La visita de Trump a Beijing vuleve a colocar al vínculo entre EEUU y China en el centro de la escena global. Reducir el encuentro a una discusión comercial o arancelaria sería un error. Lo que está en juego es la forma en que ambos se posicionarán frente al nuevo orden mundial emergente.

Trump llegó a China habiendo intentando construir previamente una imagen de poder casi imperial. Las tensiones impulsadas con Europa, Canadá, Groenlandia, México, Panamá, Venezuela e Irán; las amenazas comerciales globales y el endurecimiento diplomático generalizado, pueden interpretarse no sólo como episodios aislados sino como parte de una estrategia destinada a exhibir credenciales de poder, demostrando capacidad de coerción a la hora de sentarse a negociar con su principal competidor y transmitir que sigue siendo el actor con mayor capacidad para alterar el equilibrio global.

  • Dos modelos de poder frente a frente

Sin embargo, el escenario internacional ya no es el mismo que durante la primera presidencia de Trump. China afrontó esta reunión fortalecida, habiendo consolidado sus cadenas de suministro estratégicas, avances en IA, semiconductores y energías críticas, influencia sobre el Sur Global y aceleración significativa de su modernización militar y nuclear.

Los números explican la preocupación norteamericana. China produce cerca del 30% de toda la manufactura global, mientras EEUU ronda el 16%. Además, controla más del 80% del procesamiento mundial de tierras raras, esenciales para la industria tecnológica y militar.

En comercio exterior, China ya es el principal socio comercial de más de 120 países, superando la capacidad de influencia económica norteamericana en vastas regiones de África, Asia y América Latina. Financió o construyó puertos, ferrocarriles, carreteras, centrales energéticas y corredores logísticos en más de 150 países, consolidando una red de conectividad global que le permite proyectar influencia económica y política más allá del Indo-Pacífico.

En construcción naval, la diferencia resulta todavía más impactante. Astilleros chinos producen actualmente más tonelaje comercial que EEUU, Japón y Corea del Sur combinados. China posee hoy la marina numéricamente más grande del mundo, con más de 370 buques de combate, frente a 290 de la Armada de EEUU. Aunque Washington mantiene superioridad tecnológica y experiencia operativa, Beijing parece haber comprendido perfectamente las enseñanzas de Mahan: allí donde va el comercio, van las banderas.

El presupuesto de defensa chino supera ya los 245.000 millones de dólares anuales, mientras EEUU continúa destinando más de 880.000 millones de dólares a defensa, pero distribuido en múltiples teatros. Esa dispersión estratégica genera tensiones sobre su capacidad de sostener simultáneamente varios escenarios de confrontación.

Para el Pentágono, China habría prácticamente triplicado su arsenal nuclear operativo desde 2019 y continúa expandiendo aceleradamente su infraestructura estratégica. En Washington ya se habla del surgimiento de un sistema nuclear tripolar entre Estados Unidos, Rusia y China, que modifica completamente la lógica de disuasión global construida desde la Guerra Fría.

  • La batalla por el liderazgo tecnológico

No resulta casual entonces que Trump haya asistido acompañado por algunos de los principales nombres del poder económico y tecnológico norteamericano, reflejando que la verdadera disputa ya no es exclusivamente militar, pasando hoy por IA, control tecnológico, recursos críticos, infraestructura digital y dominio de las cadenas de suministro.

China gradúa anualmente más ingenieros, científicos y especialistas que EEUU y Europa juntos, además de liderar la producción mundial de baterías de litio, paneles solares, drones comerciales y vehículos eléctricos.

En 2025, China produjo más del 60% de los automóviles eléctricos vendidos en el mundo y domina gran parte de la cadena global de baterías. Empresas como BYD ya superan en ventas globales a varios fabricantes tradicionales occidentales. Mientras tanto, Huawei recuperó posiciones estratégicas pese a las sanciones norteamericanas, transformándose en símbolo de resiliencia frente a los intentos de aislamiento tecnológico impulsados por Washington.

Incluso en materia espacial, la competencia comienza a acelerarse. China ya posee su propia estación espacial, avanza sobre programas lunares conjuntos con Rusia y desarrolla capacidades antisatélite que preocupan crecientemente al Pentágono. El dominio del espacio, de las comunicaciones y de la IA resultan hoy tan decisivos como el de los océanos durante los siglos XIX y XX.

  • Una negociación que excede lo bilateral

En definitiva, la reunión entre Trump y Xi Jinping probablemente no haya resuelto definitivamente las tensiones estructurales entre ambas potencias. Pero sí puede transformarse en un punto de partida para comprender hacia dónde se encaminará el mundo.

Y quizás allí radique la verdadera preocupación de Washington: que China ya no se comporte como un actor que busca integrarse al orden liderado por EEUU, sino como una potencia convencida de que ha llegado el momento de disputarle directamente el liderazgo global.