El mundo empieza a cambiar y América Latina, una vez más, corre el riesgo de quedar desfasada. En la última década, las llamadas “nuevas derechas” se expandieron con fuerza: desde Donald Trump en Estados Unidos hasta Viktor Orbán en Hungría, pasando por Europa occidental y alcanzando nuestra región, el fenómeno combinó victorias electorales con algo más profundo y duradero: la construcción de una narrativa.
La idea de que las reglas globales ya no sirven, que el poder vuelve a medirse por la fuerza y que el orden basado en normas estorba más de lo que ayuda sintetiza esa corriente de corte autoritario y excluyente, atravesada por cruzadas antimigratorias y rechazo a lo diverso.
Ese clima de época sigue presente, pero empieza a mostrar señales de desgaste.
En Europa surgen los primeros indicios de un límite al avance de las nuevas derechas: en Francia, pese a su competitividad, la extrema derecha fue contenida en las elecciones municipales por coaliciones amplias, mientras que en Italia el referéndum constitucional evidenció resistencias sociales que obligaron al gobierno a moderar su agenda reformista.
En el Reino Unido, la derrota de Reform UK frente a los Verdes en elecciones locales marcó un dato significativo: parte del electorado parece buscar alternativas por fuera del eje de la derecha dura. En el norte de Europa, los procesos electorales en Dinamarca, Finlandia y Noruega también muestran sistemas políticos más fragmentados, donde las derechas radicales pierden capacidad de expansión y enfrentan mayores límites para traducir su agenda en mayorías estables.
En ese contexto, el gobierno de Giorgia Meloni enfrenta además el desafío de gestionar sin romper con la Unión Europea, mientras que en Hungría el modelo de Viktor Orbán comienza a mostrar signos de desgaste: las encuestas reflejan una caída sostenida de apoyo y a una oposición que, por primera vez en años, aparece en condiciones de disputarle competitivamente el poder.
La política internacional no es ajena a este proceso de desgaste: algunos gobiernos alineados con las nuevas derechas ya no acompañan automáticamente las posiciones más duras impulsadas desde Washington.
En Estados Unidos, el panorama es igual de elocuente. El trumpismo muestra desgaste: encuestas menos favorables, tropiezos en elecciones locales y complementarias, pérdida de bancas. Incluso en territorios simbólicos, aparecen señales claras de un retroceso.
En los últimos meses, los demócratas se impusieron en varias contiendas clave: ganaron con márgenes claros las gobernaciones de Virginia y Nueva Jersey, las alcaldías de Nueva York y Miami, lograron en Florida su mejor desempeño en años -imponiéndose incluso en el distrito que incluye Mar-a-Lago. Lo mismo se verificó en las elecciones especiales de los estados de Arizona, Texas y Georgia.
La pregunta es inevitable: ¿qué pasa si Trump es derrotado en las elecciones de medio término de noviembre? ¿Y si, aun desconociendo el resultado como ya hizo en 2020, su poder real empieza a diluirse? En la política estadounidense, ese tipo de situaciones suele derivar en un liderazgo debilitado llamado “lame duck” (pato rengo), presidentes que conservan el cargo pero pierden capacidad efectiva de influir, negociar y ordenar su propio espacio.
Es en ese escenario donde América Latina entra en juego.
Mientras en Estados Unidos y Europa -donde primero se expresó el fenómeno de las nuevas derechas- se insinúan correcciones, en nuestra región una nueva ola de derechas ha ido ganando terreno. Las elecciones de este año en Brasil y Colombia serán un punto de inflexión: pueden consolidar el cambio de ciclo o empezar a revertirlo. México, en cambio, queda cada vez más condicionado por su vínculo con Estados Unidos.
El “Escudo de las Américas”, una iniciativa promovida por el presidente Trump para articular una coalición regional destinada a combatir el narcotráfico, controlar los flujos migratorios y contener la influencia de potencias extrarregionales, se inscribe en la lógica de la Doctrina Monroe —reeditada por el propio Trump bajo la denominación de “corolario Donroe”— y pone de manifiesto el grado de alineamiento de una parte de América Latina con la agenda de seguridad de Washington: una docena de gobiernos dispuestos a acompañarla, en muchos casos, acríticamente.
El problema no es la afinidad ideológica. Es el timing. América Latina corre el riesgo de subirse a un ciclo que, en otras regiones, ya muestra signos de agotamiento. Ese “delay” no es neutro: tiene costos concretos. No enfrenta amenazas ya conocidas —como una crisis financiera o un shock externo—, sino algo más profundo: el riesgo de una nueva década perdida, esta vez marcada por el descalce estratégico.
Ahí está el desafío. Recuperar una agenda propia, reconstruir consensos básicos volviendo a conectar con aquellos valores que, con sus limitaciones, permitieron etapas de mayor estabilidad, inclusión y desarrollo debiera ser la prioridad.
Una alineación cerrada con una lógica global en retirada puede sustituir la tradicional marginalidad de la región por una irrelevancia aún más profunda producto de la pérdida de capacidad de decisión autónoma. Porque, en el escenario internacional, sabido es que si no se está sentado en la mesa, se termina estando en el menú.
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