Todo pasa, leo en su antebrazo. “Es porque estuvo en una catástrofe natural”, comenta alguien al costado. “El tatuaje es lo que escribió mi sobrina cuando volví”, dice y esas letras en tinta negra se transforman en una puerta que se abre para a conocer su historia.
-¿De dónde volviste?, le pregunto a Andrés Erro, argentino, productor teatral, nacido en 1988, que estaba viajando por Europa y llegó a Valencia el día en que se produjo una de las peores riadas de la historia de España. El 29 de octubre de 2024 una DANA, siglas para “Depresión Aislada en Niveles Altos”, provocó lluvias extremas y desbordes de ríos con inundaciones relámpago que causaron la muerte de al menos 238 personas y graves daños materiales en la Comunidad de Valencia y alrededores.
-Llegué a la ciudad el mismo 29 a las siete de la mañana. Una amiga me había dicho: “Che, estás en Italia, ¿por qué no te venís a Valencia a visitarnos?”.
Nunca había visto a los pájaros volar a esa velocidad hacia sus nidos. El cielo estaba raro. Había un viento terrible. Las nubes se retorcían. Mi amiga Natalia trabaja en una clínica psiquiátrica en la ciudad de Valencia. Mi plan era pasear y después buscarla por su trabajo para ir a Alcácer, el pueblo a 15 kilómetros donde vive con su marido, Renzo. Cuando la busco me dice “Está rarísimo el clima”. Estamos frente a la puerta que era imantada por seguridad de los pacientes y de pronto el viento la abre. “Esta puerta nunca se abre”, me dice.
Decidimos ir a su casa. Subimos al auto con Renzo, estamos en la autopista, vamos riéndonos, hacemos planes para los días de mi visita. Pasamos un puente, avanzamos veinte metros y se ponen nuestros teléfonos en blanco y desde los tres al unísono empieza a sonar una alarma muy invasiva. Dice algo de una alerta de Guardia Civil, que busquemos altura, que no nos movamos, que cerremos ventanas. Pero nosotros estamos adentro de un auto. El tránsito se para. Es una autopista de cuatro manos que van y cuatro que vienen. El hermano de Natalia, que vive en el mismo pueblo le manda un mensaje, “No vengas porque está pasando la dana”. Nos dice que el puente que teníamos que cruzar ya no está. Hasta ese momento yo no sabía ni qué era una dana.
Los autos que habían sido llevados por la corriente de los ríos desbordados se empezaron a acumular en las calles. luego de la Dana que asoló Valencia en 2024.
Empezamos a ver el agua. Esas imágenes que se vieron después, que son terribles, nosotros las vemos de frente en la autopista. Ahí pienso: se termina el mundo. Lo que viene rodando es una ciudad. Con todo, colectivos, patrulleros, ambulancias, árboles, pañales, personas, lavarropas. Una ciudad que se da vuelta. Te lo cuento como si ocurriera en mucho tiempo pero recibimos la alerta y a los dos minutos estábamos con el agua hasta la cintura. En tres minutos la autopista es un río de autos y camiones.
Lo primero que hacemos es agarrar esas bolsitas con cierre hermético que de casualidad había en la guantera y guardamos los teléfonos. Cortamos los cinturones de seguridad para hacer un círculo porque Natalia no sabe nadar y Renzo tiene una disminución en un brazo. Mientras, el agua avanza. No es una ola gigante, viene de una forma calma pero elevándose. Los autos a lo lejos empiezan a flotar. También el nuestro. Empieza a inclinarse hacia delante porque el motor pesa. Yo digo “Me bajo” y las puertas se traban. Saco un apoyacabezas y con las dos puntas de hierro rompo un vidrio y salimos. Renzo tiene el aro que había armado con los cinturones y nos metemos los tres en ese círculo.
Un puente que no pudo soportar el aluvión, se derrumba en plena Dana, en Valencia, en 2024.
-¿Cómo pensaron tan rápido?
-Es el instinto animal. No pensás ni lo bueno ni lo malo. Empiezo a reírme mucho como si me estuvieran contando el mejor chiste de mi vida. Sabemos que es riesgoso salir porque vienen rodando los autos. Bajamos y tenemos el agua a la altura del pecho. Hacemos un pacto: lo que sea siempre de a tres. Todo es un río oscuro. Hay una máquina retroexcavadora y vamos ahí porque pensamos que nada la va a mover. Estamos en la cabina hasta que el agua llega a la cabina. Nos vamos a la pala más arriba. Empezamos a notar que se mueve. Nos tenemos que tirar.
-¿Tenías miedo?
-Había sentido miedo con la alarma del teléfono. Después es un instinto de supervivencia. Nos largamos al agua y encontramos unas rejas de un complejo deportivo. Llegamos flotando los tres con el cinturón. Subimos a una torre. Empezamos a ayudar a otras personas.
-¿Qué era ayudar desde ahí?
-Atajar al que venía que se lo llevaba la corriente. Miramos bien dónde estamos y decía “Peligro Alta Tensión”. Es de noche, hay neblina, está oscuro. Hay muchos ruidos, sirenas, helicópteros sobrevolando permanentemente, gritos de ayuda de un hijo de dónde están, estoy arriba de tal lado, estoy acá estoy abajo de tal auto.
Vemos los primeros cuerpos. Mientras estoy agarrado con las falanges de mis dedos a las rejas para que no me lleve el agua, un tren a lo lejos se da vuelta. Fue el momento en que sentí que iba morir.
Al lado había un complejo deportivo y vemos que en el último piso hay una puerta y una escalera de emergencias. Agarramos un pallet que venía girando para usar de paragolpes y nos lanzamos los tres hacia allá. En el intento de llegar viene un fierro y se me clava en la pierna. No siento dolor. Logramos cruzar. Con Renzo subimos la escalera, rompemos un vidrio, nos metemos adentro, abrimos la puerta y se embolsa el viento y arranca el techo del lugar. Encontramos una manguera de incendios. Renzo la desenrolla y revolea para abajo. Así rescatamos a Natalia que logra subir y a dos o tres más. Después empieza a subir mucha gente.
En esa escalera pisé cuerpos. Todos, de alguna manera, pisamos a otros para salvarnos. Pisé cabezas para que el agua no me cubriera, para respirar. La sensación de pisar un muerto no se te va nunca.
Estamos en las gradas de una cancha de básquet. Lo sabemos porque se ve el aro. Llegamos a ser alrededor de 200 personas.
-¿Tenías hambre?
-No, nunca tuve hambre nunca tuve sueño, nunca tuve frío, nunca tuve nada. Cuando empieza a amanecer se acerca una lancha, nos preguntan cuántos niños hay y cuántos ancianos. Vienen más lanchas y más helicópteros y se van llevando a todos. Supongo que ya era la tarde cuando nos sacan a nosotros que fuimos los últimos en irnos del lugar.
Nos trasladan a lo que había quedado de un puente. Un militar valenciano dice: “Vosotros que habéis podido sobrevivir de este lado, y quienes lamentablemente no, de este otro lado”. Miro y hay una torre de cuerpos, uno arriba del otro. Toda la risa se me termina de golpe y me da un ataque de mudez. Solamente digo:
“Yo estaba de vacaciones, no tengo nada, perdí todo”.
“Yo estaba de vacaciones, no tengo nada, perdí todo”. Es un mantra. Y el militar se acerca y me dice: “Después de todo no has perdido la vida”.
Nos dan agua por primera vez. Me dan una manzana. Alrededor solo hay muertos y una autopista que es una cordillera de autos. Me acuesto en el asfalto y miro para arriba porque el cielo es lo único limpio y lo único que me trae paz. Siguen las sirenas y los gritos. Pasamos la noche en ese refugio improvisado conviviendo los salvados con los que no.
Cuando amanece, el agua está baja. Decidimos irnos. Vemos lo que no queremos ver, cuerpos entre los autos, niños, animales, un camión lleno de gallinas ahogadas. Tardamos casi un día en esa caminata. Cuando llegamos al edificio de Natalia y Renzo el agua tapa todo el primer piso. Ellos viven en el cuarto pero no podemos entrar. Tenemos que esperar una noche más. Vamos a una plaza. Cenamos un poco de pan que algún vecino nos lanza por el balcón. Al día siguiente sale el sol y podemos entrar al hall del edificio con el agua hasta los hombros y subimos la escalera. Por fin logramos decir “Llegamos”. Entendí que habían pasado tres días. Hasta ese momento pensaba que había sido apenas un rato.
Con Natalia y Renzo quedamos muy unidos. Ellos siguen en España, yo volví a Argentina, vivo entre la Ciudad de Buenos Aires y Tandil y sigo viajando por el mundo pero quedamos en esa comunión que te da la fuerza de haber sobrevivido juntos. Habitaremos siempre el mismo dolor.
-¿Cómo volviste?
-Para volver de España tuve que declararme indigente. No tenía documento ni dinero ni tarjeta ni nada. De Valencia me fui a Madrid con la ropa de vecinos de Natalia, un par de zapatillas de Renzo y mi teléfono. Pasé por Lisboa donde me recibió otra amiga y después pude volver a Argentina. Con el tiempo entendí que soy un sobreviviente. Entendí que sobrevivir es llegar a un nivel de animalismo y de irracionalidad. Entendí la importancia de estar apto psicológica, emocional y físicamente. Vi morir gente porque no se podía trepar a un árbol. Vi gente que no tenía la aptitud física para correr y esa gente se murió. Cuando perdés todo tu cuerpo es tu casa y es tu casa la que te salva o la que no.
Volví con esta cicatriz en la rodilla y algunos otros cortes mínimos. Volví con cierta aprensión a los abrazos porque me reviven sensaciones. También me pasa algo con los pelos mojados. Cuando alguien me saluda con el pelo mojado siento que me toca un muerto. Volví más consciente de las cosas que no controlo. Si hay alguna alerta, no salgo.
Pero el cambio radical fue comprender qué es lo importante y qué no. La dana me dio un baño de humildad. Aprendí que no podés ayudar a todos. Cuando estábamos yendo a Alcácer caminando abríamos la puerta de un auto y salía el agua y un bebé. Y dije “No lo hagamos más, yo no puedo”. Está bien no poder. Volví con el agradecimiento de mucha gente, a algunos les salvamos el hijo, la madre, la abuela, a algunos también les salvamos el gato, el perro. Pero a otros no pudimos ayudar. Volví con un registro de tristeza que nunca había tenido. Es una experiencia que llevaré tatuada el tiempo que me quede por vivir. Es lo más triste que me pasó en la vida. Pero también, por defecto, es lo que me reveló que tengo una vida soñada y muy feliz.
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