Por indiferencia cívica o por un gradual derrame que impregna las costumbres, daría la impresión de que, de a poco, la sociedad y la opinión pública, que comparten zonas grises comunes sin ser lo mismo, parecen sentirse habituadas a la descalificación y al insulto como reproche natural en política.
A diario arrecia el estilo barriobajero, el menoscabo hostil o el agravio como lenguaje de los elencos de gobierno y sus vecindades informales. Prensa y medios van a la vanguardia en el destile del maltrato, pero en esa caravana también marchan políticos, opositores o propios, empresarios, intelectuales, economistas y todos quienes no comulguen en el altar del poder.
No hay nada nuevo bajo el sol. Hemos tenido próceres que antaño solían usar sus plumas para cavar fosas simbólicas con palabras que afectaban el decoro del adversario sin rumbear por el atajo de la metáfora. Sin embargo, la Historia ha ido poniendo distancia con las mediocres diatribas de estos tiempos, en los que la conversación pública y el debate político desbarrancan hacia la riña callejera, a la mejor usanza de los guapos borgianos que dirimían los entuertos a cuchillo en cualquier esquina orillera.
El caso seguramente más representativo es el de Domingo Faustino Sarmiento y Juan Bautista Alberdi, a quienes las balas de la palabra les picaban de cerca. Ilustres exiliados de la diáspora rosista, cruzaron querellas picantes y descalificadoras en aquellas “Cartas Quillotanas”, plasmadas por el abogado tucumano en Quillota y las réplicas (“Las ciento y una”) del autodidacta sanjuanino, desde Yungay, ambas en suelo chileno de sus destierros. Un memorable duelo de pólvora y tinta que encendió los desacuerdos entre celebridades nacionales en el siglo XIX.
Sarmiento y Alberdi se difamaban con empeño. Hasta archivaban la ironía, que bien administraban. Sus catilinarias mutuas tenían gusto a rabia: en esa correspondencia en llamas, el padre del aula le diría al padre de la Constitución “mujer por la voz, conejo por el miedo y eunuco por sus aspiraciones políticas”. Y Alberdi replicaría: “Yo no les tengo otro temor que el temor que inspiran los salteadores de caminos: el de ser asaltado, insultado, apuñalado…Temo su cuchillo, es decir, su puñal y su lengua, no su ciencia, en que son capones y eunucos…”
El vehemente sanjuanino conocía muy bien la cercanía de Alberdi con la música, que había cultivado en el Salón Literario: tocaba piano y componía piezas de tono romántico y patriótico como “El extranjero infeliz” y “La última ausencia de Buenos Aires”, entre otras.
Alberdi se ocupaba allí de menesteres varios, que hoy podrían retratarse como tertulias de la farándula, desplegados en “La Moda”, folletín que divulgaba la evolución de los usos en Europa: vestimenta femenina y masculina, música, poesía, literatura y costumbres.
Sabedor de esas debilidades de su refutador, para bajarle el precio Sarmiento lo bautizaría como un simple “afinador de pianos y venal compositor de minués”. Más aún: asociaría cierto remilgo del tucumano, vecino a un amable gracejo, con toques afeminados. Apreciación por cierto errada: Alberdi fue un mujeriego irredento. En eso coincidía con Sarmiento.
El jurista que inspiró nuestra Constitución, inspirado en las ideas y el decir de Alexander Hamilton, uno de los padres fundadores de EE.UU., también sabía acelerar: “Jamás Sarmiento tendrá fotografía de la fisonomía de su alma, mejor que su proyecto de ley en que ofrece veinte mil libras esterlinas al asesino de López Jordán … dar primas espléndidas y solemnes al asesino y al asesinato…”, en referencia a los sicarios de Ricardo López Jordán que ejecutaron a Urquiza en su residencia del Palacio San José.
El apóstol de la educación pública disfrutaba con poner los trapitos al sol, en un género predecesor de las “cartas abiertas”, la divulgación en la prensa los cuchicheos y reproches entre ellos. Alberdi amonestaría ese estilo: “La prensa no es una escalera para asaltar la familia y su secreto; no es la llave falsa para violar la casa protegida por el derecho público”.
Sin embargo, ambos valoraban el desempeño de la prensa en la sociedad, la sabían un pilar de la libertad que ambos, y a su modo, defendían, en ocasiones con las discrepancias que hacen a los hombres públicos de linaje patriótico.
Hoy, a la par que los insultos de entrecasa en el corazón mismo del poder, el mandato que apetecen los trolls es disparar perdigonadas sobre la prensa, la institución que habían elegido Alberdi y Sarmiento como campo de batalla intelectual para dirimir sus ideas. Es probable que eso les sume lisonjas en las intrigas de palacio, pero no parecería una herramienta eficaz para aproximarse a alguna forma de posteridad que contribuya a fortalecer la salud de la República dañada.
A la vuelta de sus vidas, en 1879, Alberdi y Sarmiento se reencontrarían cara a cara después de tres décadas de tantas riñas poco compasivas con las que se habían maltratado. Fue en un breve regreso del tucumano al país, con Nicolás Avellaneda presidente y Sarmiento ministro del Interior, en la Casa de Gobierno, con un Alberdi ya septuagenario.
Citado a una audiencia por el jefe de Estado, confundido y temeroso, se metería en el despacho equivocado, donde estaba Sarmiento, quien al verlo se pondría de pie y, aunque sorprendido, exclamaría sin perturbar su ánimo: “¡A mis brazos, doctor Alberdi!”, antes de fundirse en un cálido abrazo con el que disolverían los rencores pasados.
Se habían odiado lo suficiente como para dejar pasar el tren de la reconciliación. No enterraban sus disensos, es cierto, pero alumbraban una nueva convivencia. Y entraban en la Historia.
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