La comunidad autónoma española uniprovincial Cantabria tiene bosques, rutas cortas y pueblos muy visitados, pero hay un lugar que suele descolocar incluso a quienes llegan con la zona bastante recorrida. Esta vez el efecto aparece entre troncos altísimos y una escena que no parece propia del norte de España.
En este caso, el atractivo no pasa por una lista larga de actividades. La visita se entiende de otra manera: se entra, se camina despacio, se mira hacia arriba y el entorno hace el resto. También hay un dato que ordena bastante la percepción del lugar. No se trata de un bosque autóctono ni de una formación natural antigua del paisaje cántabro.
Las secuoyas llegaron en la década de 1940 como una plantación ligada al aprovechamiento maderero, aunque ese plan nunca terminó de desarrollarse a escala comercial.
El bosque de secuoyas que sorprende en Cantabria y parece un espejismo
La referencia es el bosque de Secuoyas de Cabezón de la Sal, uno de los rincones más particulares de Cantabria. El lugar suele llamar la atención por una razón simple: la escala. Los troncos son rectos, altos y aparecen alineados de una manera que no es frecuente en otros bosques del norte español.
La escena funciona casi por contraste. Afuera sigue estando el paisaje cántabro de siempre; adentro, en cambio, aparecen pasillos naturales, sombra alta y una sensación bastante extraña de verticalidad. No hace falta caminar mucho para que el lugar cambie el ritmo de la visita.
Parte de ese efecto tiene que ver con el suelo y con la luz. El piso, cubierto de hojas, agujas y musgo, amortigua los pasos, mientras las copas filtran el sol de manera desigual. No es un bosque oscuro, pero sí uno donde el ambiente se vuelve más recogido y más silencioso.
El bosque de secuoyas que sorprende en Cantabria y parece un espejismo.
A eso se suma otro rasgo muy visible: la corteza. Las secuoyas tienen una textura fibrosa, blanda y algo esponjosa, distinta a la de otros árboles del entorno. Ese detalle termina de reforzar la impresión de estar en un lugar raro, casi desplazado del mapa habitual de España.
Cómo nació este bosque de secuoyas en Cantabria y por qué hoy es un lugar protegido
El origen del bosque explica bastante de su rareza. Las secuoyas rojas fueron plantadas en la década de 1940 con la idea de aprovechar una madera apreciada por su resistencia a la humedad y a la putrefacción. La iniciativa no prosperó como negocio, pero dejó como herencia uno de los espacios más singulares de Cantabria.
La elección del lugar, de todos modos, no fue casual. El clima húmedo y las temperaturas de la zona ofrecían condiciones bastante parecidas a las que estas especies encuentran en la costa oeste de Estados Unidos, de donde son originarias.
Con el paso de los años, el valor del sitio dejó de medirse por la madera y pasó a leerse desde otro lado: paisaje, singularidad y conservación. En 2003, el bosque fue declarado Monumento Natural, una figura que reconoce su interés paisajístico, científico y cultural.
Cómo nació este bosque de secuoyas en Cantabria y por qué hoy es un lugar protegido.
La mejor forma de entrar en el bosque de secuoyas de Cantabria es caminando. El lugar cuenta con varios senderos cortos y accesibles, pensados para recorrerlo sin exigencia física grande y sin perder la sensación de calma que lo distingue.
Entre ellos, uno de los tramos más recordados incluye una pasarela que se mete entre los árboles y cambia un poco el punto de vista.
Además, llegar no resulta complicado. Está en las afueras de Cabezón de la Sal, bien conectado por carretera y a unos 40 minutos de Santander en auto. Desde el pueblo también se puede alcanzar a pie en media hora aproximada, algo que permite sumarlo a una escapada corta por la zona.
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