Un grupo de astrónomos de Sudáfrica detectaron por medio del telescopio MeerKAT una señal de mega-láser desde 8 mil millones de años luz de distancia.
A primera vista suena a ciencia ficción, pero lo que los astrónomos detectaron no es un rayo construido por una civilización, sino un fenómeno natural conocido como maser (el primo del láser, pero en microondas/radio).
En el espacio, ciertos ambientes pueden “alinear” moléculas de tal forma que emiten radiación amplificada, como si fueran un amplificador cósmico. Cuando esa emisión es muy poderosa, se habla de megamaser. Y en casos extremos, de gigamaser.
La diferencia no es el mecanismo, sino la escala: la energía irradiada puede ser millones de veces mayor que la de masers que vemos en la Vía Láctea. Es un lenguaje de récords, pero detrás hay una razón física concreta: el maser necesita gas abundante, condiciones densas y una fuente de energía que excite moléculas.
La señal en cuestión corresponde a un megamaser de hidroxilo (OH), asociado a un sistema muy particular: una fusión de galaxias rica en gas y formación estelar intensa. En esas colisiones, las nubes moleculares se comprimen, se calientan y se iluminan con radiación infrarroja. Ese ambiente es “perfecto” para que moléculas como el OH actúen como amplificadores y emitan de forma coherente en radio.
El segundo ingrediente es el que explica por qué se pudo ver desde tan lejos: el lente gravitacional. Una galaxia en primer plano puede deformar la luz (y también las señales en radio) por su gravedad, actuando como una lupa natural que amplifica lo que está detrás. Ese efecto no crea la señal, pero la vuelve detectable: hace que un fenómeno que sería demasiado débil para nuestros instrumentos llegue con más fuerza.
La imagen más clara jamás tomada del centro de la Vía Láctea, ocupado por un inmenso agujero negro, gracias a un nuevo radiotelescopio denominado MeerKAT. Foto: EFE.
Por eso, el hallazgo no es solo un récord curioso. Es una herramienta para estudiar el universo distante. Los megamasers de OH suelen aparecer en galaxias con episodios violentos de formación estelar y funcionan como “marcadores” de fusiones. Detectarlos a corrimientos al rojo altos (es decir, cuando el universo era más joven) ayuda a entender cuándo y cómo crecieron las galaxias masivas, y qué tan comunes eran las colisiones en esa época.
Además, estos objetos pueden aportar pistas sobre el gas denso y polvoriento, el mismo que alimenta estrellas y, en algunos casos, agujeros negros supermasivos. En astronomía, hay regiones tan ocultas por polvo que casi no se ven en luz visible. El radio, en cambio, atraviesa mejor esos velos. Un maser actúa como una baliza: señala “aquí hay un núcleo activo y cargado de gas”.
El superradiotelescopio, ubicado en Sudáfrica, es al menos 50 veces más potente que cualquier otro telescopio del planeta. Foto: AFP.
El “megaláser” no es una señal de ciencia ficción, sino una emisión natural rarísima por su potencia y por la distancia. Su importancia está en que abre una ventana al universo de hace miles de millones de años: fusiones, gas extremo, formación estelar y gravedad jugando a favor para que la señal no se pierda en el camino.
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