Era posible, setenta años atrás, no sentir simpatía por el puñado de cubanos rebeldes que, acompañados por el Che, derrocaban al mafioso Fulgencio Batista a escasos kilómetros de Estados Unidos (EE.UU), su principal sostén, y se atrevían a proponer una sociedad diferente?
Miles de jóvenes latinoamericanos se solidarizaron enseguida. Muchos de ellos fueron argentinos. Y poco más tarde, después de intensos debates, decidieron recorrer, con más errores que aciertos, un camino similar. No en vano Jean-Paul Sartre había escrito: para saber lo que vale nuestra vida, no está de más arriesgarla.
El clima de época, por cierto, jugaba a favor. Casi a diario ocurrían rebeliones estudiantiles y raciales. También se producían cambios sustantivos en la cultura, el arte, la música, las luchas sindicales, la situación de las mujeres y el proceso de descolonización de Asia y de África.
Hoy el mundo es otro. Los tiempos han cambiado y Cuba, que junto a China y Vietnam mantiene un sistema de partido único, presenta rasgos muy distintos de los que imaginaban esas generaciones.
Y se podría decir, sin temor a equivocarse, que el país transita por sus horas más difíciles desde aquella tarde remota del 8 de enero de 1959, en que Fidel Castro, rodeado de una multitud alborozada, marchó por el malecón habanero hacia el campamento de Columbia, símbolo de un poder que se extinguía.
En estos días, tras una década de estancamiento, pandemia y restricciones en el sector externo, una crisis de grandes proporciones se expande por toda la isla.
Se trata de una circunstancia de tal magnitud que compromete los avances sociales conseguidos en el pasado. Cuba, recordemos, figuró por años en la categoría de alto desarrollo humano del ranking elaborado por las Naciones Unidas. Y supera, además, el descalabro sufrido a principios de los años noventa por la implosión de la ex Unión Soviética (la actual Federación de Rusia).
La ex Unión Soviética fue, entre 1960 y 1990, el principal proveedor de petróleo y destino de las exportaciones de azúcar cubanas. Un rol que Venezuela, al suministrar petróleo a cambio de servicios profesionales, cumplió, en cierta medida, en los primeros quince años de este siglo.
El hecho de que Cuba no haya podido generar suficientes divisas para financiar sus importaciones de combustible ha sido señalado por estudios de la Universidad de Pittsburgh como uno de los obstáculos que frenaron su crecimiento económico. Según esos trabajos, parte de esas divisas podrían haberse obtenido si se ampliaba la producción de tabaco y la explotación de níquel y cobalto, dos minerales críticos muy demandados en la actualidad.
Expertos de la Universidad de La Habana, en cambio, sostienen que esas limitaciones se deben a los atrasos y desaciertos del gobierno para modernizar el sistema económico. Especialmente en los proyectos de reformas anunciados, pero no cumplidos, en 1997, 2008 y 2012. O se quedaron cortos o se pasaron de largo, aluden.
Citan como ejemplo al sector agrícola, donde los cambios en el uso de la tierra y la comercialización están lejos de haberse consolidado. Esto lleva a que Cuba importe alimentos (el 22 % del valor total de sus importaciones) que podría producir internamente.
Sin embargo, tanto unos como otros, incluidos académicos como Samuel Farber del Brooklyn College y una parte de los dos millones de cubanos que residen en el exterior, señalan el bloqueo de los EEUU, el más prolongado de la historia contemporánea (contra Vietnam duró 19 años), como el factor más influyente de las distorsiones y penurias vividas en todo el período.
Un bloqueo que se agravó en los últimos meses. Cuando Donald Trump, a la manera de un monarca medieval, sin fundamentos sólidos y superando las acciones punitivas que instrumentó en su primer mandato, decidió ejercer una presión extrema, dificultando el acceso al petróleo importado.
Sus pretensiones no están claras aún. Quizá busca el sometimiento de los dirigentes cubanos en lugar de su reemplazo con el fin de beneficiar las inversiones norteamericanas y restaurar a Washington como potencia dominante en la isla. Pero sus hostilidades constituyen el último acto de una obsesión que se repite con frecuencia, salvo durante las presidencias de Bill Clinton y Barack Obama. Y cuenta con antecedentes lejanos.
En 1901, después de derrotar a España, EEUU, con un territorio y una economía abrumadoramente superiores, impuso en Cuba la Enmienda Platt para hacerla funcionar durante largo tiempo como una colonia de facto. Luego, a partir de 1960, se verificaron otros hechos significativos. La invasión de Bahía de Cochinos, los ocho intentos de asesinato contra Fidel Castro, según la CIA (634, de acuerdo con la inteligencia cubana) y docenas de sanciones de las cuales, siguiendo el método del ilustre Plutarco, mencionaremos las de mayor gravitación.
Las leyes Torricelli (1992), Helms-Burton (1996) y el paquete aprobado entre 2017 y 2021 que, entre otras cosas, estipularon cierres en el comercio bilateral y castigos a empresas extranjeras que invirtieran en Cuba. Además de restricciones al turismo, los créditos y pagos internacionales.
Por estas razones, sería razonable que las autoridades de un país como el nuestro, con altos niveles de indigentes y pobres, se abstengan de vociferar caídas o colapsos de otros gobiernos. Y, en todo caso, sumen su voz para que los cubanos resuelvan sus problemas de manera pacífica, consensuada y sin condicionamientos de ninguna potencia extranjera.
Todavia no hay comentarios aprobados.