Hay una idea que se repite con nostalgia: que los niños de los años 90 y principios de los 2000 eran más autónomos porque fueron mejor criados. Como si hubiera existido una fórmula más efectiva, una manera “correcta” de educar.
Pero la psicología empezó a desarmar esa creencia. No fue necesariamente una mejor crianza. Fue un contexto distinto.
Un estudio de American Psychological Association afirma que cuando los padres son excesivamente controladores en los primeros años de vida, sus hijos desarrollan peores habilidades para gestionar sus emociones y su comportamiento a medida que crecen.
Y es probable que los niños crecidos en los 90 no hayan tenido a nadie para intervenir de inmediato cuando algo salía mal. No siempre había un adulto supervisando cada situación ni ofreciendo una solución inmediata.
La autonomía que nace cuando nadie interviene de inmediato
Los estudios en psicología del desarrollo señalan que la autonomía no suele surgir de una enseñanza directa, sino de la experiencia. Enfoques como la Teoría de la autodeterminación (Self-Determination Theory), desarrollada por Edward Deci y Richard Ryan, explican que estas capacidades se desarrollan cuando las personas pueden actuar por sí mismas, tomar decisiones y aprender del error.
Resolver sin ayuda. Foto: Shutterstock.
En ese sentido, muchos niños de los 90 no fueron más libres por una decisión teórica, sino porque el entorno les dio -o les dejó- más espacio para actuar por su cuenta.
Cómo se explica este fenómeno:
- Menos supervisión constante, más resolución propia. Era común enfrentar situaciones sin la intervención inmediata de un adulto. Discusiones con amigos, problemas en juegos o frustraciones cotidianas se resolvían solos.
- Aprendizaje a través del ensayo y error. No había soluciones instantáneas. Equivocarse formaba parte del proceso, y eso fortalecía la toma de decisiones y la confianza personal.
- Mayor tolerancia a la frustración. Al no recibir ayuda inmediata, los niños tenían que sostener la incomodidad, esperar y buscar alternativas. Esa experiencia construía resiliencia emocional.
- Capacidad de entretenerse sin estímulos externos. Pasar tiempo solos implicaba inventar juegos, resolver el aburrimiento y desarrollar creatividad sin depender de dispositivos o adultos.
- Regulación emocional más autónoma. Sin intervención constante, aprendían a gestionar emociones por sí mismos, sin depender de que alguien las ordenara desde afuera.
- Resolución directa de conflictos sociales. Las peleas, desacuerdos o tensiones con otros niños no siempre eran mediadas. Eso obligaba a negociar, adaptarse y encontrar soluciones propias.
- Desarrollo de iniciativa personal. Al no tener todo organizado, surgía la necesidad de decidir qué hacer, cómo hacerlo y con quién, fortaleciendo la autonomía en lo cotidiano.
- Menor dependencia de la validación adulta. No todo pasaba por la aprobación de los padres. Esto generaba una relación más interna con el logro y la resolución de problemas.
- Construcción de confianza basada en la experiencia. Resolver situaciones reales generaba una sensación concreta de “puedo hacerlo”, mucho más fuerte que cualquier indicación externa.
- Autonomía que surge de la práctica, no del discurso. No se hablaba de independencia como objetivo. Simplemente ocurría, porque el contexto lo exigía.
Independencia infantil. Foto: Shutterstock.
Este tipo de desarrollo no implica idealizar el pasado ni ignorar sus dificultades. La psicología no plantea que dejar a los niños solos sea la solución. Pero sí señala algo clave: la autonomía no se enseña solo con palabras. Se construye cuando hay espacio para actuar, equivocarse y resolver.
Los niños de los 90 no fueron más autónomos porque alguien los preparó mejor. Fueron más autónomos porque tuvieron que serlo. Y ahí aparece la diferencia más importante: no aprendieron a enfrentar problemas porque se los explicaron. Aprendieron porque, muchas veces, no había nadie más para hacerlo por ellos.
Todavia no hay comentarios aprobados.