El dron pasó de ser una novedad a ser una realidad en los campos argentinos. En 2024 había apenas 50.000 hectáreas trabajadas con drones en la Argentina, tanto para pulverización como para siembra. Un año después, en julio de 2025, la superficie ya había escalado a un millón de hectáreas y, tras la actual campaña gruesa, se proyecta que supere los 2 millones. En paralelo, la cantidad de equipos también crece a ritmo acelerado: hoy hay cerca de 2.000 drones operativos en todo el país, en un proceso de adopción tecnológica que empieza a transformar la forma de producir. Así lo hicieron saber los especialistas en Expoagro 2026.
En ese contexto de expansión, la experiencia de La Federala refleja cómo estas herramientas pasan de ser una novedad a convertirse en parte del manejo cotidiano. Allí, Lucas Gandolfi lidera una empresa familiar que, a 50 años de su fundación, combina tradición productiva con una fuerte apuesta por la innovación.
En el corazón agrícola del partido de Rojas, en la localidad de Carabelas, la historia de la empresa es también la historia de cómo la tecnología fue transformando la manera de producir.
El dron tiene múltiples funciones: siembra avena, hace aplicaciones dirigidas para malezas y aplicaciones para enfermedades.
Actualmente, la empresa trabaja unas 1.500 hectáreas (1.000 propias y 500 alquiladas) con un esquema diversificado que incluye soja y maíz (cultivos estivales) con trigo, arveja y carinata (cultivos invernales).
A la par, desde hace una década se especializa en la multiplicación de semillas para grandes semilleros, como Bayer en maíz y Don Mario y Stine en soja y trigo.
Drones: precisión quirúrgica en el control de malezas
Uno de los cambios más visibles en los últimos años fue la incorporación de drones. Lo que comenzó como una herramienta exploratoria se convirtió en un eje clave del manejo. En un primer momento, el objetivo para mapear malezas. "Estamos complicados con sorgo de Alepo y raigrás, y esta tecnología nos permitió hacer aplicaciones dirigidas”, explicó.
El proceso combina sensores, algoritmos y validación humana. A partir de vuelos con drones multiespectrales, se generan mapas donde el productor identifica las malezas objetivo, en un sistema que Gandolfi compara con los captchas de internet: “Marcás dónde está la maleza y el sistema lo replica en todo el lote”.
El riego le da estabilidad en los rindes. Hoy tiene 540 hectáreas regadas.
El resultado es un salto en eficiencia. “No solo ahorramos insumos y bajamos costos, sino que somos mucho más efectivos en el control”, asegura. Pero hay un tercer beneficio clave: la selectividad. “En el caso del sorgo de Alepo, podemos aplicar dentro del cultivo de maíz productos que, si se aplican a todo el lote, afectan el rendimiento. Así evitamos ese daño”.
Pero a partir de sus funcionalidades, además del control de malezas, los drones fueron utilizados para otras labores. Este año, por ejemplo, realizaron aplicaciones completas de fungicidas en soja, con resultados “excelentes” y una operatoria ágil. También incursionaron en la siembra aérea de verdeos.
“Estamos boleando avena sobre cultivos en pie. Después de lluvias, cuando no hay piso, el dron es espectacular porque te permite entrar en el momento justo”, destacó como otra de las funcionales de esta tecnología.
En este marco, el ecosistema de drones creció rápido: “En los últimos dos años aparecieron varias empresas de servicios en la zona del norte bonaerense, y los costos hoy están en línea con otras alternativas”, apuntó.
En esta línea, según la visión de Gandolfi, el uso de drones muestra hoy valores competitivos frente a otras alternativas. Una aplicación de herbicida dirigida se ubica entre 13 y 14 dólares por hectárea, mientras que una aplicación de lote completo ronda los 11,50 dólares, en línea con lo que cobra un avión. El mapeo de malezas, en tanto, se sitúa entre 6 y 8 dólares por hectárea, dependiendo de la superficie, y la siembra de verdeos puede oscilar entre 20 y 35 dólares.
“Hoy están compitiendo de igual a igual con el resto de las aplicaciones”, resume, destacando que, además del costo, el diferencial está en la precisión y la oportunidad de trabajo que aporta la tecnología.
Animal que no sale como reproductor, lo termina y lo vende como gordo.
Conocer el suelo para decidir mejor
Otro pilar del sistema es el manejo por ambientes, apoyado en un mapeo de los suelos. Desde hace tres años, la empresa releva sus campos con una tecnología que permite conocer las características físicas y químicas metro a metro. “Antes hacíamos muestreos puntuales y sacábamos promedios. Hoy tenemos información de todo el lote y eso cambia completamente la forma de decidir”, explicó.
Ese conocimiento se integra con mapas de rendimiento históricos e índices de vegetación para delimitar zonas de distinto potencial. A partir de allí, implementan siembra variable en maíz, tanto comercial como semilla, y fertilización variable, especialmente en trigo.
Lucas Gandolfi recorriendo parte del campo a caballo.
“Analizamos los resultados de la campaña de trigo y vimos que, incluso con rindes excelentes, podríamos haber ahorrado nitrógeno en algunos sectores”, cuenta. En un contexto de altos precios de la urea, ese aprendizaje cobra aún más valor.
Para Gandolfi, la ganancia es doble con el uso de esta tecnología: “Primero, conocer esa ‘caja negra’ que es el suelo. Y después, trabajar para subir pisos y techos de rendimiento”.
La empresa mantiene un modelo de maquinaria tercerizada, aunque con una exigencia creciente hacia los contratistas en términos tecnológicos. “La tecnología avanza muy rápido y tratamos de que quienes trabajan con nosotros también se suban a ese proceso”, explica.
Imagen de uno de los lotes ambientados.
Estabilidad en un clima cada vez más variable
El otro gran salto tecnológico de la empresa es el riego. Con 270 hectáreas equipadas y un total de 540 hectáreas bajo sistema, la firma encontró en esta herramienta una forma de estabilizar la producción frente a la creciente variabilidad climática. “El riego llegó para quedarse. Nos permite manejar una variable clave como es la humedad”, afirmó.
El proyecto comenzó hace 12 años, inicialmente enfocado en la producción de semilla de maíz. Pero las sucesivas crisis hídricas, sobre todo en los últimos 5 años, ampliaron su uso hacia cultivos de grano.
“Empezamos a regar trigo y soja de segunda, y vimos que, aplicando poca agua en momentos críticos, logramos muy buena eficiencia de conversión: milímetros aplicados por kilos producidos”, explicó.
Lucas Gandolfi, productor de Rojas, junto con su hijo, con el rodeo detrás.
Además del impacto en los rindes, el riego mejora la estabilidad del sistema y hasta potencia otras prácticas agronómicas, como la incorporación de fertilizantes o la eficacia de herbicidas.
Hoy cuentan con seis equipos, adquiridos en parte gracias a financiamiento. “El acceso al crédito es fundamental para este tipo de inversiones”, remarca Gandolfi, quien también participa de un grupo CREA de regantes para intercambiar experiencias y mejorar el manejo.
Una campaña para recuperar el ánimo
Tras varios años golpeados por el clima, la campaña actual trajo alivio. Los resultados en trigo fueron contundentes: 75 quintales promedio, muy por encima de los 55 presupuestados. “Fue una cosecha récord para nosotros”, señaló.
Gandolfi resaltó la participación en CREA, que es clave.
En maíz para semilla, los rindes superaron entre un 20% y un 30% lo esperado, mientras que las perspectivas para maíz comercial y soja son también positivas. “Después de cinco años difíciles, este año se nos están dando las cosas. El ánimo está alto”, resume.
Diversificación y rotación más intensiva
En paralelo, la empresa busca diversificar su esquema agrícola. La arveja ya es parte de la rotación desde hace seis o siete años, con buenos resultados en combinación con maíz de segunda.
La novedad es la carinata, un cultivo invernal que permitirá intensificar el uso del suelo y mejorar la secuencia de cultivos. “Estamos buscando alternativas al trigo, sobre todo por el costo de los fertilizantes. La carinata tiene bajo consumo de agua y permite después una soja con muy buen potencial”, explica.
Siembra con Precision Planting.
En ese camino, la carinata aparece no solo como una alternativa agronómica sino también como una apuesta estratégica a nuevos mercados. Se trata de un cultivo con demanda creciente a nivel global, vinculado a la producción de biocombustibles y a esquemas de agricultura más sustentables, lo que abre la puerta a contratos con trazabilidad y precios diferenciados. “La idea es hacerlo bajo contrato, asegurando la comercialización”, comentó el productor.
Ganadería y genética: el nuevo rumbo
El cambio más estructural, sin embargo, se está dando en la ganadería. Tras la compra de un campo vecino, la empresa redujo su rodeo y redefinió su estrategia hacia la genética.
“Vendimos el 70% de la hacienda para poder comprar el campo y decidimos enfocarnos en una cabaña”, cuenta Gandolfi. El objetivo de la firma es producir reproductores, con un esquema de puro controlado y proyección a pedigree.
El proyecto incluye inseminación artificial, transferencia embrionaria y un convenio con una cabaña, mediante el cual reciben embriones para implantar en sus propias vacas.
Vendió parte de su hacienda para comprar un campo y ahora redefinió su estrategia productiva yendo a la genética.
“Queremos empezar a vender toros y vaquillonas en dos años. Y lo que no vaya a genética, se va a terminar como animal gordo en un sistema de ciclo completo”, detalló.
Cultura empresarial
Más allá de cada herramienta puntual, lo que emerge en La Federala es una lógica de trabajo basada en datos, comparación y mejora continua. En ese sentido, la participación en CREA es clave.
“Hace 12 años que estamos en CREA Pergamino, y gran parte del cambio en la empresa tiene que ver con eso”, reconoció Gandolfi. También utilizan herramientas como la DAT, que permite comparar resultados productivos, económicos y ambientales a gran escala.
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