En En todo hay una grieta y por ella entra la luz, Patricio Pron construye una novela de apariencia compleja, acumulando notas al pie mientras imagina una revolución en nuestro lugar en la naturaleza. En todo hay una grieta... empieza prometiendo una buena nueva: a pesar del procedimiento formal irritante –empujar el relato en base a notas al pie que funcionan como cajas chinas– la prosa de Pron sostiene un estilo. Es eufónica y amable, hay que reconocerlo, y alivia del prejuicio que impone la figura pública de Pron, que es lo más parecido al personaje que describe Edgardo Scott en el ensayo Escritor profesional.

Vamos por el principio. Un narrador que identificamos con Pron –nació en Argentina en una ciudad a la que llama *osario; vivió en Alemania y en España– ha sido contratado para escribir una biografía de un poeta surrealista francés que murió en Auschwitz y filmó una película perdida en Buenos Aires. A pesar de que tiene en sus manos todos los datos, no puede hacerlo. Su prosa empieza a resbalar hacia zonas que construyen un aparente laberinto de ideas y acontecimientos que en realidad revela una constelación: la “colección” de restos de los hermanos Collyer, 120 toneladas de basura; la inauguración del espiritismo en el siglo XIX; las acciones artísticas de una cartógrafa alemana con la que el narrador ha tenido una relación en el pasado.

Su voz registra el mundo tal como lo recibimos todas las mañanas: hay pobres, desplazados, manchas de basura en el océano, gente mala y también gente que, al perder un guante en un andén del tren en Nueva York, tira el segundo para que quien lo encuentre, tenga el par. Está atravesado por un dolor único, extraño, distintivísimo, pero una comparsa de amargados geniales le muestran una perspectiva esperanzadora: una reconstrucción posible del lazo entre lo humano y lo natural, cuyo secreto reside en un abuelo chamán. Ahí hay una cura para él, y para todos, y el relato cierra con una reversión del párrafo en el que Borges describe su indescriptible vistazo del Aleph, transformado en una lista de especies animales y vegetales.

La voz hace equilibro entre la incomodidad con el mundo y el regodeo inadvertido en el privilegio: en tanto escritor, está bajo una observación pública que limita la capacidad de obtener en su experiencia la materia de su escritura; su objeto principal de reflexión es Nueva York, cuyo corazón parece conocer; su alemana –con la que se acuesta, como no podía ser de otra manera– es una criatura salida de una publicidad de prepaga, con una belleza que los demás no pueden dejar de mirar. Van mucho al MoMA. Leyéndolo, no es difícil recordar lo que Saer decía sobre cuánto le importaban los escritores interesados en transmitirnos sus sensaciones sobre Venecia.

Esa pompa no puede no alejarnos, y además su celebrada prosa tiene problemas. Como si se olvidara en el camino de lo que está diciendo, las oraciones repitan funciones sintácticas: “esa madrugada, en su apartamento, se había convertido en una escultura en papel de grandes dimensiones que tenías que extender en el suelo de la habitación tras haber desplazado los muebles para poder estudiarlo”. El otro problema es la sobreexplicación y el cliché. En una escena, una antropóloga agria le revela el secreto de la vida y de su familia: “una nevada fina, casi imperceptible, había comenzado a caer sobre nosotros y había terminado de vaciar el parque, pero la mujer seguía sin moverse, fumando con la mirada perdida en un punto frente a ella, como si pudiera ver cosas que los demás no veíamos”.

Pron parece heredero del Piglia que Aira atacara en una reseña célebre: toda esta fantasía de la esperanza se obtiene en una serie de discusiones ganadas de antemano, de ensayos disimulados, y, paradójicamente, después de miles de litros de combustible destinados a que su escritor viaje entre el Viejo y el Nuevo Mundo, mientras miramos con ansiedad los acontecimientos pendientes en el estrecho de Ormuz. A diferencia de Piglia, al final nos hace un detalle de sus citas: sabemos entonces que los momentos más honestos e interesantes de la novela (la ideas sobre sus las dificultades de la vida conyugal, por ejemplo) no le pertenecen.

En todo hay una grieta y por ella entra la luz, Patricio Pron. Anagrama, 232 págs.