Alois Krtil, fundador del Centro de Inteligencia Artificial de Hamburgo (ARIC) advierte sobre los peligros de la dependencia tecnológica y propone un modelo de abordaje alternativo para países como la Argentina.
— Argentina promueve la región patagónica para instalar data centers. ¿Es una posibilidad real, en condiciones de concretarse?
-Es una estrategia válida en el presente, pero en el futuro los data centers podrían evolucionar más allá del estándar actual de los semiconductores. El futuro de la inteligencia artificial (IA) será, por un lado, federado; y por el otro, incorporará nuevos paradigmas, como la computación neuromórfica y la cuántica. En ese escenario ya no se tratará de apilar procesadores —GPUs— en megacentros, sino de utilizar arquitecturas distribuidas. Ese es un camino más inteligente y sostenible para países como la Argentina.
—¿Cómo coexistirán las personas con los sistemas de IA industriales?
-Se exagera al creer que la IA podrá hacerlo todo. No sustituirá al trabajo humano, sino que lo transformará. La IA agéntica —sistemas autónomos capaces de ejecutar tareas y tomar decisiones para cumplir objetivos— ofrece oportunidades para aumentar la productividad y reducir rutinas repetitivas, especialmente en comunicación, atención al cliente y otros procesos. El desafío no es resistirse, sino aprender a integrarla: quienes sepan utilizarla y supervisarla serán más valiosos que quienes intenten competir contra ella.
— Las redes sociales usan IA para volver el contenido cada vez más adictivo. En la Argentina se consumen, en promedio, cuatro horas por día.
-Vivimos en la llamada «economía de la atención», donde nuestra concentración se compra y se vende como nunca antes. Necesitamos educar a la gente para que entienda ese poder y pueda decidir mejor. Al final el sistema de las redes se verá obligado a cambiar si los usuarios dejan de alimentar a los algoritmos. Las personas son las únicas que pueden modificar el rumbo con otros patrones de consumo.
—¿Hacia dónde va la tecnología? Hubo varios suicidios tras interactuar con chatbots...
Las dinámicas actuales son complejas. La IA emocional —ajustada mediante aprendizaje por refuerzo para interactuar con humanos— logra una imitación precisa de nuestro comportamiento. Existe mucha investigación en este campo sobre el riesgo de generar vínculos con sistemas que poseen sesgos profundos. Estas computadoras pueden inducir conductas específicas, como el consumo incesante o adicciones. Hay que entender que estamos ante un nuevo paradigma en el que no sabemos qué puede pasar en apenas seis meses, porque las capacidades y los principios básicos cambian constantemente. Por eso impulsamos la investigación en la AI Alliance, que reúne a empresas, gobiernos y centros educativos para trabajar en la confianza y el uso ético. Como en una autopista, necesitamos instalar guardrails para evitar desastres.
—¿Cuán cerca estamos de un uso militar generalizado? En la guerra de Ucrania ya se usan drones con IA para asesinar soldados.
-Es un tema sumamente complejo. La ley europea de 2024, el AI Act, define distintas áreas de aplicación y, en el ámbito militar, se requiere extrema precaución. La discusión sobre armas autónomas cambió con los nuevos conflictos en todo el mundo. Se generaron otras dinámicas de poder y, para protegerse, muchos países sienten la necesidad de desarrollar una defensa más avanzada.
—¿Como con las bombas nucleares? Con que uno no lo respete…
Por eso hay que avanzar urgentemente en una regulación internacional que involucre a todas las naciones.
—¿Las leyes de uso de la IA son efectivas? ¿O limitan la innovación?
Todo avance tecnológico enfrenta desafíos y podemos superarlos porque la gran mayoría de las empresas y de los programadores buscan crear productos que aporten valor a la humanidad. Hay que evitar los excesos de burocracia sobre los actores que componen el mercado.
— Friedman defendía el derecho a elegir un coche más barato sin cinturón de seguridad para priorizar la libertad de mercado. ¿Aplica?
Hoy son los propios fabricantes de vehículos los que promueven la seguridad como un argumento de venta clave. Con información y tiempo, las leyes ayudan a que las empresas crezcan de manera más sostenible y responsable para la sociedad.
—¿Silicon Valley y Asia corren con ventaja por tener regulaciones más laxas?
No lo veo así. Europa cuenta con empresas y organizaciones que juegan en la Champions League de la IA. Francia, por ejemplo, reforzó su apoyo a Mistral con un acuerdo clave en materia de defensa, y en la Selva Negra alemana se desarrollan modelos de difusión visual de altísimo nivel. Existe un ecosistema científico que avanza en silencio, pero que en dos años va a dar un salto enorme.
—¿Cómo se construye hoy la soberanía digital?
Todo Estado necesita su propio stack tecnológico porque ya no es una opción la dependencia única de las APIs extranjeras. Cada país debe desarrollar su infraestructura sin la reinvención de la rueda, sino mediante el aprovechamiento de lo existente y su mejora constante. El objetivo final es la adaptación a las necesidades industriales y culturales de cada región. Al mismo tiempo, las influencias en el tablero geopolítico son complejas y el mundo no es tan blanco o negro como suele mostrarse en los medios. Por eso, desde ARIC promovemos una visión más equilibrada y colaborativa de todo el ecosistema.
—¿En esta era necesitamos una nueva alfabetización?
Este avance conlleva un lado oscuro que representa una amenaza real, porque existe el riesgo de la manipulación mediante la comunicación, los deepfakes y la distorsión de la realidad. Sin embargo, como ocurre con toda herramienta de vanguardia, el escenario también ofrece una ventaja enorme, ya que estos instrumentos abren puertas a horizontes inexplorados. Un pilar de nuestro trabajo es el fomento de la formación digital a través de programas tanto e-learning como presenciales. Estos contenidos están destinados a chicos, adultos, gobiernos y empresas por igual.
—¿Qué resultados concretos obtuvieron con esa política?
Nos enfocamos en la creación de un banco de pruebas —un sandbox— que representa un verdadero punto de inflexión frente a los desafíos sociales y ambientales. Este espacio de I+D permite el testeo y la validación de soluciones futuras bajo criterios humanos, ya que la supervisión de situaciones en tiempo real evita la destrucción de lo que intentamos construir. Ya contamos con ejemplos tangibles como drones acuáticos, tratamientos robóticos para enfermedades o el hallazgo de nuevos fármacos. Un gran problema actual son los sesgos culturales y mediáticos sobre la tecnología. Por eso aún queda mucho trabajo por delante, la educación es fundamental y los gobiernos deben desarrollar iniciativas específicas.
Señas particulares
Alois Krtil (Checoslovaquia, 1982), dirige el ARIC (Artificial Intelligence Center) en Hamburgo, Alemania, respaldado por un equipo de expertos de instituciones científicas y líderes industriales de Alemania. Reúne a más de 50 empresas, 200 científicos y una red global de 100 socios estratégicos.
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