Según contaba Pietro Sorba hace un tiempo en la revista Viva, la milanesa tiene casi mil años de historia. La mención a este plato sencillo y delicioso figuraba en un menú servido a los canónigos de San Ambrosio, en Milán, en el 1134. “Lombolos cum panitio”, decía.

Los más importantes historiadores de la gastronomía italiana, por encima de alguna duda sobre si la palabra “panitio” refiere al rebozado con pan o con un cereal muy usado en esa época llamado “panicum”, coinciden: aquella vez, los curas comieron un lomo de vaca apanado que califica como el primer antepasado verificable de la milanga.

Manjar noble, se adaptó a distintos tipos de carne (cerdo, pollo, pescado) y se expandió por todo el mundo, al punto que uno puede comerlo tanto en Berlín (schnitzel) como en Tokio (tonkatsu).

Pero el foco de este opus es otro: es la proliferación en los restaurantes porteños de milanesas que parecen extraídas de la nalga de un tiranosaurio rex. Las redes sociales son un festival de videos en los que los mozos sorprenden a los comensales con un ejemplar XXL, casi siempre en su variante napolitana, cuyo tamaño se adivina capaz de saciar el hambre del plantel completo de Los Pumas.

Hay un caso puntual en que la cobertura de queso fundido y salsa viene en una bandeja aparte y el camarero la desliza sobre la milanesa con un hábil golpe de muñeca.

La napolitana, un clásico de las milangas XXL.

A esta altura de la “soirée”, uno ya ha perdido la inocencia, desconfía de los reels y siente que detrás de semejante exhibición hay un engaño. ¿Qué esconde ese gigantismo? ¿Una vaquillona dura como la suela de un botín Fulvence? ¿Una carne ablandada en mil hervores para luego ser freída en aceite de motor? ¿Y la cobertura? ¿Queso rancio? ¿La salsa sobrante de los ravioles de ayer?

El truco de cortar la milanga con cuchara, en el que algunos insisten como prueba de terneza, parece una estupidez: teniendo cuchillo y tenedor, ¿para qué?

Una milanesa XXL, además, implica un dilema para el comensal solitario, el de poco comer o, incluso, aquel que va en pareja. Porque obliga a llevarse lo que sobra (en caso del solitario o del frugal) o a compartir (en caso de la pareja). A unos, entonces, los condena a la repetición recalentada a microondas (que nunca es lo mismo, ¡nunca!), y a otros, al debate tenso. "Yo solo no la termino, ¿pedimos una para los dos?" “Ay, no… Yo quería ir por una cosita más liviana, un panaché de verduras, algo así”. “Pero haceme la segunda, dale…” “¿Ves? Eso es lo que yo soy siempre para vos: la segunda”. ¿Cuántos matrimonios habrán empezado el camino a la separación frente a un menú que ofrece milanesas anabolizadas?

Hay un marketing sobrevalorado en la gastronomía porteña y al que está subido la moda que nos convoca: es el de los platos abundantes. Parece obvio decirlo, pero cantidad no es calidad. A mí, tráiganme una milanesa normal pero bien hechita, que si me quedo con hambre pido postre.