“Desafortunadamente, el gobierno de la ciudad decidió armar una carrera de Fórmula 1 acá detrás de la feria –abrió el encuentro Alejandro Vaccaro, biógrafo, coleccionista de Jorge Luis Borges y actual Secretario de Cultura de la Fundación El Libro–. Desde ayer que está todo colapsado: para los que vienen en auto, para los que vienen caminando, ha sido un problema”. Con esa queja, directa, arrancó el encuentro. Afuera, el desorden; dentro, la sala Alejandra Pizarnik convertida en un refugio para la memoria del libro. Allí, Guillermo “Willy” Schavelzon –el agente literario más influyente de nuestra lengua– volvió desde Barcelona para la edición número cincuenta de la Feria del Libro, que tiene como país Invitado de Honor a Perú, y recorrió, en diálogo con Vaccaro, escenas y zonas de su historia a partir de El enigma del oficio (Ampersand).
Guillermo Schavelzon y Alejandro Vaccaro presentaron el libro “El enigma oficio”. Foto: Victoria Gesualdi.
En ese marco, Schavelzon retrocedió hasta 1976, y recordó la Feria pocos días después del golpe militar. El clima, dijo, era asfixiante. Los expositores fueron citados a las siete y media de la mañana para una inspección que tenía más de operativo que de evento cultural. “Aparece el profesor (Castiglione) con tres oficiales de la Marina, vestidos de blanco, con todas las condecoraciones… recorrían cada stand”, recordó.
La censura no era una idea abstracta sino una orden puntual: “Me dijo: ‘Sacá de inmediato el libro de Osvaldo Bayer’”. Aquella obediencia forzada derivaría, poco después, en el exilio de su familia. Con una ironía que todavía incomoda, evocó también la escena inaugural de esos años: la feria abriendo con marchas militares ejecutadas por los Granaderos, una postal de época que conocía desde adentro tras haber hecho allí el servicio militar.
La conversación, sostenida con la naturalidad de una amistad larga, se desplazó hacia los años sesenta. Un Schavelzon de 19 años, “cara de nene”, ingresaba a la mítica editorial de Jorge Álvarez.
Lo que encontró fue, según sus palabras, la irrupción de “un loco suelto que revolucionó la industria editorial”: alguien que, en un ecosistema dominado por sellos como Sudamericana o Emecé, puso al editor en el centro y logró que el público entrara a las librerías a pedir “los libros de Jorge Álvarez”.
Pero el balance no fue indulgente. Reconoció en Álvarez un talento singular para detectar talento ajeno, aunque acompañado por un desorden persistente que terminó por arrastrar el proyecto. “Yo aprendí lo que no se debe hacer”, sintetizó, aludiendo a los impagos sistemáticos que minaron la editorial.
Una figura decisiva
En ese entramado caótico pero fértil, destacó una figura decisiva y muchas: Pirí Lugones. “Pirí era la editora”, afirmó, sin matices. La describió como una mujer culta y transgresora, capaz de detectar voces nuevas –Ricardo Piglia, Juan José Saer, Manuel Puig– y de intervenir incluso en gestos fundacionales, como el bautismo de Ediciones de la Flor.
En ese clima, recordó, entendió por primera vez qué implica el compromiso de escribir: cafés diarios, conversaciones largas, autores que todavía no eran nombres consagrados, pero ya estaban atravesados por la exigencia de la obra.
Uno de los momentos más reveladores llegó con su vínculo con Quino, a quien definió como “uno de los grandes genios del siglo XX”. Aunque Mafalda sostuvo económicamente a más de una editorial, la relación profesional se quebró por un episodio mínimo y definitivo.
“Los acompañé a tomar un vuelo hacia Italia. Estaban cargando bolsos pesadísimos con dinero y libros, encorvados. Quino tratando de ocultarlos para que en el mostrador no les pesaran el equipaje de mano –una práctica habitual en esos años–. Y fue cuando les dije “No entiendo cómo ustedes no viajan en primera´ Esa fue una ofensa brutal”, admitió. El dibujante, herido en su modestia, se retiró sin despedirse. La relación no se recompuso.
Finalmente, Schavelzon destaca la personalidad silenciosa de Quino, quien “no hablaba, dibujaba extraordinariamente” y cuya timidez era tal que, recuerda Vaccaro “en las inauguraciones de la feria, debían ponerle entrevistadores como Carlos Ulanowski para intentar sacarle algunas palabras”.
La misma modestia de Quino la reencontró en Mario Benedetti, a quien conoció en Cuba en 1966, durante el premio Casa de las Américas. En el hotel, mientras jugaba al ping-pong con Tito Cossa, apareció el escritor uruguayo con una frase que le quedó grabada: “Juego a perdedor”.
La anécdota derivó en una relación que describió como casi paternal, atravesada por coincidencias –como compartir el cumpleaños el 14 de septiembre– y por episodios tan insólitos como reveladores. Recordó, por ejemplo, una escena en México: en pleno auge de popularidad, una joven le cortó la corbata con una tijera para quedarse con un recuerdo.
Guillermo Schavelzon y Alejandro Vaccaro presentaron el libro “El enigma oficio”. Foto: Victoria Gesualdi.
Un ataque de asma
El susto le provocó un ataque de asma que terminó en hospital y en una decisión tajante: no volver al país. También evocó la resistencia inicial de los editores españoles, que lo consideraban “impublicable”, y el proceso que lo transformó en un autor de masas.
La escena más elocuente, sin embargo, fue en Montevideo: un Benedetti anciano, convencido de que se estaba quedando sin dinero, haciendo una fila interminable en el Banco República bajo el calor, rechazando cualquier privilegio. “No, yo hago la fila”, insistió, para descubrir después que tenía una cuenta intacta, con una fortuna que nunca había tocado.
El recorrido siguió hacia México, donde conoció a un joven Gabriel García Márquez. Llegó a su casa tras un largo viaje en taxi y fue recibido por el autor y Mercedes Barcha con un desayuno que todavía recuerda como “buenísimo”.
En ese encuentro, García Márquez le ofreció los derechos de La hojarasca por 500 dólares: necesitaba cubrir meses de alquiler atrasado. También reapareció la escena ya clásica: Mercedes empeñando la tostadora para poder enviar el manuscrito de Cien años de soledad a Buenos Aires, ante la imposibilidad de pagar el correo completo.
El relato de Guillermo Schavelzon también incluyó una anécdota con Jorge Guinzburg, “el más serio de los humoristas”. La crónica de este encuentro, narrada con una mezcla de admiración y nostalgia, se remonta a los años en que Schavelzon dirigía la editorial Planeta y decidió buscar al conductor, entonces en la cima de su popularidad, para proponerle un proyecto literario.
La propuesta incluía un anticipo de 50.000 dólares, una cifra considerable que Guinzburg aceptó bajo una condición que revelaba su profunda integridad profesional: “No me dejes publicar un mal libro. Te lo prometo. Pero si no me gusta, ¿te vas a bancar que te lo diga?”. Según recordó el agente ante el auditorio, el humorista era consciente de que su talento era primordialmente oral y temía no estar a la altura de la página impresa.
Guillermo Schavelzon y Alejandro Vaccaro presentaron el libro “El enigma oficio”. Foto: Victoria Gesualdi.
La prueba de fuego llegó meses después, cuando Guinzburg envió la mitad del manuscrito. Schavelzon fue honesto: “El texto era un ´desastre´, carecía tanto de su chispa cómica como de valor testimonial”. La cita para discutir el futuro del libro tuvo lugar en un desaparecido café, en la esquina de Santa Fe y Callao. Allí, con la franqueza que marcó su relación, el editor le confirmó que el material no alcanzaba su nivel habitual.
La respuesta de Guinzburg fue inmediata y contundente: “Olvidémoslo, otra cosa no me sale. Mañana te devuelvo el anticipo”. Con una mezcla de asombro y respeto, Schavelzon confesó al público que en sus más de cincuenta años de oficio nunca conoció a otro escritor que devolviera un adelanto, especialmente considerando que, una vez entregado el trabajo, no existía obligación legal de hacerlo. Schavelzon realizó un pedido a los presentes en la sala: “me gustaría que este testimonio a su familia”.
Hubo también lugar para la política. Con poco más de veinte años, Schavelzon viajó a Madrid para entregarle a Juan Domingo Perón ejemplares de Hola Perón, un libro que había resultado un éxito editorial. En Puerta de Hierro, quien lo recibió fue José López Rega, el hombre que luego organizaría la represión en Argentina, en ese entonces mayordomo. “Nos trajo un café, dos galletitas”, recordó. La escena se completó con la aparición de los caniches del General y una breve caminata por el jardín.
Una foto con Perón
Con una cámara en mano, se animó a pedir una foto. “Lópezito, tómenos una foto”, ordenó Perón. Esa imagen todavía integra su archivo personal y forma parte de su libro.
Guillermo Schavelzon y Alejandro Vaccaro presentaron el libro “El enigma oficio”. Foto: Victoria Gesualdi.
Schavelzon profundizó en un dato que muchos desconocen sobre el impacto de la familia Perón en España: las chauchas se llaman "peronas" en ese país debido a que Evita llegó con dos barcos cargados de alimentos cuando los españoles se morían de hambre.
“Aunque hoy ningún español sabe por qué las llama así, el nombre persiste en los mercados, al igual que el "Puente de la Perona", construido con dinero que ella donó tras visitar un barrio obrero que sufría inundaciones”, apuntó.
Sobre el final, Vaccaro y Schavelzon reflexionaron sobre la transformación de la industria, pasando del "olfato editorial" a la frialdad de los algoritmos. Schavelzon se mostró escéptico ante el uso de la inteligencia artificial por parte de los grandes grupos para evaluar textos, advirtiendo que la velocidad del mercado actual atenta contra la esencia del oficio.
“La única velocidad que la digitalización no cambió es la de la lectura”, concluyó el agente, dejando en claro que, a pesar de los cambios tecnológicos, el corazón de la literatura sigue residiendo en ese proceso lento y humano que él ha custodiado durante más de medio siglo.
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