Cincuenta años de notas manuscritas en cuadernos de hojas cuadriculadas le proporcionaron a Guillermo "Willie" Schavelzon –legendario agente literario a esta altura– material más que suficiente para dar forma a sus memorias. Lo hizo, además, a la manera de Borges: escribiendo en las páginas impares y reservando el lado izquierdo, el de la página par, para correcciones, anotaciones, agregados, comentarios o digresiones. Y entonces publicó El enigma del oficio, un libro publicado por el sello Ampersand, donde Schavelzon –80 años y afincado en Barcelona– recopila en 36 capítulos sus recuerdos, impresiones y vivencias junto a algunos de los escritores más destacados del mundo.

"Este no es el libro de un escritor, sino el de un testigo", arranca este voyeur de vidas literarias que visitó la Feria del Libro para repasar las minucias de la trastienda editorial. Estas son, apenas, algunas de las cosas que cuenta: que a Roa Bastos le sacó el carnet de conducir, que atesora una pipa de Cortázar que le consiguió Manguel, que posee una foto con el General Perón tomada ni más ni menos que por López Rega, que Elena Poniatowska se merece el Nobel, que conoció a Benedetti jugando al ping-pong en La Habana, que a Osvaldo Bayer le salvó la vida, un acto que a él le costó una bomba en su librería y el exilio posterior. Sobre estas anécdotas y muchas otras habló con Clarín.

–¿Por qué decidiste contar estas historias?

–Me di cuenta de que tenía notas acumuladas de muchos años, y durante la pandemia me puse a revisarlas. Siempre recalco que no soy escritor ni el protagonista del libro; lo que buscaba era aportar una visión de testigo sobre diferentes personajes –escritores y editores del mundo del libro– y mostrar cómo eran las cosas en esa época: cómo se trabajaba, cómo eran las relaciones. Todo esto guiado por una idea: cómo facilitar que quienes comienzan hoy en el mundo editorial no lo hagan desde cero.

–¿Qué clases de notas tenías, detalles de tus encuentros con autores?

–Viajaba mucho y tomaba notas para acordarme de cosas. No era un diario, sino más bien una herramienta práctica. Anotaba qué asiento tenía reservado en el avión, detalles de acuerdos o conversaciones, y otras cuestiones importantes para organizarme. Llegué a reunir unas 40 o 50 libretas.

Guillermo Schavelzon y Osvaldo Bayer. Gentileza

–¿Cómo decidiste elegir estas historias? Habrás dejado muchas otras afuera.

–Dejé afuera las de todas aquellas personas con las que tengo una relación personal y que siguen vivas, ya sea por vínculos profesionales del pasado o por la amistad que hemos mantenido durante años. Por otro lado, sentí una necesidad de darle algún sentido útil a lo que hacía. No solo buscaba que fuera divertido, entretenido o crítico, sino que también quería aportar algo a quienes trabajan en el mundo del libro.

–Y en esto de conocer a los escritores, ¿qué es lo que tienen en común?

–Lo que más comparten es el sufrimiento y la necesidad de expresarse. Y coinciden en la dificultad para publicar. No siempre fue así. Entre los años 60 y 74, cualquier escritor que produjera algo valioso, no necesariamente brillante o extraordinario, sabía que su trabajo sería publicado. El proceso que hemos atravesado nos ha llevado hasta la situación actual. La propia industria editorial ha generado este escenario.

–En tu vida, hay un punto de transición del editor al agente literario. Ocurre con el éxito de El anatomista, de Federico Andahazi. ¿Qué pasó?

–En un momento acepté una propuesta del Grupo Planeta. Esa fue una etapa llena de aprendizajes y desafíos. Durante ese período publiqué un libro que sigo defendiendo hasta hoy: El anatomista, una novela que considero extraordinaria y que me permitió adentrarme en el mundo de los derechos de autor. Sin embargo, con el tiempo comencé a sentir cierto cansancio con el entorno corporativo de la multinacional, aunque debo reconocer que siempre fui tratado muy bien. Decidí cambiar de rumbo y fundé una agencia literaria. Al principio, lo que más sentí en las empresas editoriales mientras ascendía era cómo me alejaba de los autores, ya que esa conexión quedaba en manos de los editores. Mi rol se enfocaba más en presupuestos, cifras y equipos comerciales, algo que terminó por incomodarme. La creación de la agencia me devolvió esta conexión directa con los escritores. Continué con ese proyecto durante 20 años y puedo decir que fue un período de gran satisfacción personal y profesional.

"El enigma del oficio", de Guillermo Schavelzon (Ampersand).

Anécdotas y más

–Repasemos algunas de tus anécdotas. ¿Tenés una foto con Perón tomada por "Lopecito"?

–Un pecado de infancia. Yo tenía 19 o 20 años y trabajaba en la editorial Jorge Álvarez. En aquel entonces, la editorial acababa de publicar un pequeño libro titulado Hola Perón, en un momento en que el propio Perón estaba prohibido en Argentina. El libro era de un muy buen periodista, de Clarín, llamado Esteban Peicovich. En esa época, yo viajaba mucho por trabajo, y en esa oportunidad me enviaron a Madrid a vender libros de la editorial. Me encomendaron llevar personalmente un ejemplar a Perón. Me quedé petrificado, pero acepté la tarea. Una vez en Madrid, todo parecía ya coordinado. Llamé al número que me habían dado y, tras algunas instrucciones, fui llevado a verlo. Perón me recibió con gran amabilidad, aunque, claro, no me prestó demasiada atención. La conversación duró unos diez minutos. En un momento llamó al mayordomo para pedirle un café. Se llamaba "Lopecito"; luego supe que era nada más y nada menos que José López Rega. Él mismo nos trajo el café. Cuando estaba por irme, llevaba conmigo una cámara, pero no me atrevía a pedir una foto con él. No recuerdo con claridad cómo ocurrió, pero en un momento fue el propio Perón quien dijo: "Lopecito, sacanos una foto". Aquel instante quedó inmortalizado en esa imagen que se ha conservado contra todo pronóstico por más de 50 o 60 años. Es un milagro que aún exista. Al ver hoy esa fotografía, no puedo evitar sonreír por lo ridículo que parece: yo, con cara de niño inexperto, posando junto a una figura mítica como Perón.

Guillermo Schavelzon con Perón en Madrid. La foto fue tomada por López Rega. Gentileza

–Te decían que eras como un hijo de Benedetti. ¿Cómo fue tu vínculo con él?

–Tuve un vínculo muy especial y cariñoso, una relación única que fluía desde ambos lados. Él me trataba como al hijo que nunca tuvo. Yo jamás lo vi como un padre, pero sí como alguien a quien quise profundamente. Recuerdo que solía decir: "Dicen que los autores abandonan a sus editores por otro que les paga más. En mi caso, es al revés: los editores me terminan dejando". Claro, él iba con un editor, luego esa persona cambiaba de rumbo o de trabajo. La realidad es que llegó a seguirme durante un año por diferentes editoriales y fue uno de los primeros autores de la agencia. Era una persona increíble. Algo que aprendí tanto con Benedetti como con Cortázar es cómo se maneja la fama de un escritor. Es difícil imaginar que alguien pueda alcanzar ese nivel de reconocimiento.

–Benedetti y Cortázar tuvieron mucha popularidad, ¿cómo lo manejaban?

–Benedetti en México era como una estrella de rock. Un escritor famoso no necesariamente implica arrogancia o pérdida de humildad. Siempre fueron personas discretas, viviendo en departamentos modestos, con recursos limitados. En México comenzó todo para Benedetti. Yo tenía una editorial donde lo publicamos y su éxito fue creciendo hasta volverse abrumador. En su último viaje, él ya se sentía muy aturdido por la cantidad de personas que lo rodeaban. Una vez, apareció una chica con unas tijeras en la mano y, antes de que él pudiera reaccionar, le cortó un pedacito de su corbata para llevárselo como recuerdo. Él se llevó un gran susto al ver las tijeras. Terminó tan afectado por la situación que sufrió un ataque de asma, algo típico en él cuando enfrentaba momentos intensos. Fue en ese entonces cuando dijo: "No vuelvo más". Al final, fueron todas vivencias inolvidables.

–¿Tenés una pipa de Cortázar?

–Conocí a Cortázar gracias a un amigo en común que vivía en París y a Carlos Gabetta, un periodista muy reconocido que falleció hace poco. Esta conexión surgió también por parte de un médico amigo. Un día, me invitó a su casa, diciendo: "Vamos a la casa de Julio, vení conmigo y te lo presento". Con Cortázar formé una relación sumamente especial. Nunca llegué a representarlo profesionalmente, pero sí lo publiqué en México, donde organizamos también su visita. Fue todo un éxito inesperado. Curiosamente, tanto él como Benedetti no eran particularmente conocidos allí, a pesar de que la editorial Sudamericana había hecho esfuerzos con las obras de Cortázar sin grandes resultados. Pero esos momentos mágicos e imprevisibles ocurrieron, el famoso clic con el público que a veces pasa y no se sabe exactamente por qué. Mantuvimos una correspondencia por correo durante diez años, hasta su muerte.

La pipa de Cortázar que le consiguió Manguel. Gentileza

–¿Fue en tu etapa en México?

–Él y Carol (Dunlop) solían pasar sus vacaciones en México. Resulta que Carol tenía un hijo que vivía en Canadá y que viajaba solo cada verano a México para encontrarse con ellos. Aprovechaban para ir todos juntos a una playa de la que yo les había hablado. Julio quedó enamorado del lugar. Sin embargo, siempre mantuvimos un respeto mutuo en esos momentos personales: aunque teníamos bungalows cercanos, no iba a buscarlo antes de las siete de la tarde. Allí nos encontrábamos, compartíamos conversaciones y un par de gin tonics. Julio era una persona afectuosa y muy humilde. Todas las mañanas dedicaba su tiempo a responder cartas de sus lectores. Lo acompañé una vez al correo; llevaba siempre una pila enorme de correspondencia. Le pregunté: "¿Toda la mañana escribiendo?". Y me respondió: "Pensá que lectores míos, desde Argentina o cualquier otro lugar, se toman el tiempo para escribirme. ¿Cómo no voy a contestarles?". Ese era Cortázar: cercano, generoso e invariablemente comprometido con las personas que leían y valoraban su obra.

–¿Y la pipa?

–Cuando Julio ya había fallecido, mi mujer y yo viajamos a París para visitar a Aurora (Bernárdez), a quien conocíamos desde antes. Nos invitó a su hogar a tomar el té y era esa misma casa que, décadas atrás, había sido la de Cortázar. Aunque hacía mucho tiempo se habían separado, al final ella fue quien lo cuidó en sus últimos días. Aurora era una mujer muy culta e interesante, y me animé a pedirle algo especial: le dije que me gustaría tener algún recuerdo de Julio. Me respondió con total naturalidad: "¿Qué querés?". "Una pipa", le dije. Ella prometió enviármela. Pero nunca lo hizo. Más tarde, charlando con Alberto Manguel, un amigo de mi adolescencia, le conté esta anécdota. Él me dijo: "Yo te la voy a conseguir". Pasaron uno o dos meses, y un día recibí la pipa de Cortázar por correo. Resultó que Alberto se la pidió directamente a Aurora, quien se la entregó. Todavía la tengo conmigo.

–¿Le tenés especial cariño a alguna anécdota?

–A todas les tengo un profundo cariño, incluso a las dos personas con las que he sido un poco más crítico. En el caso de Jorge Álvarez, soy algo duro porque creo que es esencial entender lo que un editor no debe hacer. Pero incluso así, le guardo un gran afecto. Me marcó profundamente y fue parte de mi aprendizaje. Con respecto a Quino, aunque he manifestado que para mí es un genio del siglo XX, incluso más importante que Maradona, me propuse compartir anécdotas que reflejan cómo era la realidad en esa época. Por ejemplo, recuerdo cómo él y su esposa acudían personalmente a cobrar los derechos de autor, que recibían en efectivo y en dólares, algo legal y habitual en aquel entonces. Lo interesante no era tanto eso, sino que nunca logramos reunir el dinero necesario por completo, ya que Mafalda se vendía muchísimo en México. Esto también ilustra la relación particular entre editores y autores. La esposa de Quino solía decirnos a mi socio y a mí: "Vendan menos libros". Era algo imposible de cumplir porque si los libros se pedían, había que reimprimirlos. No había forma de detenerlo.

Radicado en Barcelona, Guillermo Schavelzon visitó la Feria del Libro de Buenos Aires. Foto: Mariana Nedelcu

–Empezaste con Jorge Álvarez.

–Y aprendí mucho sobre lo que un editor debe y no debe hacer. ¿Qué significa realmente ser editor? Ahí es donde entra una problemática inherente al español: nuestra lengua no diferencia entre dos figuras clave que en inglés se separan con las palabras "publisher" y "editor." Ambas traducen como "editor" en español, lo cual nos lleva a confusión. El "publisher" es quien mira hacia adentro de la empresa: el empresario que se asegura de que la editorial funcione económicamente. El "editor", por otro lado, mira hacia afuera: hacia los autores, los lectores y la construcción del catálogo. Este último da identidad a una editorial, pero para sostenerlo se necesita la estabilidad económica que garantiza el publisher. Jorge Álvarez no era propiamente ninguna de las dos figuras. En pequeñas editoriales, una sola persona suele combinar ambos roles; en editoriales medianas, es sano y necesario que estas funciones se separen para asegurar la sostenibilidad. Lamentablemente, Jorge terminó quebrando, aunque él fue el primer editor de autores que comenzaban como perfectos desconocidos y luego se consagraron, como Ricardo Piglia, Juan José Saer, Manuel Puig u Oscar Masotta. Publicó los primeros libros de todos ellos. Pero él publicaba los libros y nunca pagaba los derechos correspondientes porque ni sabía cuánto se vendía, ni llevaba ninguna contabilidad, ni mucho menos se ocupaba de pagar impuestos. No existía ningún tipo de registro. Todo se manejaba impulsivamente. Aquellos que lograron hacerse un nombre en el ámbito literario terminaron yéndose. Es decir, publicó el primer libro de todos ellos, les dio visibilidad, pero después los perdía. Justo eso es lo que una editorial no debería hacer.

–Perder al autor.

–Luego del enorme esfuerzo de publicar y distribuir el libro, así como de realizar la inversión que todo ese proceso supone, destaco la gran innovación de Jorge Álvarez: cambiar la manera en que se realizaban los lanzamientos literarios y posicionar públicamente la figura del editor. Sin embargo, terminó llevándolo al extremo, ubicándose por encima del propio autor. Recuerdo claramente cuando Germán García presentó Nanina, su primera novela. Jorge Álvarez subió al escenario y habló durante una hora completa. El público estaba fascinado, mientras que el autor permanecía sentado entre ellos. Al final, Germán subió al escenario y recibió los aplausos, por supuesto, pero para entonces Álvarez había asumido de tal manera el protagonismo del evento que el autor había quedado relegado.

–¿Un vínculo complejo?

–En sus memorias, Jorge Álvarez relata que la gente solía ir a las librerías y preguntar: "¿Qué hay de nuevo de Jorge Álvarez?". Sin duda, fue innovador en su momento. Hizo lo que estuvo a su alcance. Como yo siempre digo, aprendimos lo que no se debe hacer. Por ejemplo, no podés manejar una editorial que no pague a sus autores. Tampoco podés tener una editorial donde no haya alguien encargado de promover y vender los libros en las librerías, como era el caso. Eso simplemente no funciona.

–¿Elena Poniatowska, "La Poni", se merece el Nobel?

–Es un caso especial. Realmente merece un Nobel, un reconocimiento que desde hace mucho tiempo no llega a Latinoamérica. En México, el último fue Octavio Paz, hace ya casi 30 años. Ella representa lo mejor del periodismo, lo mejor de la literatura, el testimonio progresista de una cultura y el valioso rescate de la tradición indígena mexicana, algo que no es fácil de preservar. Además, tiene una ternura y una capacidad afectiva excepcionales. Es una persona encantadora que merece todos los reconocimientos posibles. Tiene también algo increíble que la distingue: cuando recibió el Premio Cervantes, una ceremonia más formal y solemne que la del Nobel, no solo asistió vestida con un atuendo oaxaqueño, sino que tuvo el valor de enfrentar directamente al Rey. Sin titubeos, le planteó reclamos sobre la conquista, algo que en España nadie se había atrevido a hacer cara a cara. El Rey parecía ni escucharla. Este acto de valentía marcó un precedente y contribuyó a que, en los últimos años, se reconocieran muchas verdades históricas, incluso llevando a España a pedir perdón por las atrocidades cometidas durante la conquista.

–No mencionás ni a Borges ni a Vargas Llosa, ¿los conociste?

–No tuve ninguna relación personal ni cercana con Borges. Con Vargas Llosa, sí. Cuando yo tenía 20 años, lo conocí en Lima y él me entregó el manuscrito de su primer libro, que Jorge Álvarez luego publicó como Los jefes. Con el paso de los años, mantuvimos contacto ocasional. Era un hombre con una cultura literaria impresionante, y tenía una memoria asombrosa: incluso después de diez años sin verme, me saludaba preguntándome cómo estaba. Siempre se mostró cordial. Como escritor, siempre me pareció extraordinario, aunque como articulista político, para mí, no. Pero eso no afecta su obra literaria.