Vamos a ser francos. Un tuit del Gordo Dan es hoy una declaración política más importante que la mayoría de las palabras de políticos, periodistas (incluida esta columna) y panelistas televisivos quienes, en general, reproducen lo que tuitea el Gordo (perdón por referirme a los cuerpos).

La contundencia exagerada de la afirmación tiene un porqué y se vincula con el cortocircuito, todavía no resuelto, entre Santiago Caputo y Martín Menem la semana pasada.

Primer dato a tatuarnos todos: basta de hablar de Twitter (ahora X, sí, lo sabemos) como "mundo virtual". Hacerlo sintomatiza un cortocircuito con la época y, lo más importante, con la dinámica política y su vínculo con los ciudadanos. Lo que pasa en las redes es hoy realidad pura y dura, incluso en las cuentas falsas.

La interna entre los dos integrantes del Gobierno fue muy bien analizada, con datos y lúcidas miradas, y no se trata de profundizar allí. Pero no se puede obviar que la mayoría de lo dicho y escrito expresó, o sugirió, una mirada condescendiente sobre el escenario de la polémica.

Una subestimación de la plataforma y de sus actores, como si el hecho de que el enfrentamiento fuera en Twitter le quitara peso real, y se tratara, en el fondo, de cosas de chicos.

Dicha idea refleja las dificultades de instituciones ancladas en la tradición, por ejemplo, políticos profesionales y alguna parte de los medios de comunicación, para matchear con el presente. En todo caso, el problema no es del Gordo Dan, que sólo desde su cuenta se constituyó como un influencer insoslayable de la actualidad, tanto como para animarse a desmentir al propio Milei. Martín Menem es claramente menos orgánico, tiene CM, y esa artificialidad lo expuso en su amateurismo. (No alcanza con tuitear, Martín. Se trata de ser en Twitter.).

El problema es de Pichetto, por ejemplo, que en 2023 decía: "Votar a Milei es suicida", porque entendía y entiende la política con los canales del siglo XX. Pero no es la intención particularizar en Pichetto, por otro lado, uno de los políticos de la vieja escuela más interesantes para escuchar, sino en lo que coyunturalmente simboliza.

Desde parte del periodismo también señalamos horrorizados que Milei lee Twitter, como un hándicap que ofrece en la comprensión de los acontecimientos. ¿Será un problema? Quizás. Ahora, todo indica que el presidente lo seguirá haciendo, y que el presidente que venga también leerá y se comunicará, sobre todo, a través de las redes sociales (si no lo hace difícilmente conecte con la época). Sea Twitter, Instagram, Tik Tok o la que aparezca, donde encontrará a sus votantes. Y seguramente desde allí construirá algo de su percepción de la realidad.

Vamos a citar al coreano Byung-Chul Han, que siempre suma, y que por otro lado escribe con la cadencia de las redes. "Todo cambio fundamental de medios de comunicación crea un nuevo régimen. El medio es el dominio", afirma en Infocracia. Ese nuevo régimen es el que genera resistencias.

Hablar de peleas tuiteras (y lo hemos hecho casi todos), como quien describe una frivolidad, es un síntoma de obsolescencia y expone una incomprensión de la política contemporánea. Tal vez es lo que le pasa a la corporación política, que sigue mirando extrañada a Milei.

Nada de esto invalida el rol del análisis tradicional, de los dirigentes, de los medios y de las "instituciones", así, con el peso y el lastre que le agregan las comillas. Cada cual con el rol y el aporte que le permita su tiempo. Se trata de bajar la guardia de una vez contra el presente. Ocurrirá tarde o temprano. Pero mientras no pase, Milei y los suyos seguirán jugando solos como hasta ahora.