En 2024, la curadora argentina Carolina Jozami fue seleccionada para hacer una residencia en Londres que cambiaría el rumbo de su vida. Mientras estaba allí, aplicó a un puesto en Whitechapel Gallery, una de las instituciones culturales más importantes, lo que la llevó a tomar la decisión de dejar su trabajo en la dirección artística en el Museo Nacional de Bellas Artes e instalarse en la capital inglesa. Desde allí, amplía su visión e instala la mirada de una práctica que nace en el sur de nuestro continente y se dispara hacia el mundo. Allí, inauguró recientemente una exposición del artista tucumano Gabriel Chaile.
-Resulta interesante abordar tu recorrido curatorial como argentina en una ciudad tan heterogénea y con un mercado de extrema relevancia. ¿Cómo empezó?
-Antes de mudarme, trabajé durante seis años en el área de Dirección Artística del Museo Nacional de Bellas Artes, donde mi rol principal estaba orientado a las exposiciones temporales, así como a la reapertura de la sala de arte precolombino, curada por María Alba Bovisio. En 2024 fui seleccionada a través de una convocatoria abierta para curadores argentinos en Delfina Foundation, en el marco del Programa Puentes, creado por Camila Charask junto con la Embajada Argentina en el Reino Unido. Como aún trabajaba en el museo, mi propuesta para la residencia consistió en desarrollar una exposición con obras inmateriales de su colección en una institución del Reino Unido. La convocatoria proponía pensar puentes entre ambos países y a partir de ahí me interesó abordar la circulación de obras desde distintos ángulos, como las condiciones materiales y logísticas del traslado, cuestiones vinculadas al patrimonio y los marcos institucionales que lo atraviesan.
-Después de eso, surgió la posibilidad de quedarte y trabajar en Whitechapel Gallery, una institución a la que imagino no debe ser fácil acceder.
-Exacto. Durante la residencia supe de un llamado para un puesto en el equipo curatorial y me presenté. WG me interesaba por su carácter rupturista y pionero en la historia del arte contemporáneo. Cuando quedé seleccionada, fue todo bastante rápido, por lo que, más allá de la alegría, fue muy difícil dejar mi puesto en el Bellas Artes, mi mejor escuela bajo la guía de Mariana Marchesi y Andrés Duprat. Aquí, me sumé a un proyecto que estaba en curso, la primera gran presentación de Lygia Clark en una institución pública del Reino Unido. Luego estuve a cargo de la curaduría del archivo del artista británico de origen jamaiquino Donald Rodney (1961–1998), cuya práctica estuvo marcada por un fuerte compromiso con la investigación artística, experimentando con nuevos materiales y tecnologías para explorar la experiencia de vivir como un hombre negro con una enfermedad crónica.
Con el equipo de Chaile durante el montaje.
-Hace unas semanas inauguraron "Gabriel Chaile: Archaeology of Memory". ¿Cómo fue el proceso entre dos argentinos de una misma generación, pensando en una muestra que habla de desplazamientos e identidad, entendiendo que ambos atravesaron un proceso de migración?
-El año pasado visité a Gabriel en Lisboa, donde vive y trabaja hace seis años. Pasamos tiempo conversando y recorrimos lugares de la ciudad que quería mostrarme. En el estudio, me mostró una gran cantidad de objetos que conserva y las razones por las cuales lo hace. Entonces nació el punto de partida; crear un entorno que contuviera esas historias almacenadas en lo que atesoramos. También surgió la imagen de un sitio arqueológico y de extender la materialidad de sus esculturas, llevando las superficies de adobe al piso para generar una obra inmersiva, de la que podrían emerger objetos como brotes desde la tierra.
-¿Hay otros artistas de la región que vayan a formar parte de proyectos este año?
-En octubre inauguramos la primera exposición pública comprensiva de la trayectoria de Cecilia Vicuña, que voy a co-curar junto con la directora de Exhibiciones de Whitechapel, Leila Hasham, donde recorreremos seis décadas de su práctica interdisciplinaria y pone en relación su trabajo con su compromiso frente a la crisis ecológica, los derechos humanos y la preservación cultural. Vicuña se autoexilió en Londres a comienzos de los años 70 tras el golpe militar en Chile, por lo que esta ciudad constituye un punto de partida clave. Ese período marcó un momento decisivo, atravesado por la inestabilidad, el sentido de la impermanencia y lo efímero, ejes que han acompañado su práctica hasta hoy.
Vista de sala de "Gabriel Chaile: Archaeology of Memory".
-¿Cómo se reciben las visiones de artistas que si bien cuentan con una trayectoria internacional sólida no dejan de hablar de su tierra e historia personal en un contexto cosmopolita?
-Bajo la dirección de Gilane Tawadros, la galería está orientada a ser un espacio arraigado en lo local, conectado con lo global. Fundada en 1901, tiene como objetivo enriquecer la oferta cultural para las comunidades del este de Londres, ya que está ubicada en Tower Hamlets, una de las zonas más diversas del Reino Unido, hogar de sucesivas olas migratorias a lo largo de los siglos. La institución mantiene un compromiso con la visibilización de artistas subrepresentados y desatendidos, especialmente mujeres y personas racializadas, y con la presentación de obras provocadoras que amplían el pensamiento en torno a las principales problemáticas de nuestro tiempo.
-¿Hay algún tipo de "adecuación" del arte de nuestro continente? ¿Se le pide que complete ciertos casilleros?
-Pienso que uno de los problemas que encierra la categoría de “arte latinoamericano” es que tiende a homogeneizar e imponer conexiones culturales que no necesariamente existen. Desde una perspectiva occidental y eurocéntrica, este campo ha sido objeto de sucesivos “redescubrimientos”, en una lógica comparable a la del llamado “descubrimiento” de América en el siglo XV, lo que ha contribuido a su persistente lectura bajo una etiqueta unificadora. Sería interesante invertir la pregunta y pensar: ¿de qué hablamos cuando hablamos de arte británico? En ambos casos, se trata de categorías amplias que agrupan realidades muy diversas, pero la cuestión sigue siendo qué estamos nombrando cuando las utilizamos. Hay que seguir reflexionando sobre estas preguntas desde la curaduría, en diálogo con artistas que cuestionan estas categorías. Whitechapel Gallery favorece ese tipo de reflexión.
Vista de sala de "Gabriel Chaile: Archaeology of Memory".
-Y vos, ¿sentiste que tenías que modificar metodologías de trabajo cuando entraste a un nuevo sistema laboral?
-Creo que el trabajo en instituciones de arte comparte una especie de lenguaje común más allá de la locación, ya que en cierta forma somos una comunidad que habla el mismo idioma. Como curadora asociada, trabajo en exposiciones y comisiones, donde, si bien no existe una expectativa de que me ocupe del arte latinoamericano, por mi interés y formación, me he enfocado en eso. La galería tiene una historia muy rica en relación con la presentación de artistas de nuestro continente, con más de 30 exposiciones de artistas como Luis Fernando Benedit (1975), Leopoldo Maler (1976), Lucio Fontana (1988) y Guillermo Kuitca (1995). Por otro lado, mi desplazamiento geográfico influyó en cómo pienso mi práctica, ya que la experiencia de ser una curadora latinoamericana en este contexto implica una nueva perspectiva, pero en cuanto a los modos de trabajo, más allá de las diferencias entre países, una de mis primeras sensaciones fue la de sentir orgullo y agradecimiento por mis años en el Museo Nacional de Bellas Artes y Fundación OSDE, bajo la dirección de María Teresa Constantin.
-¿Existe un ecosistema de arte argentino en Londres? Tengo la impresión de que en los últimos años surgieron proyectos y alianzas interesantes.
-Hay un ecosistema de la región, que incluye proyectos como las residencias Delfina, Gasworks o la red URRA, así como las personas y fundaciones que las sostienen, entre las que se encuentran el board LATAM de Delfina presidido por Flavia Nespatti, ERA Foundation, Fundación Ama Amoedo y Colección Balanz, entre otros. Aquí es muy enriquecedor el intercambio que se genera entre generaciones de artistas, galeristas, coleccionistas y colegas de diferentes geografías. Resulta clave también el trabajo de galerías como Intemperie, dirigida por Gonzalo Maggi, proyectos de curadoras jóvenes como LATAMesa o la participación sostenida de argentinos en ferias como Frieze. También destaco el impulso de galerías de Londres que trabajan con el arte de nuestro continente, como Cecilia Brunson Projects, Proyectos Ultravioleta, WG o Somers, cuyo fundador está organizando la primera edición de la feria Paraíso dedicada al arte latinoamericano. Las posibilidades son muchas y contribuyen a la circulación internacional de prácticas y discursos.
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