Mi mujer dice que tengo un superpoder: el de acordarme de las cosas que había antes en los locales que encontramos cuando salimos a caminar. Donde ella ve un edificio moderno, yo veo la ronda de casitas que le cedieron lugar; donde ella ve un kiosco, yo veo la heladería que había cuando llegamos al barrio; y donde ella ve un restaurante de Sushi, yo veo el café La Paz, en donde dicté mis primeros talleres literarios en Buenos Aires. Se trata, desde luego, de un superpoder muy inútil, como suelen serlo en la vida real ese tipo de talentos extraordinarios. Tengo un amigo, por ejemplo, que es capaz de adivinar el signo zodiacal de cualquier famoso que uno le pregunte. Al menos él puede entretener a los invitados en las fiestas.
Esta especie de visión de retrospectiva, variante melancólica de los rayos X de Superman, la heredé de mi madre. Ella, devota del caminar, también lo es del registro de los cambios que tienen lugar en su barrio, el mismo en Caracas donde viví varios años, y cada vez que hablamos por teléfono me pone a corriente. ¿La panadería La Espiga? Cambió de dueños y la están remodelando. ¿El Banco Exterior? Ahora es un bodegón. Se complica cuando comienza a referirse a las cosas surgidas durante mi ausencia, para las que hace falta dar dos pasos atrás: ¿sabes el bar que pusieron en donde antes quedaba la lavandería? Pues ahora es una venta de celulares. ¿Recuerdas la plaza que había antes de que hicieran las obras del Metro? Detrás están haciendo un paseo peatonal. Así, acabamos hablando de una Caracas que existe y no existe: una suerte de cartografía fantasmal.
Quizá haga falta explicar que en Caracas casi todo el mundo se maneja un poco así, con referencias cotidianas y consabidas. Tiene que ver con lo intrincado de la ciudad, cuyas calles irregulares tienen nombre, pero no número, y cualquier indicación se convierte en un relato de viaje, repleto de referencias históricas y actuales: donde quedaba la Cantv, frente al nuevo centro comercial que están haciendo, frente a la obra del Metro que jamás terminaron. Todo es así, barroco, ajeno a la simpleza porteña de un nombre y un número. Esa lógica, sin embargo, en el caso de mi madre tiene un punto diferente: esa ciudad repleta de fantasmas es también la ciudad que compartimos, en donde vivimos juntos y que aún perdura en el recuerdo. Es nuestro punto de encuentro imaginario.
Mientras tanto, en Buenos Aires, yo también voy construyendo mi ciudad: esa a la que llegué, más de una década atrás, en la que pienso cada vez que escribo su nombre. En eso quiero ser como dice el escritor rumano Mircea Cărtărescu: “Bucarest es mi propia ciudad, creada por mí a partir de los recuerdos de mi infancia y mi adolescencia, cuando sus calles, sus edificios, sus cines y sus mercados fueron tallados directamente en el blando mármol de mi cerebro. En realidad no existe Bucarest en el mundo: yo soy Bucarest, Bucarest sólo vive en mis páginas”.
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