Si no fuera un asesino en serie, Putin daría lástima. Como el dictador al final de ‘El otoño del patriarca’ de García Márquez, está solo en su palacio, perplejo, paranoico y, asustado de su gente. Y del enemigo externo. David gana al torpe Goliat, no con piedras sino con drones.

¿Quién se lo hubiera imaginado en febrero de 2022, cuando Rusia lanzó su invasión a gran escala y todo el mundo suponía, empezando por el mismo Putin, que Ucrania caería en días? ¿O que en vez de consolidar su poder interno, el zar Vladímir acabaría viendo, en el quinto año de su guerra imperial, cómo se le escapa el control de las manos?

Hace poco más de un año Trump se mofaba del presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, en la Casa Blanca. Que no le quedaba ninguna carta, le decía. Que su amigo Putin las tenía todas. Ya no, Donald.

Entre muertos y heridos hace seis meses que Rusia pierde más de mil soldados al día, cinco veces más que los ucranianos, según el presidente de Finlandia, Alexander Stubb. Esto poco le importa al carnicero del Kremlin, pero otras cosas sí. Mientras la economía rusa se hunde, los drones ucranianos no solo operan con letal eficacia en el frente sino que destruyen instalaciones petroleras lejos de él. Esta semana dañaron un edificio de lujo en el centro de Moscú.

Por eso, por lo que los portavoces del Kremlin, llaman “la amenaza terrorista”, se canceló ayer el desfile de tanques y misiles que han compuesto la parte más imponente de la escenografía que se celebra cada año en Moscú desde el final de “la Gran Guerra Patriótica” en 1945. La guerra idiota de Ucrania, que ya dura más que la participación rusa en la Segunda Guerra Mundial, ha sido uno de los grandes errores de la historia militar; la defensa que ha montado Ucrania, una de las grandes hazañas.

Ucrania es hoy la superpotencia militar de la Europa democrática. Tiene las fuerzas armadas más numerosas y más capaces del continente y posee la industria militar más innovadora. Redefinió en estos cinco años el concepto de lo que es la guerra. Ucrania produjo cuatro millones de drones el años pasado; este año apunta a siete millones.

Zelenski viajó el mes pasado a Arabia Saudí y dos más países del Golfo a ofrecerles ayuda militar. Los jeques musulmanes entienden que por más que agasajen a Trump, por más regalitos que le den y más negocios turbios que hagan con sus familiares, el rey naranja no les puede proteger de los drones iraníes como el líder judío de Ucrania.

A la vez, Zelenski acaba de firmar un contrato de cooperación militar con Alemania. El gobierno alemán va a invertir cien mil millones de euros en defensa. Para saber cómo mejor gastarlos no hay ningún país que aporte más conocimientos que Ucrania.

Como dice el presidente Stubb, tenemos que darnos cuenta de que Europa necesita más a Ucrania de lo que Ucrania necesita a Europa. Para que acá en España, por ejemplo, no tengamos que desviar hacia la defensa nacional los fondos que utilizamos para financiar nuestro excelente sistema de salud pública, ¿qué mejor que depender de la coraza ucraniana? No sería un mal trato. Los ucranianos dan su sangre, sus lágrimas y sus inventos militares para que nosotros podamos seguir disfrutando de la buena la vida bajo el sol.

Le dijo el vicepresidente Vance a Zelenski en aquella reunión en la Casa Blanca el año pasado que debería demostrar gratitud hacia EEUU. Menuda sandez. Pero sí es hora de que en el resto de Europa le demos todos las gracias a Ucrania, sin excluir a aquellos bobitos de la izquierda radical que persisten en la noción de que Rusia sigue siendo (si es que alguna vez lo fue) la utopía del proletariado, o el baluarte contra el imperialismo, u otra idiotez por el estilo.

Que vayan hoy a Rusia, el país más literalmente fascista de la tierra con la posible excepción de Corea del Norte, y vean las restricciones que Putin está imponiendo al uso de internet, lo que, sumado a la subida de precios y el colapso de la economía no armamentista, está generando más descontento popular con el líder ruso que en ningún momento de sus 26 años en el poder. Le está pasando lo peor que le puede pasar a un dictador: la gente empieza, poco a poco, a perderle el miedo, a expresarse en contra. No hay más que ver las redes sociales, precisamente el motivo por el que Putin está intentando cortar el acceso a ellas.

Hay señales, más allá de la obligada castración del desfile “de la victoria”, de que se empieza a cagar los pantalones. No olvidemos que su peor pesadilla es sufrir el mismo destino que Gadafi en Libia, linchado por su propia gente. Esta semana the Financial Times citó a fuentes de la inteligencia europea que dicen que Putin ha fortalecido las medidas para su protección personal. Pasa menos tiempos que nunca en sus residencias privadas, más y más en bunkers subterráneos.

Para que ustedes no tengan que hacerlo, queridos lectores y lectoras, sigo de manera casi obsesiva y hace muchos años a los expertos occidentales en Rusia, o a los expertos rusos que han huido a Occidente, en los diarios, en los podcasts y en televisión. Los que elijo tomar en serio se habían negado antes a caer en la tentación de pensar que Putin podría estar en peligro de perder el poder. Siguen siendo cautos. No pronostican que Putin caerá en los próximos días, siquiera meses. Pero de repente se atreven a susurrar la frase “golpe de estado”, posibilidad menos disparatada, aparentemente, que antes.

De momento yo opto por dudar que haya un final feliz, por el mismo motivo que nunca me creo antes de un partido de fútbol que mi equipo va a ganar.

El pesimismo reduce el posible grado de la decepción. Pero lo que sí todo indica es que tanto en su guerra en Ucrania, como respecto al control absoluto que pretende ejercer sobre el triste pueblo de Rusia, el tirano nunca ha estado más contra las cuerdas.