En la crianza cotidiana hay frases que salen casi en automático. Comentarios que parecen inofensivos pero que, repetidos en el tiempo, pueden tener un impacto profundo en la forma en que un chico se percibe a sí mismo.

“Muchas veces los adultos tenemos mensajes inscriptos en nuestro psiquismo en un terreno inconsciente, que no revisamos, que no tienen filtro, que surgen sin intención de dañar”, explica la psicóloga especialista en crianza Deborah Bellota, en diálogo con Clarín.

Esas frases, muchas veces heredadas de generaciones anteriores, forman parte de lo que se dice sin pensar. Pero del otro lado hay un niño o niña que escucha, interpreta y construye identidad.

“Para los chicos, las palabras de los adultos tienen un peso enorme, porque construyen la imagen que ese niño forma de sí mismo”, señala (@maternidad_crianza_familia).

Por qué las etiquetas pueden ser tan dañinas

Durante la infancia, la personalidad está en plena construcción; especialmente en los primeros cinco años de vida, los chicos toman a los adultos como espejo.

“El niño, a lo largo de la infancia, se va preguntando ‘¿quién soy?, ¿qué lugar tengo?, ¿qué esperan de mí?’ No son preguntas que pasen por la razón o la racionalización, porque esa capacidad todavía se está formando. Pero ‘¿quién soy?’ es la gran pregunta de todo ser humano. La respuesta está profundamente marcada por lo que mamá y papá me dijeron que soy", explica.

Especialmente en los primeros cinco años de vida, los chicos toman a los adultos como espejo. Foto: ilustración Shutterstock.

En ese sentido, la experta resalta la importancia de cómo nombran los adultos a sus hijos: "Decirles ‘sos un caprichoso, sos un tonto, qué gracioso que sos’, son pequeñas etiquetas emocionales que se instalan y terminan incorporándose como parte de su identidad”.

El problema, entonces, no es una frase aislada, sino cuando ese modo de hablar se vuelve habitual.

No es lo mismo corregir una conducta que definir al niño por esa conducta”, advierte Bellota. Y ejemplifica: no es igual decir “sos violento” que señalar “la conducta que tenés es violenta”. En el primer caso, se etiqueta al chico; en el segundo, se marca un comportamiento puntual sin afectar su identidad.

Las frases más comunes que conviene evitar

A partir de lo que describe la especialista, estas son algunas de las expresiones más frecuentes y problemáticas en la crianza:

1. “Sos un desastre” o “siempre hacés todo mal”

Son frases que dejan de señalar una acción puntual para transformarse en una etiqueta.

“Estas frases pasan a describir al niño como persona. A largo plazo, se instalan y se vinculan con sentimientos de incapacidad y una inseguridad bastante notoria”, explica Bellota.

2. “Mirá cómo lo hace tu hermano”

Para la psicóloga, las comparaciones, sobre todo entre hermanos, son más dañinas de lo que parecen.

Generan rivalidad, celos y también una sensación de no ser lo suficientemente valioso”, señala.

3. “No llores, no es para tanto”

Una frase muy instalada culturalmente, pero que tiene consecuencias emocionales.

“Lo que hace es minimizar lo que ese niño siente. Puede llevarlo a desconectarse de sus emociones y a sentir que lo que le pasa no tiene lugar”, advierte. Incluso puede generar que, de adultos, sientan que no tienen derecho a expresar lo que les pasa.

4. “Si hacés eso, nadie te va a querer”

“Cuando el amor aparece condicionado a la conducta puede generar miedo al abandono y mucha ansiedad por agradar”, dice Bellota.

Y suma: “Eso genera vínculos de dependencia en la adultez y es completamente desgarrador emocionalmente”.

5. “Sos malo” o “sos caprichoso”

En la misma línea que frases como “sos un desastre”, estas expresiones refuerzan etiquetas que van mucho más allá de una conducta puntual.

“Este tipo de etiquetas consolidan la idea de que ese niño es de determinada manera, en lugar de comprender que quizás está atravesando una emoción o un momento particular”, explica la especialista.

Bellota insiste en la responsabilidad emocional del adulto y en la importancia de pedir perdón. Foto: ilustración Shutterstock.

Equivocarse también es parte de criar (y cómo reparar)

Para Bellota, decir algo de lo que después uno se arrepiente es más común de lo que parece. Sin embargo, hace hincapié en la responsabilidad emocional del adulto.

“Como padres tenemos la responsabilidad de regular nuestras emociones. Si no desarrollamos nuestra inteligencia emocional, hay que trabajarla, incluso en terapia”, señala.

En ese sentido, introduce un concepto central: la asimetría en el vínculo. “Hay algo que se llama asimetría de errores. No tiene que ver con la autoridad, sino con que el adulto, por tener un desarrollo emocional y más experiencia, debe regularse. Es el que contiene. Si yo me frustro, nos frustramos los dos, y ahí se rompe esa asimetría de roles”, explica.

Lejos de exigir perfección, la clave está en otra cosa: reparar. Para la especialista, el gesto de pedir disculpas tiene un impacto profundo: “Reparar implica reconocer lo que ocurrió. Decir ‘antes te hablé mal porque estaba enojada, no estuvo bien. Lo que hiciste no es saludable, pero vos no sos un desastre’”.

De acuerdo con Bellota, esto enseña varias cosas al mismo tiempo: que los adultos también se equivocan, que los vínculos se pueden recomponer y que el amor no desaparece ante un conflicto. “Las discusiones son parte de los vínculos. Y no los rompen”.