En 1997, el presidente de los Estados Unidos, Bill Clinton, dio a conocer un caso de espionaje que había pasado casi veinte años encajonado. Una década después, un artículo publicado en Wired daría detalles insólitos. En 2013, la película de ficción sobre esos acontecimientos ganaría el Oscar principal. Esta es la historia real de Argo, un título con destino de clásico que hoy está disponible en Netflix.
El contexto
El 4 de noviembre de 1979, entre trescientos y quinientos estudiantes iraníes musulmanes, seguidores de la Línea del Imán, tomaron la embajada de Estados Unidos en Teherán. Primero fueron a la residencia del embajador y luego se dirigieron a la cancillería, la ciudadela donde se encontraba la mayor parte del personal.
Tomaron de rehén a 66 personas. Exigían a cambio la extradición del sha Mohammad Reza Pahleví, que había viajado a Estados Unidos para someterse a un tratamiento médico en el país. El bando revolucionario islamista no lo podía aceptar.
El monarca iraní era el símbolo de una dictadura aliada con la potencia americana, represiva y vista como “vendida” a Occidente. Era el enemigo a derribar del ayatolá Ruhollah Jomeini, que intentaba instalar en el país un gobierno teocrático e islamita.
Seguidores del ayatolá Jomeini en febrero de 1979, en Teherán. Foto: REUTER
Pero Jimmy Carter, el entonces presidente de Estados Unidos, estaba lejos de someterse a las peticiones de su enemigo oriental. Así comenzó la posteriormente llamada crisis de los rehenes.
Los 6 de Teherán
De los 66 rehenes, unos pocos fueron liberados al comienzo de la toma. La cifra inicial al control del bando revolucionario disminuyó rápidamente a 52. Sin embargo, un detalle quedó fuera de sus cálculos: advertidos del peligro, cinco estadounidenses lograron eludir su emboscada y escaparon de la embajada por una puerta trasera.
Los funcionarios consulares Robert “Bob” Anders, Joseph Stafford y Mark Lijek y las asistentes y esposas de los dos últimos, Kathleen y Cora, caminaron en medio de protestas con el objetivo de refugiarse en la embajada de Gran Bretaña, que estaba a unas pocas manzanas. Finalmente llegaron al apartamento de Anders, desde donde tramaron un plan.
Bob llamó a John Sheardown, un amigo en la embajada canadiense, para que les diera asilo. Así, el grupo de cinco se dividió por seguridad: Joe y Kathleen Stafford quedaron en la residencia de Ken Taylor, el embajador canadiense, mientras Bob Anders, Mark y Cora Lijek, en la casa de John y Zena Sheardown, donde se encontraron con Henry Lee Schatz, un agregado agrícola estadounidense.
Los "Canadian Six". Foto: IIP Photo Archive, CC BY 2.0 <https://creativecommons.org/licenses/by/2.0>, via Wikimedia Commons
El grupo, ahora de seis, estaba protegido, pero el tiempo corría hacia atrás: si los atrapaban, probablemente los ejecutarían a la vista del mundo.
Un experto en engaños
Estados Unidos necesitaba negociar con el ayatolá y el Consejo Revolucionario, pero estos se negaban. La CIA no tenía lugar en Irán; la Casa Blanca había rechazado su plan para liberar a los rehenes.
Todo cambió cuando el Gobierno recibió la noticia de que no todos en la embajada habían sido capturados. Había seis que los iraníes no contemplaban. La operación para traerlos de vuelta a Estados Unidos requería sigilo y precisión. De fracasar, además de contabilizar seis muertes, el país se convertiría en la vergüenza del mundo. ¿Cómo sacarlos de allí sin un enfrentamiento armado?
La respuesta era Tony Méndez.
Tony Méndez, el espía que eligió la CIA para liderar la misión. Foto: AP
Méndez era el jefe de autenticación de la División de Gráficos y Autenticación de la CIA. Previamente había dirigido la Sección de Disfraces de la CIA y trabajado en Vietnam.
El agente, que en ese momento tenía 38 años, supervisaba las operaciones logísticas detrás de las decenas de miles de identidades falsas que manejaba la CIA. Era parte de la oficina conocida por haber intentado poner explosivos en los habanos de Fidel Castro y por instalar micrófonos en gatos para trabajos de espionaje. Su especialidad era la "transformación de identidad"; sacar a la gente de situaciones comprometidas.
Studio Six, la productora fantasma
Tony convenció a Carter con un plan descabellado: convertirse en Kevin Costa Harkins, un productor de cine irlandés que dirigía a su equipo de preproducción por Irán para buscar locaciones para una superproducción hollywoodiense. Iba a hacer pasar a los seis como canadienses miembros de su equipo.
Era la opción más creíble. Los controles serían arduos, pero el espía creía que lo mejor era sacarlos en un vuelo comercial. Adoptarían identidades falsas, saldrían del aeropuerto de Mehrabad y abordarían un avión.
Una tarjeta de la ficticia "Studio Six".
Para llevarlo a cabo, Méndez viajó a Los Ángeles con diez mil dólares encima con el objetivo de reunirse con John Chambers, maquillador oscarizado en 1969 por El Planeta de los Simios, y su colega de efectos especiales, Bob Sidell.
Convencidos del proyecto, juntos crearon una productora ficticia llamada Studio Six, y se instalaron en un estudio ex Columbia que había dejado libre Michael Douglas. Negociaron con el gobierno canadiense la creación de pasaportes reales con identidades falsas para los seis diplomáticos, incluídos sus títulos anteriores, y les prepararon carpetas con sus historias (falsas) pasadas.
La coartada debía ser perfecta. Si los iraníes investigaban, no debían quedar puntos ciegos.
Chambers tenía el guión y los bocetos de una película de ciencia ficción fallida para la que lo habían contratado. La historia, un relato de ciencia ficción mística de inspiración hindú, transcurría en un planeta colonizado, y un famoso bazar subterráneo de Teherán coincidía con una de las localizaciones necesarias.
Méndez quitó la portada y le dio al guion un nuevo nombre: Argo, como la nave que usó Jasón en su audaz viaje alrededor del mundo para recuperar el Vellocino de Oro.
El cartel de la película falsa que apareció en Variety.
Entonces, Studio Six hizo toda la parafernalia del lanzamiento de Argo, una película que nunca iba a ser filmada. Para completar el cartón, los medios especializados Variety y The Hollywood Reporter publicaron noticias sobre el anuncio de rodaje, lo que aportaba una mayor credibilidad al relato.
Al abordaje: la coartada perfecta
“Puede proceder. Buena suerte”, decía el telegrama con el que Jimmy Carter autorizó a Méndez a viajar a Teherán. La película estaba lista. Argo era tan falsa como cierta.
Tony entró clandestinamente en Irán el 25 de enero de 1980. “Tengo una reunión de negocios con socios de mi empresa”, explicó a las autoridades iraníes en Alemania. “Llegan mañana desde Hong Kong y me están esperando”, argumentó antes de arribar.
Los seis pasaportes eran lo que Méndez llamaba "falsificaciones auténticas": la ley canadiense prohíbe tal falsificación, pero el parlamento del país celebró una sesión secreta de emergencia, la primera desde la Segunda Guerra Mundial, para hacer una excepción.
Una vez en Teherán, con todo listo, Tony sorprendió a los seis diplomáticos en casa del embajador Taylor.
El Tony Méndez de Affleck en medio de los diplomáticos en "Argo". Foto: AP
El agente, ahora nuevo líder del grupo, repartió las tarjetas de visita y los pasaportes. Cora Lijek se convertiría en Teresa Harris, la guionista. Mark era el coordinador de transporte. Kathy Stafford, la diseñadora de escenografía. Joe Stafford, el productor asociado. Anders, el director. Schatz, el camarógrafo.
El 28 de enero de 1980, cuando los seis llevaban ochenta días sin salir en público, partieron al aeropuerto de Mehrabad a las cuatro de la mañana para emprender la misión. Llevaban ropa ajustada para la ocasión y tenían aprendidos sus libretos.
Los nervios eran absolutos. A Méndez le preocupaba el personal de Aduana, que era acompañado por miembros del comité y la Guardia Revolucionaria. Él no llevaba armas, nada con lo cual defenderse más allá de su ficción.
Pasaron migraciones. Esperaron. El vuelo tenía un leve retraso, por lo que los guardias centraban su atención en los extranjeros. Méndez les había recomendado a sus pupilos que miraran a los guardias a los ojos si los interrogaban. No debían parecer atemorizados. Tenían que responder rápido.
La ilusión creció cuando el grupo escuchó el anuncio: “Vuelo 363 de Swissair, listo para despegar de inmediato”. Atención al detalle. En el artículo de Wired que hizo famosa la historia, el autor Joshua Bearman señala que en ese preciso momento Anders notó que la palabra AARGAU -no muy diferente a “Argo”- estaba impresa en el fuselaje.
Misión cumplida
La crisis de los rehenes se resolvió, a grandes rasgos, cuando se dio una serie de situaciones: la muerte del sha, el 27 de julio de 1980; la invasión de Irak a Irán; y la derrota de Jimmy Carter en las elecciones contra Ronald Reagan.
Carter y su equipo negociaron la liberación, pero los 52 rehenes fueron liberados recién el 20 de enero de 1981, después de la jura de Reagan.
La operación permaneció en secreto hasta 1997, cuando fue desclasificada durante el gobierno de Clinton; una década después, en 2007, el artículo de Wired volvió a poner la historia en circulación y abrió el camino para la película Argo.
La película, ganadora del Oscar principal en 2013, destaca la cooperación entre Estados Unidos y Canadá. En el final de Argo, en las oficinas de la CIA terminan brindando por el amigo del Norte.
Por otro lado, muestra a un Tony como héroe taciturno, que actúa más por una obligación moral que como patriota. El real falleció el 21 de enero de 2019; el de la película seguirá vivo para siempre.
Video
Trailer del filme de 2012 con Ben Affleck, Bryan Cranston, Alan Arkin y John Goodman.
Fuente principal: “Cómo la CIA utilizó una película de ciencia ficción falsa para rescatar a estadounidenses de Teherán”, de Joshua Bearman, Wired.
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