La Argentina está situada en la intersección de dos juicios. El primero, emanado de un Presidente adicto a la injuria y al monopolio de la verdad, parece evocar la vieja sentencia del rey de Francia, Luis XV: “después de mí, el diluvio” (la Revolución Francesa llegó años después cuando decapitaron a su heredero, Luis XVI).

Esta nueva versión del ánimo polarizante de nuestra política impacta sobre el juicio que se dicta en el exterior, el que promulga el señor feudal que protege al Gobierno (Donald Trump) y el que resulta de los análisis y perspectivas elaborados por los mercados.

Si el primero es terminante, el segundo está en cambio plagado de dudas. Así, los centros internacionales que deciden acerca del riesgo país mediante la compulsa diaria de la economía con vistas al futuro parafrasean sin quererlo aquella antigua reflexión: ¿después de Milei tronará otra vez el diluvio del populismo?

El Gobierno no es ajeno a esta pregunta cargada de presagios; tácticamente anuncia el denominado “riesgo kuka” por el kirchnerismo siempre presente y de inmediato lo descartan. Juegan con ello para plantear que la Argentina debe optar por Milei so pena de recaer en el populismo.

Esta pretendida opción denota un problema político mayúsculo, por ahora sin solución, que alude a la irresponsabilidad y desconfianza que nos aqueja. Lo contrario de la irresponsabilidad es, desde luego, la cualidad de la responsabilidad: el sentimiento compartido de que hay que cuidar el régimen político de la democracia y las reglas básicas de la economía que lo sostienen.

De no hacerlo, se puede recaer en la violencia recíproca y en tantas inflaciones y defaults correlativos a la ilusión de que esta cadena de infortunios se corta de un tajo por una suerte de magia implícita en un plan económico de corto plazo.

Si bien gracias al espíritu constructivo de la democracia fundada en 1983 hemos erradicado la violencia política y en el plano fáctico (no en el verbal) el odio recíproco, las reglas básicas de una economía en forma siguen pendientes de lo que se hace y deshace diariamente (escándalos incluidos).

Dos razones principales explican este suspenso. Primero, porque no hay experiencia histórica, ajena a nuestra circunstancia, que muestre que la salida de largas crisis políticas y económicas se resuelve en el corto plazo. Nada de eso. La crisis política anterior a 1983 se resolvió benéficamente gracias al imperio de libertades públicas, que garantiza la Constitución Nacional, y a la alternancia pacífica en el ejercicio del poder en Nación y provincias; el largo plazo de más de 40 años de vigencia de ambos atributos respalda este argumento.

Lo que al contrario hemos desperdiciado es la vigencia de las reglas básicas de la economía cuyo signo más elocuente es la ilegitimidad de la moneda nacional. Nunca ha sido superado este vacío de confianza en el curso de estas cuatro décadas debido a que padecemos los efectos de un régimen político irresponsable en esta materia. ¿Cómo salir de este pantano?

El Gobierno considera que su gestión, exclusiva y decisionista, es suficiente; con ello polariza, repudia e insulta, reproduciendo un impulso hegemónico que no decrece. Acaso se equivoque, pues las lecciones de la política comparada son al respecto contundentes. Las naciones que acertaron en doblegar la decadencia económica son aquellas en que se desarrolló, en el largo plazo, un régimen de partidos responsable basado en la cooperación interpartidaria.

Tal fue la clave de la reconstrucción europea al término de la Segunda Guerra Mundial y en años posteriores; una empresa animada por coaliciones de gobierno en que concurrieron partidos liberales, demócratas cristianos y socialdemócratas.

Más cerca nuestro, justo cuando a mediados de los años ‘80 del último siglo despuntaba nuestra transición hacia la democracia, el Estado de Israel, que padecía una altísima inflación, puso en marcha un exitoso plan de estabilización en el cual los dos partidos mayoritarios integraron gabinetes a partes iguales con primeros ministros (el régimen israelí es parlamentario) que alternaban cada dos años.

No hay que ir más lejos, basta con cruzar el Río de la Plata para comprobar que el acierto uruguayo, respaldado por un riesgo país en torno a los sesenta puntos (el nuestro supera los quinientos), obedece a la solidez de un sistema de partidos que, desde el centro derecha al centro izquierda, abonó una estabilidad macroeconómica hoy reconocida internacionalmente. Elogio merecido a una responsabilidad institucional que responde a un sistema de partidos que, a su vez, apoya la reconstrucción democrática que comenzó en 1985.

Estos ejemplos son ante todo una muestra de que en democracia no hay reconstrucción política y económica sin ese sustento propio de un sistema de partidos tan responsable como el régimen que, al mismo tiempo, va desenvolviendo: el partido político entendido en su sentido ideal como la asociación voluntaria que, practicando el arte de la coalición, hace de dique de contención al avance del faccionalismo y la corrupción generando por su parte responsabilidad y confianza.

Estas virtudes son para nosotros un espejo lejano, un cartabón que mide lo deseable y desnuda la realidad de una representación política que sobrevive penosamente en medio de la fragmentación y la irresponsabilidad que aún anida en el sistema de partidos. Aunque suene a Perogrullo conviene por tanto recordar que no hay buena economía sin buena política ni tampoco hay calidad en ella sin un régimen político dotado de partidos responsables.

Habrá pues que reforzar esta condición necesaria de la reconstrucción política y económica cuando, en particular desde el Gobierno, estallan convocatorias al escarmiento o a caminar por el filo de la navaja. Guay de que este temperamento abrace también a los partidos de oposición. Mientras se avecina el tiempo electoral tal vez convenga recordar estas cosas.

Natalio R. Botana es Politólogo e Historiador. Profesor Emérito de la Universidad Torcuato Di Tella.