“Son como niños”. Esa sentencia, dirigida hacia un grupo de adultos, puede ser vista de forma negativa o positiva. Un filósofo japonés se apoyó en el lado bueno de tal comparación, tan escuchada al momento del reproche por actos que parecieran mostrar inmadurez.

Lejos de haberlo recriminado, el pensador Kitarō Nishida elevó este estado a uno de los niveles más buscados: el de la felicidad. Nishida —nacido en 1870— es conocido por haber unido la filosofía occidental con el budismo zen.

De su trabajo se destaca la obra Zen no kenkyū, traducida al español como Una investigación sobre el bien. Dicho sea de paso, su comprensión de los razonamientos de tierras lejanas le valió críticas por sus compatriotas nacionalistas durante la Segunda Guerra Mundial, señala la Enciclopedia Británica en su sitio web.

La frase sobre los niños y la felicidad

“Si mi corazón puede volverse simple y puro como el de un niño, creo que no hay felicidad más grande que esta”, es una de sus frases rescatadas en Internet.

Aquella idea se basa en su cuestionamiento a cierto “yo”. Ese ente es el que separa a la persona de lo que el japonés determinó como “la experiencia pura”. ¿Qué es esto? Nada más ni nada menos que lo que ocurre antes de dividir las cosas en sujetos y objetos. Es decir, el estado menos educado y menos disciplinado.

La educación forma a las personas de una manera particular. Foto: ilustración Shutterstock

Los niños, con su originalidad naciente, son la mejor muestra de que no venimos al mundo con las leyes bajo el brazo que le dan derechos al ser humano pero no a las hormigas. Al contrario, el proceso de socialización nos hace ver las cosas según lo que hicieron con nosotros.

De esta manera no hay un “yo viendo un árbol” ni un “árbol siendo visto”. Para Kitarō Nishida, lo central está en el “ver”. No se fragmenta la experiencia ni al sujeto del predicado.

De esta forma el filósofo llevó la universalización hasta su límite, señalando al predicado pero nunca a un sujeto. A esto lo llamó “el plano predicativo trascendente”. Allí se fundamenta todo el conocimiento.

“Basho”, un concepto elemental de Kitarō Nishida para alcanzar el conocimiento

El erudito señaló que la conciencia es el lugar que posibilita el conocimiento. Ese es un “lugar de la nada” porque no puede ser objetivado ni predicado. Y la palabra para “lugar” en su idioma nativo es Basho (場所). Lo transformó en un interesante concepto en un ensayo publicado en 1926.

Allí está el “yo”, pero es un “yo” que se vació por completo. “Se convirtió en la nada absoluta”, destacó la especialista Yuko Ishihara en un artículo del proyecto Global Critical Philosophy of Religion.

Aquí viene lo impactante: semejante sitio permite que las cosas se presenten tal como son.

Permitir que las cosas se presenten tal como son, un objetivo buscado por el japonés.

En síntesis, la conciencia es un “lugar” que, además de incluir los fenómenos constitutivos de la realidad aprehendida, también actúa como una fuerza capaz de lograr la unidad.

Nishida, el fundador de la Escuela de Kioto

Bien hace conocer en qué contexto reflexionó este ser pensante. Fue durante el clima de redefinición cultural que atravesó Japón tras la apertura de la era Meiji (1868-1912).

Contemporáneo de grandes intelectuales como Kuki Shūzō y Tetsurō Watsuji, en 1913 Nishida fundó la Escuela de Kioto. Sin embargo, recién se llamó de esa manera en 1932, cuando así la bautizó un alumno, según el especialista en este tema James Heisig.

La escuela surgió como un espacio entre académicos —pertenecientes a la universidad de la nombrada ciudad japonesa— que buscaron dialogar sobre la tradición filosófica oriental y los marcos teóricos de Occidente.

Tal proyecto fue parte de una generación de pensadores que, luego de que el país insular estuviera un largo tiempo de aislamiento, se enfrentó al desafío de repensar la identidad japonesa en diálogo con la modernidad europea.

De esta manera, Kitarō Nishida desarrolló una filosofía comparativa que integró categorías del pensamiento europeo con nociones propias de la tradición zen y budista. En ese cruce, el japonés —fallecido a los los 75 años en 1945— buscó formular un lenguaje filosófico que no fuera ni una mera imitación de Occidente ni un repliegue nacionalista. Y como se ha visto, lo logró.