A pleno desconcierto, sin capacidad para asimilar tanta destrucción vigente en nuestro planeta, corremos el riesgo de aceptar sin más el predominio de versiones unívocas que atropellan –algunas veces brutalmente, otras solapadamente– nuestra subjetividad. Aunque nuestros recursos, por momentos, se revelen como insuficientes frente a la dimensión de semejante daño, el aceptar parcialmente esa insuficiencia de la palabra frente a la destrucción sistemática que ejerce el poder sobre los sujetos es ya una manera de rescatarse por lo menos de la alienación.
La poeta italiana Patrizia Cavalli ha escrito: “Alguien me ha dicho / que en verdad mis poesías / no cambiarán el mundo. / Yo les respondo que en verdad sí / que mis poesías / no cambiarán el mundo”.
El arte y la literatura establecen una dimensión histórica a través de la producción de obras. El poeta no es inmediato a su tiempo, aunque su percepción del entorno también esté en su producción. La escritura es algo que, al permanecer en curso, sabe de la espera, de su discontinuidad y continuidad. Y también presiente que en algún momento eclosiona y produce un efecto inesperado.
Georges Didi-Huberman en el Museo de la Inmigracíon.
Foto: Emmanuel Fernández
El historiador de arte francés Georges Didi-Huberman escribió: “Baudelaire, Proust, Kafka o Joyce –contra las certezas de sus respectivos presentes– no temieron volver a convocar libremente mitos o paradigmas religiosos; pero no era para restaurarlos sino, al contrario, para superarlos en formas absolutamente originales y que se reconvertían en originarias”.
Es probable que el origen de una obra sea un desconcierto que no permite encajar ninguna pieza en un rompecabezas ya diseñado. La escritura pertenece al orden de lo inasimilable para el sujeto. El escritor produce por necesidad y con dificultad. La lengua se le resiste, no tiene cabida su experiencia y fuerza el decir para hacerle un lugar.
Durante el mes de febrero último en el Malba se proyectó la película Weser, del director Fernando Spiner, cuyo guion fue realizado en conjunto con Aníbal Zaldívar. Es un filme habitado e impregnado por la palabra poética y el mar. En pandemia, desde Villa Gesell, Aníbal Zaldívar ingresa a través de la pantalla de su computadora a un encuentro con otros –un taller de poesía que coordina–; allí leen a grandes poetas. Las voces de los participantes entrecruzan sus vidas con la experiencia del poema elegido. Las lecturas atraviesan las historias de sus protagonistas en tiempo de pérdida, con la presencia del mar y la amenaza de la continuidad de la vida. Algo de este orden ocurre siempre con la poesía. Tiene eso de jugar a pura pérdida, en ese margen fuera del decir consensuado y del mercado. Lo cierto es que irrumpe y a veces hace frente con fuerza a lo que antes no se pudo decir. La palabra poética es enigmática y convoca en el lector una experiencia difícil de definir porque permite lecturas múltiples.
Elizabeth Bishop.
La poeta estadounidense Elizabeth Bishop (1911-1979) ha escrito acerca de “dominar el arte de perder”: “Perdí el reloj de mi madre, y ¡fíjate!, la última / o penúltima de tres casas que amé ya no está / No es difícil dominar el arte perder. / Perdí dos ciudades adorables. Y, todavía más, / algunas de mis posesiones, dos ríos, un continente. / Los echo de menos, pero no fue ningún desastre”. Poema para ser leído completo y muchas veces, algo así como en muchos momentos de la vida. Dice algo fundamental acerca del vivir y la pérdida, y lo dice a través de una adquisición de la palabra poética. Anteponer la idea del perder es un gran desafío frente a la urgencia de ganar y de vencer a un otro. La poesía no puede ser derrotada porque no compite. No confronta con otros discursos, porque anda por otro carril, y no es un producto del mercado.
El decir dignifica el vivir, y es bueno aprender cómo decir en muchos ámbitos. Pero la poesía tiene esa extraña virtud de salir al cruce por sorpresa. Nadie se espera que algo logre decirse de ese modo en el que cada poeta lo dice, de esa forma que permite varias lecturas diferentes. La experiencia de escritura excede ampliamente la vivencia personal y puede llegar al lector con un alcance que englobe una experiencia singular y comunitaria.
Un ejemplo de una publicación reciente podría ser La flor de lis de Sandro Barrella. El autor entrelaza experiencias de lecturas, viajes y sueños que transitan por distintos planos y que abrevan en el recuerdo, delineando con sutileza la pérdida del amor.
Fuente de la poesía, calle Agüero, cerca de la Biblioteca Nacional. Foto: Juano Tesone.
Pero en su recuerdo habita –además de la historia de la literatura– también nuestra historia de argentinos. Escribe: “Llegamos a Madrid en no más de tres horas./ Hay tiempo, me digo, vuelvo al árb ol, la tarde / que llegué a la cima y vi venir del lado / de la avenida Alvear un camión del Ejército / Argentino del que bajaron como hormigas en fila / diez o doce soldados en pose de combate.” Hay un saber de la poesía, actualizado en cada poeta, que permite que lo fragmentario de un decir apele a distintas épocas y estratos para expresar el dolor del fin del amor –“Pasa el amor -un trasiego- enemigo rumor. La flor / de lis blasón, el hueco de su cabeza en la almohada”– y muchas otras cosas más, porque somos sujetos de la experiencia. Y la lectura, cuando de literatura se trata, es toda una experiencia.
Walter Benjamin, en Sobre algunos temas en Baudelaire, escribió: “El hombre que pierde la capacidad de tener experiencias se siente excluido del calendario”. ¿Quién podría expresarlo mejor?
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