Hoy se sabe que el mosquito es transmisor de enfermedades. Sin embargo, poco más de un siglo atrás pensar que algo tan pequeño podía poner en jaque al organismo humano era suficiente para ser tachado de loco.
Pero a Carlos Finlay lo que le sobraba era prodigiosidad. Este médico cubano detectó a las hembras fecundadas del Aedes aegypti como transmisoras de la fiebre amarilla. Y lo más curioso es que lo anunció en febrero de 1881 ante la Conferencia Sanitaria Internacional en Washington D. C.
¿Por qué curioso? Porque, casi veinte años después de su disertación, un estadounidense moriría probando la teoría a la que nadie le prestó atención. Se trata de su colega Jesse Lazear.
La guerra que aumentó el interés de Estados Unidos en la lucha contra la fiebre amarilla
A fines del siglo XIX, el país de América del Norte combatió con un poderoso enemigo: las enfermedades tropicales. Es que al momento de su guerra con España en el Caribe (año 1898), sus tropas caían a montones a causa de la peste.
Restos del USS Maine en el puerto de La Habana, envuelto en la polémica con España. Foto: Archivo The New York Times
Por entonces, Cuba estaba en pugna por su independencia y su vecino se metió en el medio. Sin embargo, una vez terminado el conflicto hispano-estadounidense, la preocupación sanitaria continuó.
Tal era el afán por controlar la plaga que, tras la retirada de los españoles y la permanencia de los soldados estadounidenses, se instaló en la isla la Comisión de Fiebre Amarilla, dirigida por el mayor Walter Reed.
Como dato extra, en EE.UU. ya se había formado una junta de este tipo. Más precisamente en 1878, a raíz de una epidemia en el valle inferior del Misisipi, indica Fairfield Foundation en su sitio web.
La errada dirección estadounidense en el campamento cubano
Hasta entonces los norteamericanos creían en la posible transmisión letal por contacto directo. Es decir, de forma física y sin intermediarios.
Vale aclarar el desconocimiento general de la época respecto a los microorganismos. Los virus, estos agentes infecciosos, recién empezaron a ser estudiados como tales a partir de la década de 1890.
Hecha esta salvedad, vamos a la Cuba de 1900. Allí se instaló el Campamento Columbia, donde Lazear se incorporó a la mencionada comisión, siendo “el único con experiencia en la investigación de mosquitos”, señaló el servicio público de radiodifusión PBS.
Lazear creyó en las ideas de Finlay sobre el combate de la epidemia. Foto: Dominio público
Como contraparte, el director Reed tenía intuiciones que resultaron ser erradas. Confiado en que “la fiebre amarilla se inhalaba”, recomendó a uno de sus amigos que iba a viajar a la isla “colocar un tapón de algodón en las fosas nasales”, detalló el mismo medio en la nota Scourge of the Spanish American War.
Mientras tanto, Lazear había comenzado a cultivar larvas de mosquito del laboratorio de Carlos Finlay, informó PBS. Fue entonces cuando sucedió la tragedia que lo convirtió en un “mártir de la ciencia”, según describió con agudeza el Nobel argentino Bernardo Houssay.
El descubrimiento de Carlos Finlay
Antes de contar la muerte del estadounidense, veamos las deducciones del latinoamericano por el que se celebra cada 3 de diciembre el Día del Médico.
Los estudios de Carlos Finlay permitieron la sanitización de los puertos. Foto: Dominio público
Resulta que en agosto de 1881 Carlos Finlay había vuelto a revelar sus conclusiones a la comunidad científica, aunque esta vez en La Habana. A diferencia de la exposición anterior en Estados Unidos —donde recibió más sarcasmo que atención— lo respaldó una prueba experimental.
Además, en su presentación detalló las condiciones de reproducción del mosquito tan escuchadas en la actualidad: la presencia de aguas estancadas, los sitios bajos y oscuros, y los veranos donde urgen el calor y la humedad.
Pasado el tiempo, su descubrimiento derivó en el control sanitario de la epidemia, y así se puso fin al terrible azote a los habitantes de las zonas tropicales. A la vez, posibilitó la construcción del Canal de Panamá, siendo que su mayor impedimento era la constante caída en muerte de los trabajadores.
La muerte que llevó a prestarle atención al “loco de los mosquitos”
Lazear, nacido en 1866, obtuvo su título de médico en Nueva York. Luego de formarse en el extranjero retornó a Baltimore, su ciudad natal, para trabajar en el Hospital Johns Hopkins. Allí apareció su impulso de estudiar la malaria y la fiebre amarilla, inquietud que lo llevó a ser parte del cuerpo médico del Ejército de los Estados Unidos.
Lazear fue una víctima mortal de la fiebre amarilla en Cuba. Foto: Dominio público
Con tan solo 34 años, falleció en la antedicha tierra del Caribe en septiembre de 1900. La particularidad: no le contó a sus compañeros que “experimentó consigo mismo” dejándose picar por el nombrado insecto, según revelaron sus notas personales.
Recién al morir Lazear, el equipo investigativo del que formaba parte probó como “último extremo” los principios expuestos por el cubano, poseedor de una sólida formación académica en Europa y hasta en Filadelfia.
“Tenía que realizar grandes esfuerzos contra los hombres, contra la incomprensión, para triunfar a la larga. A costa de cruentas angustias y de hondas vicisitudes”, escribió sobre el erudito de apellido escocés su biógrafo César Rodríguez Expósito.
De esta manera, la potente comisión estadounidense corroboró lo que Finlay sabía hacía casi 20 años atrás: el hoy conocido como Aedes aegypti era un criadero de pequeños gérmenes (patógenos), que disemina la sangre adquirida de personas con fiebre amarilla en otros seres humanos.
La comprobación se produjo posterior al padecimiento no solo de Jesse W. Lazear, sino que también al de James Carroll, otro de los miembros de la comisión, aunque este sobrevivió al mal.
Como corolario, es posible resumir esta historia con una frase de William James, en la que el emblemático psicólogo estadounidense describió las etapas de una teoría. “En primer lugar, ya sabe, se ataca la teoría por considerársela absurda; después, se admite que es verdad pero obvia e insignificante; por último se la considera tan importante que sus adversarios alegan haberla descubierto ellos mismos”.
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