El atentado contra Donald Trump volvió a poner sobre la mesa el uso de la violencia política. Y si bien ambos lados de la trinchera condenaron el intento de magnicidio, la unanimidad se quebró muy pronto, dependiendo de quien lo hiciera y de su ubicación política e ideológica.
Para los más distantes a Trump o abiertamente adversos a sus ideas, el argumento omnipresente fue que la violencia, venga de donde venga, siempre es condenable, mientras los más pro MAGA lanzaron su dedo acusador contra un claro destinatario. Al criminalizar cada uno a sus enemigos directos, pese a que muchos guardaran las formas, se hacía realidad aquello de que se ve mejor la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio.
Mientras Trump disparaba su ira contra “el culto al odio de la izquierda”, Javier Milei alertaba de “la retórica violenta de la izquierda en todas partes del mundo”. Casi simultáneamente, una semana antes de estos infaustos acontecimientos, el presidente colombiano Gustavo Petro, conocido por descalificar y mentar la madre de cuanto contradictor encuentra, apuntó su nutrida artillería verbal contra los dirigentes que recurren al odio y a la xenofobia como herramienta para ganar elecciones. Simultáneamente advertía que “Ecuador está pasando al fascismo, ha decidido ilegalizar la oposición y criminalizar la política”.
Todo esto en el marco de la Movilización Progresista Global organizada en Barcelona por el español Pedro Sánchez y el brasileño Lula da Silva. Prueba de la polarización política mundial, y también española, es que Ignacio Garriga, el secretario general de Vox, acusó a Sánchez de reunirse con “los peores narcodictadores” y de convertir a Barcelona en “la capital de la izquierda criminal”. Tras calificar el foro como una “banda de siniestros”, definió a Claudia Sheinbaum como la narcopresidenta de México y le pidió que “deje de inundar nuestras calles de droga y de muerte”.
En el contexto de las cancelaciones y de las múltiples batallas culturales que en este momento la extrema izquierda y la extrema derecha libran en casi todo el planeta parece que todo vale, incluso los insultos más atroces y escatológicos.
La mesura se ha perdido y en su lugar se han instalado las descalificaciones y la sed de venganza, que una vez desatada es prácticamente imposible de domeñar. La idea de que la política es un eficaz mecanismo para resolver pacíficamente los conflictos a través del diálogo y la negociación ya es pasado.
Basta con escuchar, o ver, a los diferentes influencers políticos que enarbolan las banderas más radicales. El problema es que atravesar la delgada línea que separa la violencia verbal (cultural) de la violencia activa, la que se practica con las armas en la mano, es más fácil de lo que parece y tiene difícil vuelta atrás.
Llegados a este punto habría que preguntarse si la responsabilidad de quienes incitan las prácticas violentas, o las jalean, no es similar a la de quienes aprietan el gatillo. En la carrera por polarizar, por imponerse y aniquilar al diferente, en lugar de discutir con él, han desaparecido los incentivos por convocar a los sectores sociales más centrados. Los políticos están más preocupados en la inmediatez, en tensar más la cuerda, que en conseguir sus propios objetivos.
Entre la panoplia de temas desplegados por los muchos latinoamericanos desplazados a España primaron el no a la guerra (de Irán), el antitrumpismo y las respuestas frente el giro a la derecha en América Latina.
Sin embargo, la falta de propuestas ante la imposibilidad de alcanzar consensos mínimos en las diferentes agendas fue la nota dominante. La disparidad entre los gobernantes y entre los grupos presentes fue la norma, como prueba el hecho de que allí estuvieron, por poner solo un ejemplo, radicales argentinos y kirchneristas, con casi ningún elemento en común entre ellos.
Uno de los pocos espacios de consenso fue Cuba, con una declaración contraria a una aventura militar, especialmente después de las amenazas de Trump, incluyendo el “gran honor” que sería tomar la Isla. España, Brasil y México se comprometieron a incrementar la ayuda humanitaria para “aliviar el sufrimiento del pueblo cubano” aunque sin mencionar las penurias que sufre ese mismo pueblo a cargo de su sangrienta dictadura.
La conferencia se convocó al amparo de la social democracia, pero mientras algunos lo eran o lo parecían, otros no se ceñían a la definición, especialmente los de raíces estalinistas, que de todo había en la viña del señor. Y si bien la Internacional Socialista fue uno de los convocantes su brillo ya no es el de antaño.
Por eso vale la pena preguntarse si el progresismo latinoamericano es socialdemócrata o es bolivariano, si está más a la izquierda o más centrado y cuán populista es. Las contradicciones entre los participantes y las prisas de algunos por ganar las próximas elecciones, Petro dixit, impidieron articular una gran alianza en defensa de las libertades y la democracia, el Abc más elemental de una izquierda que se reclama progresista.
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