Hace noventa años se estrenaba “Tiempos Modernos”, la película escrita, dirigida y protagonizada por Charles Chaplin que, desde el humor, definía a la producción industrial del siglo XX como un sistema alienante.
Los gags más recordados (por ejemplo, cuando él, desesperado por ajustar tuercas a la velocidad que le exige el capataz, termina tragado por la máquina o, también, cuando a la hora del almuerzo, y para que no pierda tiempo, lo amarran a una mesa para que le den de comer unos brazos robóticos) exageran sobre algo que ya existía pero que era relativamente nuevo: la primera cadena de montaje móvil había sido inaugurada por Ford en 1913 para ensamblar el Ford T. Las representaciones del futuro se construyen, muchas veces, con los miedos del presente.
Chaplin en Tiempos Modernos.
Está claro que, antes del fordismo, el mundo del trabajo había sido mucho peor y que después, gracias a los derechos logrados a partir de las luchas sociales, fue sustancialmente mejor. El arte no tiene obligaciones predictivas: lo que hizo Chaplin fue hablar de las pesadillas de su época y lo hizo de manera extraordinaria.
La serie “Severance”, cuya segunda temporada Apple TV+ lanzó en 2025, también refiere a pesadillas laborales, pero en el siglo XXI. Ganadora de diez premios Emmy, creada por Ben Stiller y con un elenco de lujo en el que se destacan Adam Scott, John Turturro y Patricia Arquette, aborda la alienación desde otro lado: un grupo de personas acepta trabajar para una corporación que les inserta un chip en la cabeza y les produce una “separación” existencial.
Toda vez que están adentro de la empresa, no saben quiénes son afuera (dónde nacieron, si tienen familia, dónde viven, qué les pasa) y, una vez que salen, vuelven a su vida normal pero sin tener conciencia de lo que han hecho en su turno de oficina, el tipo de labor que realizan o las relaciones que establecen a diario con sus compañeros de tarea.
Los cuatro personajes centrales de Severance.
En el universo “Severance” ir al trabajo significa no sólo la interrupción cotidiana de la identidad sino, sobre todo, la construcción de una identidad alternativa que es manipulada por los dueños de la corporación para garantizar la productividad.
A principios de mayo fue noticia que unas cuatro mil personas hicieron cola ante un frigorífico de Moreno que ofrecía sesenta puestos laborales. Es decir, todos ellos querían el lugar del personaje de Chaplin en “Tiempos modernos”: ser operarios de una fábrica del siglo XX, ese espacio que empezó como pesadilla y que hoy es el ticket dorado de la realización personal porque ofrece sueldo, aguinaldo, vacaciones y cobertura médica.
La única alternativa al desempleo parece ser el sistema de aplicaciones, con su oropel de libertad y éxito individual, o el siempre riesgoso cuentapropismo.
Me pregunto qué pasaría si Lumon Industries, la corporación ficticia de “Severance”, existiera de verdad y publicara un aviso pidiendo empleados: ¿cuántos de nosotros haríamos cola, dispuestos a escindir definitivamente nuestra vida a cambio de una certeza económica?
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