La nave espacial Mars Pathfinder fue lanzada con destino al planeta Marte desde la Estación de la Fuerza Aérea de Cabo Cañaveral, Florida, Estados Unidos, por la National Aeronautics and Space Administration (NASA) el 4 de diciembre de 1996. Finalmente, siete meses exactos después aterrizó en el Ares Vallis, un valle del planeta rojo. En sentido contrario al cielo, a través de una vida –y una magia– subterránea, el 17 de octubre de 1996, en Argentina, se estrenó Moebius, una película de 250 mil dólares –250 mil pesos en esos días– de presupuesto, que gira en torno a la desaparición de un subte porteño, atribuida a por un profesor universitario cansado de luchar contra la ignorancia y la prepotencia del poder y que, a su vez, cuenta con la incansable búsqueda del protagonista, Daniel Pratt, por saber algo más que la mera ubicación del tren.
Además de transmitir un mensaje reflexivo y filosófico, la cinta logró algunos de los hitos más impensados para el cine nacional. Uno de ellos fue incursionar en el género de la ciencia ficción, algo poco usual en nuestro país, aunque la síntesis del film es por demás verosímil.
Otro punto de enorme valor fue que se convirtió en la primera película realizada por la Universidad del Cine (FUC) de Buenos Aires, con alumnos y profesores de dicha institución. “Fue hecha con un esfuerzo enorme”, recuerda Gustavo Mosquera, el director de la obra, y agrega que “la hice con todos los alumnos de la FUC. La película fue comandada por dos profesores: María Ángeles Mira, que fue la responsable de la producción ejecutiva de la película, y yo, que fui el que de alguna manera se la presentó a Manuel Antín, fundador y director, en ese entonces, de la FUC”.
Gustavo Mosquera, en el subte E, donde se filmó "Moebius". Gentileza
Muchas veces, las ideas y los proyectos suelen estar entrelazados entre personas que tienen un vínculo en común, pero también con inspiraciones de obras leídas. Así fue el caso de Mosquera con su criatura de 30 años. “Yo era profesor de realización y Manuel (Antín) en aquel momento me dijo que uno de sus sueños era arrancar un taller de largometraje, que sería lo que le faltaba a la FUC para convertirse en algo más grande. Entonces, me preguntó si yo tenía, entre las cosas que a mí me presentaban los alumnos, alguna historia que valiera la pena llevarse a la estructura de un largometraje”, rememora el cineasta.
En ese entonces, Mosquera asegura que solo recibía cortometrajes de sus alumnos. “Nadie tenía un guion de largo”, dice, pero la lamparita, de una u otra forma, siempre se puede encender mientras haya interés y, sobre todo, pasión. “Le dije que lo mantendría al tanto si aparecía algo y, cuando me estaba por ir de su oficina, me dice ‘¿y usted en qué anda?’”
A partir de ese disparador, se puede afirmar que el proyecto de Moebius comenzó a tomar forma. “Yo le dije que sí tenía una historia personal que había registrado, basada en un cuento de un astrónomo –el título era Un subterráneo llamado Moebius, de 1950, de Armin Joseph Deutsch– que había leído en una reunión de compañeros míos de colegio. Yo había hecho como un registro para poder hacer un largo con eso, pero todavía estaba en las etapas iniciales. Y entonces él me preguntó si lo podía leer. Ahí le dije que se lo daría en unos días porque le iba a hacer unos cambios que son los que tenían que ver con lo que yo pretendía. Entonces agarré el cuento original y le cambié todas las estaciones que estaban situadas en Boston porque el cuento transcurre ahí, le saqué todos esos nombres y se los cambié por estaciones de Buenos Aires que ya existían y le sumé algunas que no, como Borges, Parque, Dock Sud. Al día siguiente me llamó y me dijo: ‘Esto es maravilloso’”.
La historia le gustó tanto a Antín que fue el mismo que le propuso a Mosquera llevarla adelante “pero con una condición: tiene que ser toda con los alumnos de la FUC”, revela el director.
Film "Moebius", de 1996.
Ya estaba la idea, el apoyo de Antín y el equipo que trabajaría en el film. “Faltaba construir el guion de 120 o 110 páginas definitivas. Y además había que definir y construir algunos personajes que no estaban en el cuento, como por ejemplo el profesor (Mistein, encarnado por Jorge Petraglia). Hubo que construir los diálogos filosóficos y eso está creado en base a la idea original”, detalla Mosquera, quien además confiesa: “Cuando yo leí el cuento y dije que quería hacer una película con esto, lo que a mí me llevó a estar decidido fue el hecho de que el tren desaparece. Y que el tren desaparezca para un argentino, para alguien que vivió en la Argentina y que vivió la época de la dictadura, es una llamada de atención muy fuerte. Esto me permitía combinar la ciencia ficción con la metáfora. Y ahí fue donde dije: ‘esto hay que hacerlo’”.
Cultura de lo artesanal
Para conocer en profundidad la producción y el arduo trabajo que demandó Moebius, nada mejor que ver el making-of. Allí, bajo la palabra de sus protagonistas, se puede ver fielmente el esfuerzo de cada parte para lograr el producto final. Ese espíritu artesanal y comunitario se percibe de principio a fin. En este sentido, Mosquera cuenta que esa sintonía “se fue dando naturalmente. Lo único que no podíamos no respetar era que no había plata”.
En numerosas oportunidades, la cuestión presupuestaria pone barreras difíciles de superar, aún si la voluntad y el esfuerzo son sobrehumanos. Y Moebius no pudo escapar de esa coyuntura. Según relata Mosquera, la universidad le solicitó apoyo económico al Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA), pero la respuesta fue negativa “porque ellos adujeron que la plata del INCAA era para producir películas profesionales, no experimentos estudiantiles, era plata para la industria. Antín dijo ‘no importa, la vamos a hacer igual’. Hacerla igual significaba no contar con el dinero que daba el INCAA, por lo tanto era todo fatto in casa. Y fatto in casa no es lo mismo…”.
La idea y el equipo estaban y el presupuesto, pese a la negativa del INCAA, también, pero muy justo. Por supuesto que el dinero puede traer mayores comodidades y la posibilidad de tener más accesos, pero a su vez las limitaciones económicas no solo hacen surgir los brotes de creatividad e ingenio, sino que también permiten algo más que valioso: la mística.
Mosquera recuerda que en aquella época contaba con un cámara de 35 mm propia, que tenía desde su película anterior, Lo que vendrá (con Charly García como protagonista), de 1988. “Se había comprado en pedacitos, con mucho esfuerzo, todo de manera independiente”, describe.
“Construimos una pequeña grúa para poder montar sobre los rieles del subte. El papá de la productora tenía una pequeña fábrica y gente que trabajaba soldaduras, tornos y todo eso. Entonces, compramos los elementos y se pudo fabricar lo que sería una típica ‘zorrita’ con el tamaño de las vías del tren. Ahí pudimos hacer los travellings, los seguimientos del tren, poner la cámara delante, todos los movimientos.
Homenaje a "Moebius" en el subte E. Gentileza
En ese clima artesanal, Mosquera señala que durante ese tramo apareció cierto escepticismo entre los alumnos: “Hubo como una especie de momento de duda, de sombra sobre si esta película iba a poder llegar a ser verdadera o no, a ser real o no”. En ese interín, hubo algunos que desertaron del proyecto. El tema fue que la idea primaria era hacer la película con alumnos de tercer año de la FUC, pero luego de ese trance escéptico el número no alcanzaba. Así fue cómo se convocó a estudiantes de primero y segundo año. “La cantidad de alumnos que había era una mezcla de todos los años, lo cual es un mérito también porque chicos de primero o segundo año, sin tener la más mínima experiencia, hayan dicho ‘ok, me voy a jugar y voy a participar’ es un mérito enorme para los que lo hicieron”.
Lo viejo funciona
La imaginación al poder y la creatividad al servicio del esfuerzo. Así funcionó Moebius y así quedó demostrado a la hora de generar los efectos especiales, en especial, en las vías del subte. En este punto es donde sobresale la técnica del cuadro a cuadro. “Normalmente, el cuadro a cuadro se utiliza mucho en lo que se llama en la actualidad timelapse, que es cuando uno quiere grabar las nubes moviéndose a mucha velocidad por arriba de una ciudad. Ahí se utiliza el sistema de intervalos. Lo que antiguamente uno le llamaba intervalómetro, hoy lo llaman timelapse”, explica Mosquera y añade que “las cámaras modernas ya tienen este dispositivo incorporado. Entonces, vos podés hoy en día agarrar una cámara cualquiera y decir ‘voy a grabar las nubes’, ponés el trípode, dejás la cámara quieta y le decís a la cámara que solita grabe un cuadrito cada tanto. Entonces, después las nubes se mueven. Eso sería la técnica más usual para la técnica de cuadro a cuadro”.
Pero el gran secreto –e ingenio– de la película fue, sin dudas, algo impensado no solo para la industria cinematográfica argentina, sino también para la internacional. ¿Quién podría haber imaginado utilizar una pequeña cámara alemana de 35 mm, marca Kinamo, de 1926, que cargaba solo un minuto de película? La ocurrencia es patrimonio absoluto de Mosquera.
“Básicamente, la idea de cómo hacer los efectos ya la había tenido pensando en hacer cuadro a cuadro, en usar el sistema de intervalómetros, pero aplicado a una cámara estándar de tamaño grande. El tema es que yo sabía que no iba a ser posible poner la cámara en cualquier parte por los tamaños tan apretados que hay entre el techo del subte y el techo del túnel o, por ejemplo, la distancia que hay entre la rueda de metal y la carcasa del vagón. Ahí no hay tamaños tan grandes como para cualquier cosa”, explica el padre de la criatura.
Gustavo Mosquera trabajó junto a Guillermo Angelelli, quien protagonizó el film Moebius. Archivo personal de Gustavo Mosquera restaurado por Ariel Casos Vello.
“Cuando vos tenés pasión por algo, toda tu energía está las 24 horas del día puesta ahí”, reza Mosquera. Y bienvenida la pasión para movilizarse y superar cualquier límite. Así fue cómo un día previo a la producción del film, el director, en medio de un paseo por San Telmo, observó en un anticuario de Av. San Juan y Defensa la famosa camarita Kinamo. “La vi en buen estado y dije ‘la compro, después veré cómo me la rebusco’. En principio la cámara era barata, 100 pesos –100 dólares en esa época–, no era una exorbitancia. Cuando me dijo (el dueño del local) 35 mm, automáticamente la compré. No podía creer que un equipo de 35 mm fuera tan pequeñito”.
Con ese pequeño artefacto, que en ese momento tenía 70 años, Mosquera contaba con la posibilidad de colocarlo en lugares inimaginables para que el movimiento del tren fuese fielmente auténtico. Sin embargo, no era comprar la cámara y nada más. El director debía encontrar la manera de que la máquina se ejecute de forma automática. Para esa misión, apareció un amigo, Ricardo Galloso, para generar un intervalómetro con dos pequeños motores. Todo esto, sumado a un sistema de engranaje que Mosquera lo terminó de confeccionar con una diminuta correa, permitió lograr la técnica en lugares más que remotos. “El intervalómetro permitió automatizar el disparo de cada cuadro, pero lo más importante no era solamente automatizar, que es el hecho de no depender del dedo humano, sino que la distancia entre cada cuadro fuera exactamente la misma”.
Por otra parte, y en pos de seguir la causa, Adrián Sinclair, otro colaborador, diseñó un circuito electrónico para la cámara Arriflex 2C, que sincronizaba a cualquier velocidad. Eso permitió hacer real y auténtico el movimiento del subte.
En el citado making-of, Mosquera opina que Argentina está como que vive permanentemente en una cinta de Moebius, dando vuelta siempre en el mismo lugar. Al consultarle sobre cómo ve al país 30 años después de la película, Mosquera afirma: “me encantó la pregunta porque es exactamente lo que sigo pensando. No hemos salido. La cinta de Moebius en realidad lo que tiene como metáfora es que uno vuelve a pasar por el mismo punto. Es un estado de repetición y precisamente lo que yo siempre sentí con respecto a los problemas que nos aquejan como país pasan por el mismo punto siempre. Fijate vos que hay un dicho que todo el mundo lo comenta que es que cada tantos años volvemos a tener un problema económico. Volvemos a tener una caída. Volvemos a tener una crisis. Volvemos a tener un 2001. Es un ciclo que, aunque no sean años exactos, se cumple. Ahora estamos de vuelta en una situación que no se le vislumbra una salida muy feliz porque lo único que este país realmente necesita para salir adelante es producir y es exactamente lo que no se está haciendo… La única opción es producir en cantidad para poder vender y, de alguna manera, que haya ganancia para el país y que eso después signifique multiplicación de empleos. En la medida en que eso no exista es al revés. Por lo tanto, vamos a volver a pasar otra vez por ese punto de crisis por el que ya pasamos unas cuantas veces”.
Film de culto
¿Por qué Moebius no está en la cultura popular? Es cierto que hace más de 10 años, la estación San José de la línea E del subte porteño –donde transcurre buena parte de la película–le rinde homenaje con diferentes murales, pero no logró penetrar en las grandes masas. Por eso, este viaje de 30 años tiene una ambigüedad más que interesante para el análisis de un sociólogo o filósofo: por un lado, merecería ser más conocida, pero por el otro, que se mantenga subterránea -nada más alusivo al film- le hace ganar esa cuota mágica y misteriosa que, quizás, otras producciones, por más populares que sean, no la tienen.
Respecto a este punto, Mosquera asegura que “la película tuvo un recorrido que yo llamaría mágico, me siento muy feliz. Cuando uno hace películas normalmente lo normal es pretender que tenga éxito, que la vea la mayor cantidad de público posible. Pero uno sabe que en toda la historia del cine hay muchas películas que de entrada no arrancaron bien. Tenemos un caso emblemático que se llama Blade Runner. Duró una semana en cartel. Hay películas que por x motivos de la vida tienen una trayectoria diferente, pero yo soy de los que piensan que si la película tiene sus valores y por algún motivo merece que tengan su oportunidad, en algún momento la historia se acomoda y le da esa chance. Y con Moebius creo que pasó eso”.
Gustavo Mosquera junto a Roberto Carnaghi durante la filmación de "Moebius" en el subte de Buenos Aires. Archivo personal de Gustavo Mosquera restaurado por Ariel Casos Vello.
Moebius está repleta de simbología. Desde la famosa cinta que hace honor al título, al clima oscuro y subterráneo, la estación Borges, que refleja la idea del laberinto del histórico escritor –“Es probablemente lo más claro de la película”, dice Mosquera–, y hasta los nombres de los protagonistas, Daniel Pratt –interpretado por Guillermo Angelelli en honor al historietista italiano Hugo Pratt– y el profesor Mistein –en la piel de Jorge Petraglia, en alusión al químico argentino y ganador del Premio Nobel, César Milstein– los símbolos están muy presentes.
No obstante, hay un eje central que tiene que ver con la imposibilidad de escuchar, de tener paciencia y, sobre todo, de respetar el conocimiento. A partir de este punto, la película se sumerge en un sinfín distópico que impulsa al joven topólogo Pratt a bajarse del mundo ruidoso y sin escucha, y a subirse al tren del veterano profesor Mistein. Mosquera define que el protagonista “representa a la masa de jóvenes que han adquirido un conocimiento y que efectivamente ya tienen uno como para ponerlo en práctica, pero que todavía no han llegado al estatus del profesor en el cual se supone que debería ser escuchado y reverenciado. Pero la vuelta carnero que tiene la teoría puesta dentro de la película es que el joven tiene la imposibilidad de ser escuchado y el profesor, que supuestamente Pratt cree que es el que debería abrir la boca y convencer, le demuestra que ni siquiera siendo viejo tenés posibilidad de ser escuchado”.
En síntesis, para el cineasta “el tema no pasa por ser más o menos grande; el tema pasa por estar en el lugar correcto, en el momento correcto y en el lugar indicado… Si esto yo lo transformo al país, lamentablemente no ha llegado, dentro de lo que es el universo de la película, el momento para que una gran verdad sea revelada frente a quienes manejan las instituciones. No están dadas las condiciones ni para el joven ni para el viejo y lo que hace esta metáfora es de alguna manera mostrar que el poder es completamente sordo, más allá de ciego”.
El cine en Argentina
Después de tres décadas, Mosquera no ve que hoy fuese posible hacer un proyecto como fue Moebius. “No me imagino que algo filosófico fuera tan sencillo de vender 30 años después”, cree y además expresa que “la sociedad nos demuestra día a día que los productos de calidad cada vez son menos” y hace hincapié en la situación actual del INCAA: “El hecho de que se le esté cerrando la canilla al INCAA, que es quien fue el motor de casi toda la industria audiovisual en la Argentina durante décadas, hace que las posibilidades vuelvan a decrecer”.
De todas maneras, Mosquera no pierde las esperanzas y estima que “en el algún momento (el INCAA) se va a recuperar. No sé qué pedacitos quedarán para la reconstrucción, pero evidentemente es necesario porque lo que no han entendido las sordas autoridades de turno, hablando ya metafóricamente con Moebius, es que todos los países del mundo tienen uno, la gente cree que los demás no lo tienen y sí lo tienen. Inclusive, Estados Unidos tiene instituciones que apoyan la producción”.
Multipremiada en el exterior
Moebius, en Argentina se mantiene en formato de culto, místico. No es popular, pero su premio es el prestigio que ganó en el mundillo de los cinéfilos de pura cepa. Aquel que vio Moebius es porque realmente le gusta indagar en el cine por fuera de lo convencional.
Sin embargo, en el resto del mundo, fue una novedad muy bien recibida por la crítica. En 1997, la película fue exhibida en el Sundance Film Festival, en San Francisco, el Festival de San Sebastián y el Smithsonian Institution de Washington. Además, en el Festival de La Habana Abel Peñalba ganó por mejor fotografía y Martín Grinaschi por mejor sonido. También obtuvo el Premio de la Juventud y el de la Fipresci en Puerto Rico, ganó por mejor guion y el Premio de la Crítica Internacional en Huelva y fue invitada al Forum de Berlín.
Pero hubo más. La película fue seleccionada en la Cinemateca de Los Ángeles –“Todos los años seleccionan 10 directores para que muestren sus obras y ahí estaban, entre otros, Christopher Nolan con Memento y González Iñárritu con Amores Perros”– y también recibió la invitación del Lincoln Center y el Museum of Modern Art (MOMA) de Nueva York, donde fue exhibida en la muestra Nuevos Films, Nuevos Directores como uno de los nuevos hallazgos de 1997.
Y si algo más faltaba, el inédito reconocimiento internacional se produjo durante el aterrizaje de la nave Mars Pathfinder el 4 de julio de 1997. ¿Pero qué tiene que ver el cine y una película argentina con la NASA? En el marco del arribo a Marte por parte de la citada nave espacial, se llevó adelante los días 4 y 5 de julio de ese año el Planet Fest, un festival organizado por la Sociedad Planetaria -una organización no gubernamental- con el patrocinio de la NASA. De hecho, el festival sirvió para que los asistentes, entre los cuales estaban científicos de la administración espacial y Buzz Aldrin, histórico astronauta, fueran los privilegiados de ver las primeras imágenes de la nave en Marte.
Mosquera, que siempre fue amante de la ciencia ficción, relata que tenía el contacto de Mario Acuña, un científico cordobés que trabajaba y era reconocido en la NASA. Al visitar a Acuña en el Jet Propulsion Laboratory, de Pasadena, este le presenta a Ivelisse Gilman, una venezolana que estaba encargada del departamento de videos en la institución que analiza el espacio. El marido de Ivelisse era el Doctor David Gilman, un prestigioso científico de la NASA, que en ese tiempo proponía poner en órbita un experimento para probar la teoría de la relatividad de Albert Einstein. En esas charlas, Mosquera les habló y les mostró Moebius. La fascinación que despertó en el Dr. Gilman -en especial el interés por la forma en que la película aborda el concepto del paso del tiempo- fue el impulso clave para que la película sea exhibida en el Planet Fest ‘97, a modo de entretenimiento mientras llegaban las imágenes de Marte.
Lo curioso –y un gran orgullo para Mosquera– fue que las únicas películas que se expusieron fueron Moebius y 2001: odisea del espacio, célebre film de Stanley Kubrick. “La única película que estaba puesta en el flyer era Moebius, pero como después hizo falta más tiempo, de la galera sacaron 2001 y la pusieron también. Con lo cual se dio 2001 con Moebius. Qué orgullo más poder tener”.
“Moebius es el dolor por muchos que se fueron, que tuvieron algo importante que decir y no tuvieron donde decirlo o no tuvieron quién los oiga porque el poder actúa de una manera muy particular. Es el dolor que representa a Argentina, un país que está en una cinta de Moebius hace mucho dando vuelta y pasando por el mismo punto sin, tal vez, la conciencia absoluta de que eso esté ocurriendo. Moebius es parte de mi vida. Voy buscando como busca Pratt, buscando internamente, en sus profesores, buscando mi verdad y tratar de consagrarlos en films, que es lo único que realmente puedo llevar con pasión”, cierra Mosquera en el making-of.
El protagonista
Guillermo Angelelli viene a ser el otro héroe más visible de Moebius. Al ser consultado sobre qué le produce haber sido el protagonista de la película, cuenta que “me genera cantidad de recuerdos de lo que fue el tiempo de rodaje. Esa aventura delirante de pasar noches enteras de un verano tórrido en las entrañas de la ciudad y todo lo compartido allí con un equipo que lo daba todo por llevar adelante ese proyecto. También, el orgullo de haber sido parte de ese sueño de gente, en su mayoría muy joven, para quien la película fue la primera experiencia de tantas otras que vendrían con los años y que el resultado de esa experiencia se haya ido enriqueciendo y revalorizando con el paso del tiempo”.
Pratt es un hombre que busca y busca, una especie de héroe subterráneo. Respecto a si su vida y trabajo se relacionan con el personaje, Angelelli describe: “Creo que parte del trabajo del actor es encontrar esos puntos de contacto con el personaje. No me imagino posible una construcción que no tenga los cimientos en la experiencia propia. De alguna manera el personaje es siempre uno mismo colocado en un contexto diferente al personal, en otras circunstancias. Podría pensarse como un yo expandido. Es la posibilidad de situarse en esos distintos contextos lo que permiten que el oficio actoral sea también un camino de aprendizaje en la vida”.
Para finalizar, y rememorando la frase del profesor Mistein, “nadie puede enfrentarse al infinito sin sentir vértigo”, el actor asegura que “tuve y tengo muchos momentos en que me enfrento al infinito y ese ‘enfrentamiento’ produce vértigo, como dice Mistein. Ese encuentro resulta en una batalla entre el yo y lo inconmensurable. Pero también he tenido y tengo algunos momentos como ‘regalos’, o sería todavía más apropiado llamarlos ‘presentes’, en los que mi conciencia, mi necesidad de entendimiento se rinde ante el misterio de la infinitud y el vértigo desaparece”.
PC
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