No puedo decir su nombre porque la información fue confidencial pero me enteré hace un par de semanas que el CEO de una de las multinacionales más grandes de España había dado con el motivo de la guerra de Trump en Irán. Era parte de una gran estrategia para machacar a China, la superpotencia rival.
Sí, ¿cómo no? Claro. Obvio, China, ya. Diría yo que asociar la palabra “estrategia” con Trump es tan absurdo como asociar “compasión” con Putin o “finura” con Javier Milei. Pero sigámosle el hilo al CEO de la multinacional, otorguemos incluso más mérito a la astucia del presidente de Estados Unidos. No nos quedemos tan cortos.
Lo de Irán también ha sido una estrategia para destruir la OTAN, Europa y los países del Golfo; para beneficiar a la Rusia de Putin en su guerra contra Ucrania; para disparar los precios del petróleo y del gas y provocar una catástrofe económica mundial. Más, en plan política interna, para desviar la atención del caso Epstein o de los números de Trump en las encuestas, que se hunden, o para preparar el terreno (guerra = emergencia nacional) para suspender las elecciones al Congreso en noviembre.
Continuando con estos razonamientos, atribuyéndole a Trump aquella clarividencia que el CEO ve en él, Irán solo fue un pretexto, o un instrumento para lograr objetivos más ocultos, pero de mayor impacto. ¿Derrocar el régimen iraní? Eso ya pasó al olvido. ¿Negarles la capacidad de construir una bomba nuclear? Bueno, hasta que pasen unos meses y vuelvan a empezar. ¿Hacer lo que pide Israel? Eso sí, siempre.
Como aquella vez en 2018 cuando Netanyahu convenció al presidente Trump de que rompiese el pacto que Obama había firmado con Irán para que, de manera verificable, no construyera la bomba. Con mucha suerte, Trump logrará con la guerra el mismo objetivo que Obama logró con la diplomacia. Las muertes de esas cien colegialas iraníes que causó un misil norteamericano no habrán sido en vano.
Bueno. Ya. Basta. Hablemos en serio. Volvamos al CEO. ¿Se puede ser más idiota siendo, a la vez, tan inteligente? Se supone que uno debe tener un cerebro bastante privilegiado para llegar a estar al mando de una multinacional. Pero ese es precisamente el problema a la hora de intentar descifrar los procesos mentales del presidente de Estados Unidos. Las cualidades que sirven para dirigir una empresa –previsión, lógica, conectar causa y efecto – no sirven para nada.
Recurriré a mi columnista favorito en inglés, Janan Ganesh del Financial Times. Ganesh recuerda con bastante frecuencia la habitual inutilidad de los empresarios a la hora de interpretar acontecimientos políticos, señalando que su limitación es precisamente la de razonar demasiado y no atribuir el peso que corresponde a la insondable vanidad, estupidez o maldad humana. Esta semana Ganesh escribió una columna tan brillante que me veo en la obligación de compartirla.
Empezó recordando lo que dijo Trump en su red social tras la muerte hace un par de semanas de Robert Mueller, ex director del FBI. Mueller fue como voluntario a la guerra de Vietnam, donde fue condecorado por valentía, a diferencia de Trump que por cobardía se inventó un problema en el pie para evitar el servicio militar. Después Mueller dedicó su vida a una no muy remunerada carrera como funcionario público. La palabra “integridad” recurrió en los obituarios. El obituario de Trump en Truth Social fue, “Bien, me alegro de que haya muerto”. Lo que eso demuestra, entre otras cosas, sugiere Ganesh, “es una total perplejidad ante los valores de alguien como Mueller.”
La tesis del columnista británico que tan acertada me parece es que “Trump no entiende a las personas que creen en algo. Si se reconoce este punto ciego, sus dificultades actuales en el extranjero se vuelven más fáciles de explicar.”
Por ejemplo, su negociador internacional en jefe y empresario inmobiliario Steve Witkoff reveló que a Trump le había resultado “curioso” que los iraníes no se rindiesen nada más empezar el bombardeo hace cinco semanas.
Para Trump los eslóganes iraníes (“La sangre que corre por nuestras venas es un regalo para nuestro líder”) suenan a la fanfarronería inicial de una negociación. Que Irán lo diga en serio, que a los ayatolas les motive el patriotismo y la fe supera su capacidad de comprensión.
Y ahora, por más fanfarronería que suelte Trump, Irán está ganando la guerra. Mientras controle el estrecho de Ormuz tiene como rehenes – estratégicos- a Estados Unidos y al mundo.
Veamos el caso de Ucrania. Trump pensó que iba a negociar el final de la guerra “en un día”. Un dinerito acá, un dinerito allá, y ya estamos. Todo tiene su precio. “A Trump le desconcierta de verdad no poder imponer un acuerdo rápido,” escribe Ganesh. “A casi nadie más le desconcierta. Los ucranianos creen en vivir en una nación independiente. Vladimir Putin se aferra a la idea de una Gran Rusia que incluye a Ucrania. Y así, el conflicto, aunque terrible, no es extraño ni anómalo — salvo para alguien que no puede creer que otras personas crean.”
A todo esto yo agregaría que a la cero fe de Trump en nada se suma su completa y absoluta ignorancia de la historia, la de su país o la de cualquier otro, y su total incapacidad de ponerse en la piel del prójimo o, inevitablemente, en las de culturas de otras tierras.
El concepto elemental de la guerra de “conocer al enemigo” no penetra su cabecita. Y por todos estos motivos y más, nunca olvidando que su ausencia de creencias y de conocimientos y de estrategia corresponden con las de un chico pequeño, estamos viendo las inevitables conclusiones de la desgracia que nos ha tocado al tener a semejante bicho determinando el destino de nuestras vidas.
Y para colmo – Gracias USA -- el mayor coste de su aventura iraní lo pagará el resto del mundo, no su país, no los tarados, clones de él, que le votaron.
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