Mañana, el rey Carlos y la reina Camila de Inglaterra viajarán a Washington a rendir homenaje al rey Donald de Estados Unidos. La visita ha generado mucha polémica en Reino Unido. Lo que nadie duda es que Carlos y Camila añoran, hoy como nunca, los tiempos cuando no tenían que obedecer las órdenes de la plebe gobernante.
Como confirmación de ello, obtuve a través de mis agentes secretos en el Palacio Real la transcripción de una conversación privada entre sus majestades en vísperas de su viaje a la antigua colonia británica.
Camila: ¿No podríamos decir que me acaban de diagnosticar cáncer, o algo?
Carlos: Camila, ¡por Dios! ¡Dejá de insistir en este maldito tema!
Camila: ¿Qué? ¿No estábamos de acuerdo en que antes de vernos con ese cretino mejor que nos mandasen a la guillotina?
Carlos: Ay, cariño. Sí, sí. Estamos de acuerdo. Pero las órdenes son las órdenes. Mi madre no tuvo más remedio que verse con Idi Amin, el dictador caníbal de Uganda. Es el sacrificio que se nos pide por el bien de la patria.
Camila: Por la humillación de la patria, querrás decir. ¿No te da una terrible vergüenza--pasame otro whisky, por favor--que nos conviertan en un juguete para aplacar la ira del niño dios? ¿No entendés que el día siguiente volverá a insultarnos? A decir que somos una nación cobarde, que no pintamos nada en el mundo, lo cual es verdad, claro, pero esas cosas no se dicen.
Carlos: Sí, pero nunca ha dicho nada mal de mí. De hecho dijo el otro día que yo era “un valiente”.
Camila: ¡Ja! Y sí, hay que ser valiente para someterse voluntariamente y en público al desprecio del personaje más despreciable de la tierra. ¿Viste hoy en el diario, por cierto, que dijo que las Falkland son argentinas?
Carlos: No exagerés. Fue el Pentágono, no él. Y dijeron solo que quizá Estados Unidos “revisaría” su política respecto a las islas.
Camila: ¡Que ingenuo que eres, por Dios! El Pentágono es él. El estado es él. El mundo es él. ¿No te enterás? Es mil veces más rey que vos, querido.
Carlos: Lo sé. Lo sé…Pero mirá, hablemos en serio. Si conseguimos convencerle de que abandone la idea de quitarnos las Falkland ya con eso habremos justificado el viaje, ¿no?
Camila: Carlos, por favor, no seas tan ingenuo. Le da mucha más importancia a ese loco que manda en Argentina que a nosotros, no te engañes. Si el motosierra le pide que bombardee a los pingüinos, lo hará.
Carlos: Entonces ahí tengo mi misión. Convencerle de que haga lo que quiera con Irán, o con Groenlandia ya que estamos, pero que no toque nuestras islas.
Camila: Mira, Carlitos. Te voy a seguir la corriente. Te voy a hablar en serio. (Otro whisky, por favor.) Todo depende del regalo que le demos. Ya sabés cómo es…
Carlos: ¿Qué proponés?
Camila. Tu corona.
Carlos: Estás delirando.
Camila: Escuchá. Seamos consecuentes. Ya que nos estamos sometiendo a la ignominia más grande que ha sufrido la familia real desde que le cortaron la cabeza a tu ancestro, Carlos I, en 1649, no nos quedemos a medias. Si estás dispuesto a sacrificar tu honor, tu dignidad, tu todo “por el bien de la patria” vayamos hasta el final. Ya amenazó con invadir Canadá. ¿Qué mejor garantía de que no nos invada a nosotros que formar parte de su reino?
Carlos: Mmmm. Interesante. Ahora, sí, cariño, ahora sí…Estás pensando bien. Pero, ¿qué tal si no se lo damos todo, solo Escocia? Su madre era escocesa, ¿no?, y ahí es donde están los mejores campos de golf.
Camila: Bueno, bien. Veo que empezás a entrar en razón. Recuerdo además que Idi Amin declaró una vez que era él el rey de Escocia. Claro, Amin era un tipo mil veces más coherente que el naranjón, aunque tuviera su debilidad por la carne humana. Recuerdo también que en los años ‘70, cuando Reino Unido estaba contra las cuerdas económicamente, Amin nos ofreció ayuda económica.
Carlos: Sí, y hoy, desde el Brexit, estamos muchísimo peor. La mejor ayuda económica imaginable, la única salvación posible, sería convertirnos en el estado número 51 de Estados Unidos. Ya verás cómo los europeos dejarán entonces de reírse de nosotros. Caray, ¡invadiremos Francia!
Camila: ¡Súper! Ahora, siendo realistas, no creo que la corona escocesa sea suficiente para “el gran negociador”. Nos lo pedirá todo y nos lo quitará todo. Querrá también tu título como jefe de la iglesia anglicana.
Carlos: ¡Uy! Eso le encantará. Dirá, como Enrique VIII, en su día, que él es el verdadero defensor de la fe, no el Papa.
Camila: ¡Sí, sí, sí! Le daremos todo lo que está en nuestro poder para darle, felices, y seremos recordados como los reyes más astutos y más generosos de la historia de nuestro país.
Carlos: Y él será recordado igual en el suyo. ¿Te imaginas? ¿Que el antiguo colonizado colonice al antiguo colonizador?
Camila: Por mí, encantada. Esto de jugar a ser reyes cuando realmente no lo somos, cuando no tenemos poder alguno, cuando estamos a la merced de los caprichos del primer ministro del día, por más bobo que sea…todo esto ya me cansa. Somos mayores. Merecemos un descanso. Merecemos una vida digna.
Carlos: ¿Creés que nos mandará al exilio?
Camila: Ojalá. Lejos de los tabloides ingleses, de tu asquerosito hermano Andrew, del tarado de Harry y de su repelente esposa Meghan...
Carlos: Cuanto más hablás, más me convencés. ¡Bárbaro! ¿Dónde nos exiliamos?
Camila: Las Falkland.
Carlos: ¡Vamos!
Camila: ¿Puede ser hoy?w
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