Una mirada Bilardista, argumentada por números imponentes, alcanzaría para elogiar esta otra, flamante estreno del Astral: 400 kilos de escenografía, 30 sastres del Colón y del Teatro Argentino de La Plata para confeccionar un vestuario exquisito (con 150 cambios de ropa), 50 pelucas, 17 artistas en escena y podrían seguir las cifras ambiciosas. Una mirada Menottista podría decir que “para poder entrar hay que saber salir”. Y vaya si el equipo -de 144 personas, por cierto- de Anastasia, el musical supo. Y sabe.
Esas cantidades solas no justificarían nada. Pero sí explican cuánto hay detrás de esta implacable producción que se suma al avasallante desembarco de éxitos de Broadway en la calle Corrientes. Y ese cuánto viene acompañado de un cómo que conmueve, que entretiene, que asombra.
Apenas se oscurece la sala, uno viaja en el tiempo y por el mundo, de la mano de una orquesta en vivo que suena de maravillas. En la pantalla de fondo se lee que el viaje se inicia en 1906, en San Petersburgo, y tiene escalas temporales que van contando la historia de la duquesa Anastasia Nikolayevna de Rusia.
Dimitri (Iñaki Aldao), Anya (Minerva Casero) y Vlad (Pichu Straneo), en la previa en su viaje a París. Foto: Mel Ercoli
Los textos, algunos dichos otros cantados, y una magnética pantalla de fondo que impone diferentes perspectivas de espacios y paisajes (hay un viaje en tren que pareciera invitar a un recorrido inmersivo, con el vagón en escena y el entorno natural cambiando el punto de vista), van desgranando esta historia entre la realidad y la leyenda.
Anastasia el musical -inspirado en la película animada de 1997- ha deslumbrado en Nueva York, en México y en España, y el anuncio de su estreno local abría el interrogante de si semejante relato de aristocracia y pobreza, de amores impensados, de búsqueda de identidad, de identidades falseadas y de camaradas, armas, traiciones y lealtades podría encontrar aquí el nivel requerido. No es el típico musical de canciones pegadizas. Es un drama romántico, con un fuerte anclaje histórico, que no da respiro. En este caso le viene bien el intervalo.
Con Minerva Casero en el rol principal -muy sólida en el debut-, Anya se presenta en escena con fragancia a Anastasia: la leyenda dice que cuando Anastasia era pequeña quedó en medio de un fuego cruzado, en el que perdió a casi toda su familia, los Romanov. Sólo estaba a salvo su abuela, la emperatriz María Fiodorovna (Andrea Mango), radicada desde principios del siglo XX en París. Y hacia allá va Anya, quien se estima que no recuerda siquiera quién fue. Ni quién es.
El enorme trabajo actoral y vocal de Pichu Straneo, la sorpresa de la noche. Foto: Mel Ercoli
Para aquellos que quieran descubrir la trama al correr del musical, mejor es preservar cómo llega la supuesta Anastasia a la ciudad luz, acompañada por dos personajes clave de la pieza, del otro lado de la opulencia: el coprotagonista, Dimitri (en un gran trabajo vocal y actoral de Iñaki Aldao) y Vlad, el rol que supo ganarse Pichu Straneo. No es que su papel sea determinante, sino que la presencia del actor logra conquistar al público con humor, talento y gracia de la buena, de la genuina.
De hecho se permite algunas licencias a modo de guiño con sus fans y de golpe pareciera colarse un sonido de Peligro sin codificar, deformando su voz, que, lejos de distraer, suma. Y se celebra en la sala.
El amor en medio de la confusión: Dimitri (Aldao) y Anya (Casero), entre la búsqueda de la recompensa y la de la identidad. Foto: Mel Ercoli
Una de las fortalezas de esta puesta de Marcelo Rosa son los pasos de comedia que proponen un cambio en el relato, a cargo de la dupla de Vlad y Lily (Carolina Mainero), en un duelo de canto y actuación en el que se sacan chispas, se potencian y ganan los mayores aplausos.
Más allá de lo conocida que pueda ser esta historia, esta versión de Anastasia se adueña del teatro dentro del teatro, porque en el fragmento en el que se luce un cuadro de El lago de los cisnes, los protagonistas del musical se convierten en público, gente como uno al lado nuestro. Distribuidos en distintos palcos, aplauden el pasaje de ballet y uno aplaude a los que bailan y a los que aplauden y la atmósfera artística diluye fronteras.
Una de las tantas escenas corales de alto nivel estético y artístico. Foto: Mel Ercoli
Una vez en diciembre, el tema icónico de este cuento, pueda ser otra de las perlitas de esta producción que brilla tanto como cada uno de los 850 cristales de Swaroski de los trajes.
Tal vez le sobren 5 o 10 minutos a la primera parte -la segunda, ya en París, se pasa volando-, pero eso no opaca la magia de una historia bien contada. Y magistralmente cantada.
Ficha
Calificación: Muy buena
Autor: Terrence McNally Dirección general: Marcelo Rosa Dirección musical: Néstor Tedesco Protagonistas: Minerva Casero, Iñaki Aldao, “Pichu” Straneo, Andrea Mango, Carolina Mainero, entre otros Vestuario: Stella Maris Müller Coreografías: Alejandro Ibarra Escenografía: Carlos Cifani Teatro: Astral (Corrientes 1639) Funciones: miércoles a las 20, sábados a las 15.30 y domingos a las 16.
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