A veces nos parece que la vida es breve, otras se nos hace que pasa tan rápido que no da tiempo a nada, cierras los ojos y ya el mes se va y sacas cuentas y apenas has hecho nada que no sea trabajar, ver alguna que otra serie, ir al gimnasio y con suerte leer un libro, tomar del anaquel ese tomo que hace tiempo estamos por comenzar y que ya nos hubiera gustado dejar terminado.
Se nos va nuestro tiempo de vida, se nos escurre, de cierta manera nos vamos afantasmando hasta que un día no estamos más. Utilizo la palabra afantasmar a propósito, porque yo como residente cubano acá en Argentina he visto cómo, a medida que las personas se hacen más grandes, se les escucha menos y sus opiniones dejan de importar.
Es que en esta época se premia la juventud o más bien lo que parezca joven. Cuando no es así, es como si fueras culpable de algo.
Supongo que antes se veneraba a la persona mayor: sus canas demostraban que el tiempo había pasado pero no en vano. Ahora el viejo que se resigna a ser viejo es un acabado, por eso tanta gente concurre al gimnasio, se pone pelo y dientes tan blancos que parecen hechos de nubes. Esos son los viejos de clase media o alta, a los demás no les queda más remedio que ser viejos con todo lo que eso implica: barriguitas incipientes, canas y tristeza en la mirada.
No es linda la vejez y el que diga lo contrario es un mentiroso, pero tampoco es un castigo, al contrario. Es una demostración de que cuidaste tu salud, tuviste buena genética o sencillamente buena suerte.
Ahora bien, ¿qué es la juventud? En Cuba se dice que un estado del alma. Para los antiguos griegos era, después de la salud, lo más deseable. Yo creo que es un estado del alma que embellece hasta el último de tus días. Hace poco murió una persona muy querida por nosotros, llevaba tiempo enfermo y fue hermoso el aluvión de mensajes que nos llegaron solidarizándose con la pérdida, señal de que su paso por la tierra no fue en vano. Tenía más de ochenta años. Muchos de los suyos se habían ido antes y quizás estén esperándolo al otro lado, en Las Toscas, ese rinconcito uruguayo en que fue feliz. Hijo de inmigrantes, como tantos en Argentina, gran parte de su historia se borrará como agua en el agua, diría Borges, porque muchas anécdotas se van con él.
El tiempo es eso, lo tenemos y de pronto se nos fue, por eso hay que preguntarle a los viejos, permitirles recordar que un día fueron testigos de una época que ya pasó y no vuelve. Los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla, dijo alguien una vez, y pensar que los viejos no tienen nada que decirnos es la mayor de las sinrazones. El sabio se llamaba Pedro, tenía tanto que enseñar, hasta que su tiempo acabó y también el libro de su vida, un libro que sin embargo sigue abierto, lleno de historias por contar y descifrar.
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