contar con la imagen conocida en el siglo XIX.
Para Eleni Aggelakopoulou, jefa del departamento de conservación, el Partenón “es un monumento que provoca esa intensidad en la gente, por la escala, la armonía, la belleza”. Afirma que para Pericles “el Partenón no era propaganda barata. Proyecta una idea elevada de la vida y de la belleza. Por eso nos hace llorar”.
"Hoy contemplamos el frontón occidental del Partenón como no lo habíamos visto en dos siglos. Por primera vez en unos 220 años, presentamos el lado occidental del Partenón en su forma más completa posible", dijo la ministra de Cultura, Lina Mendoni. Agregó que un equipo de arqueólogos, ingenieros y artesanos había utilizado fragmentos antiguos que se conservaban y mármol nuevo para rellenar los huecos y reforzar la fachada occidental del monumento.
En la historia
Completado en el 438 antes de Cristo, cuando Pericles lo imaginó como un símbolo de la grandeza de Atenas, para algunos historiadores no le faltan controversias al origen del Partenón. La construcción se extendió durante una década, financiada por las “polis” aliadas a Atenas en la Liga de Delos. Y para los detractores de Pericles –por supuesto que no faltaban las “grietas” políticas en la antigua Grecia- esa obra era un derroche: “Utilizan el tributo para embellecer nuestra ciudad como una mujer vanidosa, intentan vestir a Atenas como una prostituta”, es un texto atribuido a esos detractores. Las críticas aparecen en fuentes como Plutarco o Pausanias, aunque los libros históricos también resaltaban una estatua de la diosa Atenea, de oro y marfil: desapareció después del siglo III de nuestra era.
Pericles, el estadista de aquella Atenas dominante, ordenó la obra, cuyo diseño se atribuye a los arquitectos Ictino y Calícrates, y donde deslumbraban las esculturas de Fidias, a quién hoy llamaríamos un “supervisor artístico”.
El Partenón atravesó todas las etapas históricas: comenzó como un templo pagano, luego fue una basílica cristiana durante el Imperio Bizantino y cuando llegó la dominación otomana en el siglo XV se convirtió en mezquita. Para algunos viajeros “la más hermosa del mundo”.
En algún momento –del cual no hay precisiones, sería la transición antes de la ocupación otomana- sufrió un incendio devastador, pero se mantuvo su estructura interna. Más graves fueron los bombardeos de Venecia (la “Serenísima República”) en 1687 contra los otomanos.
Liderados por el general Morosini, aliados a tropas de Polonia y el imperio austríaco, dispararon 700 cañonazos, que destruyeron la base central del Partenón, 28 columnas y partes del friso. Por supuesto, del Partenón original ya quedaba poco.
El expolio
El hombre clave en esta historia se llamó Thomas Bruce, conde de Elgin, embajador británico ante el imperio otomano entre 1799 y 1803: fue el gestor del saqueo de las esculturas del Partenón. A principios del siglo XIX, comenzó a quitar todas las decoraciones que aún permanecían en el edificio, y las envió a Londres. Hasta hoy es una de las colecciones más conocidas del Museo Británico. Y eje de una disputa que se extiende hasta nuestros días, mucho más desde que Grecia recuperó su independencia y, a partir de 1974, su democracia.
Elgin movió sus influencias para conseguir los permisos, realizar excavaciones y llevarse las esculturas a Londres. Según la historiadora británica Mary Beard “Elgin no dudó en recurrir a cortesías, sobornos y dobles juegos” para ganarse a las autoridades locales”.
Nada distinto a lo que siempre sucedió, en la historia y en cualquier lugar. Esa conducta “era el sello distintivo de las negociaciones entre los funcionarios otomanos de Atenas y sus visitantes extranjeros”. Elgin se justificó en nombre de la preservación de las esculturas y los mármoles para evitar que acabaran “molidas para hacer cemento por ignorantes locales” o destruidas en otra guerra. Pero lo cierto es que en 1816, Elgin se salvó de su propia bancarrota: le vendió las esculturas a la corona británica. En su época tuvo sus seguidores y críticos, Lord Byron el más famoso.
Los reclamos griegos fueron permanentes en el último medio siglo y se recuerda, por ejemplo, la agitación de la gran cantante Melina Mercuri como ministra de Cultura de Grecia. En 1983 visitó el Museo Británico y lloró delante de las piezas expuestas.
Desde el Reino, la respuesta habitual es: “Nuestra posición respecto a los mármoles no ha cambiado. Sigue siendo un asunto que concierne en primer lugar al Museo Británico, y el Gobierno no va a modificar la ley para permitir un traslado definitivo de las esculturas del Partenón”. No obstante, el hecho de que ahora haya un gobierno laborista en Londres les da alguna luz de esperanza a los griegos.
También se encuentran fragmentos de esculturas del Partenón en museos de París, Copenhague, Munich, Viena y Wurzburgo.
Textos
Byron fue el primero y el más famoso entre los detractores de Elgin, a quien llamó “loco, malo, peligroso”. Y en 1811 escribió un poema satírico (“La maldición de Minerva”) aunque no quiso publicarlo. Retomó el tema en otro poema de su serie “Las peregrinaciones de Childe Harold”. Allí escribía: “Frío es el corazón, bella Grecia, que te contempla no siente como los amantes sobre el polvo que amaron / apagado es el ojo que no llora al ver tus muros desfigurados / tus santuarios removidos por manos británicas / que deberían haber custodiado esas reliquias”.
Hasta los relatos de Platón refieren al Partenón, como un escenario de diálogos entre el maestro Sócrates y Fedro. Pero transmiten una imagen de una Atenas romántica y racionalista que según historiadoras como Joan Breton Connelly (Universidad de Nueva York) no es real: “La vida en la república de Pericles era mucho más oscura y primitiva de lo que se ha planteado a partir de la Ilustración. Era un mundo lleno de ansiedad, dominado por una obsesión egocéntrica por definir su lugar en el mundo, saturado de espiritualidad y marcado por la necesidad de estar en buenos términos con los dioses".
Y califica a Pericles como “un hombre marcado por sus supersticiones y por sus amuletos. La particularidad de Atenas no era el gusto por la razón sino cierta cultura de la excelencia que hoy nos parecería muy moderna”.
Pero las interpretaciones desde entonces son múltiples. Entre las investigaciones más recientes resaltan las de Beard, cuyo libro El Partenón (2015), además de reconstruir esa larga historia, sostiene que el Partenón constituye “la polémica cultural más prolongada del mundo”. La experta británica considera que “han encontrado en la pérdida de las esculturas un oportuno símbolo de unidad nacional”. También critica la postura de Londres a lo largo de estos años. Considera que exageró los argumentos de que Grecia no podía garantizar la adecuada conservación de las piezas del Partenón.
Otro texto difundido es el de la experta Andrea Marcolongo, de Milán, en “Desplazar la Luna, mi noche en la Acrópolis”. Es un lamento punzante por las ausencias. Y escribe: "El efecto que la Grecia antigua provoca siempre, incluso a los propios griegos de hoy en día, se parece más al de la luna que al del sol: una inquietud que resulta imposible definir, como cuando se busca algo que nos falta con la seguridad de quienes no lo encontraremos nunca".
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