En un diario íntimo no hay risas pagas. Menos en el de quien practicó un humor negro como un humo posnuclear. Un diario era natural en un hombre tan replegado como Julio Ramón Ribeyro –con tendencia a lo apocalíptico o a lo terminal– y llevar uno durante tantos años tal vez lo volvió más opaco para los demás. (Su amigo Bryce Echenique lo retrató en tres libros y más artículos, sin poder llegar al centro). Género retraído por naturaleza, en su diario Ribeyro equilibraba la balanza acrecentando la importancia que le daba a sus amistades. No pocos solitarios protagonizan cuentos de Ribeyro y él hizo de su soledad esencial una obra –La tentación del fracaso– a la altura de sus mejores relatos.

Con una voz reconocible del primer al último día, Ribeyro convirtió sus anotaciones privadas, de 1950 a 1978, en tres tomos que empezó a publicar en vida y que luego se editaron en un solo volumen. Habrá, en teoría, un segundo, que dará a conocer aquellos cuadernos que él no llegó a corregir y ordenar, es decir los que llenó de 1979 a 1994, año de su muerte. Los temas no difieren de los de otros diarios de escritores, cuyas minucias y victorias pírricas Ribeyro estudiaba con lupa.

Las mudanzas; la inseguridad; los problemas técnicos; la procrastinación; la inspiración milagrosa (un diario revela que aun el escritor más tenaz debe obedecer al azar); las lecturas apasionadas, conectadas o saltarinas, ciclotímicas o de mecanismos cíclicos; las lecturas con colegas para medir fuerzas y corregirse en un espejo ajeno; el trabajo equivocado, las ambiciones desproporcionadas, el espíritu mal encaminado o mal canalizado; el ocultamiento de cosas a los más cercanos (acerca de su salud, por ejemplo); la no tan inusual combinación de precariedad y despilfarro (es curioso contrastar lo primero con la clara autoridad de las voces que narran sus historias).

Ribeyro opina de otros afectos al alcohol desde arriba, en la clásica pirámide invertida de la compasión del culposo. De oficios o distracciones como el revelado de fotos, el ping-pong y el ajedrez. Cultivaba un método –o una superstición– para cada cosa. (Su buen biógrafo lo tilda en Un hombre flaco, acertadamente, de obsesivo de las técnicas). Y glosa el paso del tiempo, naturalmente, aunque Ribeyro solía exagerar su velocidad; con menos de 30 años ya apuntaba: “Envejecemos cuando nos damos cuenta de que empieza a sobrarnos un poco de pasado. Los recuerdos se acumulan y ya no sabemos qué hacer con ellos”. Cualquiera podrá hacerse una idea clara de cierta vida de escritor, que persiste en casos aislados.

Algunos asuntos se solapan con los de sus narraciones, como el de evaluar si la potencia de alguien fue utilizada cabalmente, o bien el ascenso cultural o laboral, de prestigios o posiciones. O qué rastros dejará una persona (en el paradigmático cuento “El polvo del saber”), pregunta que se formula en el diario todo el tiempo. Desde cierto aspecto geográfico, la vida de Ribeyro, tantos años en París, se solapa con las de sus compatriotas los poetas César Vallejo y César Moro (que tras una larga estadía en México regresó a Lima y fue profesor de francés de un joven Vargas Llosa, con quien Ribeyro llegaría a establecer una relación, por así decir, cordialmente tensa).

Volviendo a las amistades: “Una persona sin amigos corre el riesgo de no llegar jamás a conocerse. Cada amigo es un espejo que nos refracta desde un ángulo distinto... Los amigos que más estimo son aquellos que no conozco completamente, es decir, que no he querido conocer hasta el revés de la figura”. A algunas de estas reflexiones les confería un valor que lo motivaba a trasladarlas a un pequeño libro inclasificable de reflexiones y anécdotas, Prosas apátridas, suerte de antología propia y a la que le cabe lo que él mismo comentó en un texto hoy incluido en la valiosa recopilación La caza sutil: “Todos los diaristas han poseído por lo menos esa cualidad que Charles Du Bos denominaba ‘sentido del fragmento’”. Sobre esas Prosas apátridas dijo: “Probablemente es lo mejor que he dado de mí. Son textos que me sobrepasan, quiero decir que son mejores que yo”. También, paradójicamente, es en sus diarios donde se supera a sí mismo, y con similar resonancia a la de relatos como “Silvio en el Rosedal”.

En 1977, a propósito del diario de Paul Léautaud, anotó: “La verdadera obra debe partir del olvido o la destrucción (transformación) de la propia persona del escritor”. Pero un año más tarde escribía: “Nunca he podido desligar la obra del hombre. Y lo que finalmente me interesa es más el hombre que la creación”. La tentación del fracaso es el diario como silicio; las lindezas de la profesión brillan por su ausencia. Es el diario como género fantasma, el vacío del molde de la auténtica obra. Lo no realizado tiene su cabida en un diario; es su único sitio posible. Cuando no puede acortarse la distancia entre la obra y la percepción que de ella tiene su autor, se recurre a un silenciador (el alcohol, por caso).

Acaso creyera lo contrario, pero Ribeyro no necesitaba ese consuelo del diario (simplificando: si no se tuvo obra, al menos se tuvo vida). Si el destierro es la toma de distancia de la materia prima, el diario operó el regreso al núcleo de sí mismo. Es un género anfibio y reptante, una clase de obra siempre pendiente, que corteja lo adivinatorio y que revela mejor que la literatura sólo da pequeñísimas señales, aun equívocas y engañosas, para asegurarle al peregrino que va por la senda correcta y que la ilusión no tiene por qué apagarse por otro rato, y que la relación con la literatura es loca, contradictoria, secreta en sus maniobras.

Los mejores horarios para leer diarios son temprano a la mañana o tarde en la noche. Algo en el estreno del día y en su cierre sintoniza con el registro de un día lejano y ajeno. Los diarios de Ribeyro se entroncan en una potente tradición que llevaron a su cima, entre otros, Kafka, Woolf y Jünger –el peruano los escrutó a todos–, cuyas páginas procuran el placer adicional de no buscar avanzar, de no pretender y menos exigirle al lector llegar a un final. Al contrario, se nutren de las pausas de la discontinuidad y de los ecos de un día y otro distanciados en el calendario.

En un diario, escritor y lector se cruzan en una escalera a deshoras, demasiado tímidos para saludarse. Uno porque viene de contar cosas muy personales; el otro porque va camino a espiarlas. Y lo que el protagonista ve como absurdo y aun vergonzoso –seguir escribiendo–, el testigo puede considerarlo francamente heroico.

La tentación del fracaso, Julio Ramón Ribeyro. Seix Barral, 704 págs.

La palabra del mudo, Julio Ramón Ribeyro. Seix Barral.