La fila ya no entra en la cuadra. Cada viernes, frente al gimnasio de Jorge “Locomotora” Castro en Temperley, más de mil personas esperan para retirar alimentos básicos y llevar algo a sus mesas. Jubilados, trabajadores informales, familias enteras y personas que perdieron el empleo se acercan al espacio solidario que el ex boxeador sostiene desde la pandemia y que, con el correr del tiempo, se convirtió en un reflejo de la crisis económica.

En mayo de 2024, alrededor de 800 personas asistían a la entrega semanal. Hoy son más de 1000, lo que representa un aumento del 25% en apenas un año. “Cada vez aumenta más la demanda. Esto es lo que se vive en Argentina”, lamentó Castro mientras observaba una fila que doblaba la esquina sobre Eva Perón al 4700, en el partido de Lomas de Zamora.

“La gente viene porque no llega a fin de mes”

En la puerta del gimnasio se repite una escena que ya se volvió habitual. Hay vecinos que esperan durante horas con changuitos, bolsas y mochilas para recibir arroz, fideos, polenta, lentejas, harina, yerba o azúcar. Para poder ordenar la entrega, se reparten mil números por jornada. La ayuda alcanza a unas 4000 personas por mes solamente en ese punto de distribución.

Castro asegura que el escenario empeoró en los últimos meses. “Viene gente que no venía antes”, explicó en declaraciones televisivas. Según detalla, gran parte de quienes se acercan son jubilados, personas desempleadas y familias que antes podían sostenerse sin asistencia alimentaria. “Está muy lindo todo en el centro, pero hay que mirar al costado, la miseria, la pobreza”, apuntó el ex campeón mundial, que desde hace años transformó su popularidad en una herramienta para conseguir donaciones.

Las filas son extensas al punto de llegar a la esquina.

Me alcanza hasta mitad de mes”, cuenta una jubilada que percibe la mínima y todavía trabaja haciendo costuras y changas para sobrevivir. A pocos metros, otra mujer resume su situación: “Comemos polenta, fideos a la manteca”. Los testimonios se repiten y exponen una realidad que ya no golpea únicamente a quienes están fuera del sistema laboral, sino también a trabajadores formales que no logran cubrir gastos básicos.

Además de las entregas semanales, el ex boxeador coordina una red de 23 espacios comunitarios entre comedores y merenderos. Según explica, los lunes, miércoles y viernes colabora con comedores, mientras que martes y jueves lo hace con merenderos. Entre todos, cuenta que se asiste a más de 6000 personas. “La gente va con su tupper a buscar la comida. Es doloroso. Tenemos un país tan rico y que estemos pasando lo que estamos pasando no se puede creer”, sostuvo Castro.

El hambre de la infancia como motor solidario

La historia personal de Castro atraviesa cada una de las jornadas solidarias que encabeza en Temperley. El ex boxeador contó en varias oportunidades que el hambre marcó su infancia y que esa experiencia es la que hoy lo impulsa a ayudar. “Yo sé lo que es tener hambre y no tener nada dentro del estómago. Es durísimo. Yo lo pasé de chico y no me gusta ver niños pasando por lo que yo he pasado”, afirmó.

Jorge "Locomotora" Castro brinda ayuda alimentaria desde 2020.

Nacido en Caleta Olivia, recuerda que atravesó una niñez signada por las carencias económicas y la violencia familiar. Tras la separación de sus padres, se mudó a Catamarca junto a su padre y allí vivió una de las etapas más difíciles de su vida. “Mi viejo chupaba, el alcohol lo perdía y me molía a trompadas. No sabés las necesidades que pasé, no comía, estaba raquítico”, relató tiempo atrás. La situación llegó a tal extremo que, cuando su madre volvió a verlo, decidió llevarlo nuevamente a Santa Cruz.

Fui un pibito desnutrido, por eso me importa ayudar a los que más pueda para que no pasen hambre”, aseguró. Esa sensibilidad lo llevó a iniciar esta tarea solidaria durante la pandemia. En aquel entonces, estaba por inaugurar su gimnasio en Temperley junto a su esposa, Yanina Sosa, pero las restricciones sanitarias frenaron el proyecto. Lejos de dejar el lugar vacío, decidió convertirlo en una cocina popular para asistir a los vecinos que no tenían qué comer.

Con el tiempo, ese proyecto se consolidó hasta transformarse en un espacio de referencia para cientos de familias de la zona. Castro reconoce que recibe colaboración de la Provincia, del Municipio y también de empresas privadas a las que, según sus propias palabras, llegó “mangueando”. Pero advierte que cada semana la necesidad crece y que sostener la asistencia se vuelve más difícil. Mientras tanto, cada viernes, la fila frente a su gimnasio sigue avanzando lentamente, con vecinos que esperan llevarse algo de comida para atravesar una semana más.