En esta época de polarizaciones, no se salvan ni el arte ni la ciencia, cada uno en su esquina esperando que suene la campana. Pero, sin embargo, están más cerca de lo que parece, sobre todo en la literatura. Porque, ¿qué es un paper sino un ejercicio literario, retórico, un intento de convencer al mundo –sobre todo al laboratorio de enfrente– de que tenemos la posta en cuanto a nuestros resultados? Y, por otro lado, ¿qué hay de esa filosofía de la composición de un cuento, tan matemática, precisa, casi determinista? Pese a todo, seguimos afirmando que… dos bandos, aquí hay dos bandos, tú con el tuyo (la ficción) y yo con el mío (la ciencia). Nada nuevo aquí: ya se ocuparon de esto barbudos ilustres como Aristóteles o da Vinci, o lampiños no menos ilustres como Goethe y el biculturista Charles Snow.
Leonardo da Vinci.
Ojo: no hablamos aquí de la ciencia-ficción, o la literatura de anticipación –esa que comenzó con el Somniun de Johannes Kepler, un soñador de lunas y brujas– llena de científicos locos, maquinolas de Hijitus y extraterrestres de colores, sino de esa maravilla que ocurre cuando la ciencia le presta sus argumentos a la literatura para sostener la credibilidad de la trama, para apasionarnos manchándonos los ojos y el cerebro sin poder dejar de vuelta las páginas. Un curioso personaje llamado Carl Djerassi –inventor de la píldora anticonceptiva– bautizó a este casamiento como “ciencia en ficción”: contar lo que ocurre tras las bambalinas de laboratorios y congresos, y la lista de adeptos es larga.
El escritor y guionista británico Ian McEwan en Barcelona.
Foto: EFE/Quique García
¿Cómo explicar si no la adicción que nos genera un Ian McEwan, un Houllebecq, un David Lodge? Así también se pueden entender best-sellers como Michael Crichton –ex-investigador de Harvard, nada menos– con sus aventuras jurásicas o biomédicas llenas de gráficos e imágenes tecnológicas, o la fascinación por la física que nos contagia el mexicano Jorge Volpi en En busca de Klingsor. Y por casa ciencia andamos: allí está Eduardo Holmberg novelando al darwinismo en su Dos partidos en pugna”de 1875, o el gran Guillermo Martínez llenando nuestro espíritu de matemáticas y héroes de acá a la vuelta.
Diego Golombek autor de Abecedario del sueño. Foto: Mariana Nedelcu.
Pero esta es sólo una cara del microscopio: del otro lado están los más bellos ensayos científicos que nos llegan directo a la glándula suprarrenal (esa que responde a la emoción con las famosas mariposas en la panza). ¿Cómo salir indemnes de la lectura de Oliver Sacks, Richard Dawkins, Alan Lightman, Diane Ackerman y tantos otros? Quien no se infecte con su pasión y su claridad para intentar acercarnos a la belleza del mundo y sus circunstancias seguramente sea un androide. Ya lo dijo Gilberto Gil: a arte é irmã da ciencia. Es que el arte es, en el fondo, ciencia aplicada.
Bajo el lema “Abrir caminos” se realizará la 10° edición de La Noche de las Ideas los días 22 y 23 de mayo. El encuentro está organizado por el Institut français d’Argentine (IFA), Ministerio para Europa y de Asuntos Exteriores de Francia, Fundación Medifé, CFA UBA, el Centro de Experimentación del Teatro Colón, Alianzas Francesas, Centros franco-argentinos, universidades y gobiernos provinciales y municipales. En CABA, las actividades se centralizarán en el Teatro Colón. Además habrá actividades en Rosario, Santa Fe, La Plata, Tandil, Mar del Plata, Mendoza, Córdoba, Jujuy, etc.
Agenda en la Noche de las Ideas: Viernes 22 de mayo a las 21:30, en el CETC, Phoebe Hadjimarkos-Clarke y Diego Golombek dialogarán sobre cómo transmitir el conocimiento científico en un contexto marcado por la desinformación y el aumento de discursos anti-científicos.
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