Tres meses han transcurrido desde el último triunfo político de Javier Milei con la aprobación de la reforma laboral, un hecho sin precedentes para una administración no peronista. A partir de allí, el capital político del Gobierno quedaría en jaque producto del Adornigate, que pondría en relieve la crudeza de la interna entre Karina Milei y Santiago Caputo, y la espiral de furia en el que se sumergió el Presidente.

El enemigo, que siempre había sido -al menos en el enunciado- el kirchnerismo, se llamó a silencio y se volvió un simple espectador de un oficialismo en el que quedaron expuestos dos bandos que se rivalizaban por la situación judicial de Manuel Adorni, disputaban el poder y los cargos manejados por el karinista Sebastián Pareja, o se enfrentaban en torno al clan Menem en la red social "X".

Aquella contienda obligó a Patricia Bullrich a dar clases de pragmatismo y despegarse de lo que el votante mileísta cuestionaba, como la falta de explicaciones de Adorni. Incluso, algunos aseguran que en esos momentos inciertos, le planteó a Milei en Olivos su preocupación por la gobernabilidad. Pero prima el silencio.

Lo cierto es que Bullrich adquirió una notoriedad que le permitió coquetear no sólo con la candidatura a Jefe de Gobierno porteño ante le debacle política del Jefe de Gabinete, sino también a reavivar su sueño de convertirse en la vicepresidenta de Milei en 2027. Está claro que ese lugar será decidido por Milei pero, sobre todo, por Karina Milei. Sería una novedad que la hermana del Presidente habilitara sin más a Bullrich para la Ciudad.

Para el puesto que hoy ocupa Victoria Villarruel, que tiene fecha de vencimiento, quienes conocen a los Milei consideran que se debe tener en cuenta otros atributos, además de medir bien. No es casual que hasta el propio Adorni, a partir de la lealtad con ambos, fantaseara con ese puesto, cuando las cosas le iban bien. Hay quienes creen que el indicado podría ser Martín Menem, como dirigente de confianza de Karina -junto con Lule Menem- pero también por la portación de apellido. “Una fórmula Milei-Menem tendría un potencia interesante”, reflexiona un dirigente oficialista. Aunque son los menos, algunos funcionarios no descartan que ese lugar pueda ser usado para una alianza con otro espacio político: ¿el PRO o la UCR?. Pero nadie deja de lado una fórmula Milei-Milei, más allá de las dudas sobre el nivel de imagen positiva con la que cuenta la secretaria General de la Presidencia. Falta mucho, y por ahora sólo son especulaciones.

Javier Milei con Patricia Bullrich. Foto: Federico López Claro

El dilema de Kicillof

El gobernador kirchnerista Axel Kicillof ya se mueve como candidato. Además de su incursión en Córdoba, encabeza actos casi a diario y ha tenido contactos con los estudiantes del colegio donde egresó, el Nacional Buenos Aires. Allí fue invitado hace unas semanas, previo a las tomas, para exponer en el Aula Magna. Se dio un episodio particular. Quisieron ingresar unos alumnos portando un cartel de “Cristina libre”. No los dejaron porque, en realidad, está prohibido el ingreso con carteles. Sin embargo, los chicos no cejaron en su intención de acercarse a Kicillof, lo esperaron a la salida y quisieron sacarse una foto con el gobernador, con esa leyenda: no hubo foto porque Kicillof los vio, y los evitó.

No es casual que un reciente trabajo que llegó a manos de Kicillof, no se sabe si encargado él o su entorno, midió el impacto en la imagen del mandatario bonaerense de la propuesta “Cristina libre”. El resultado fue una caída de 20 puntos en la imagen de Kicillof.

Pero los verdaderos problemas del mandatario bonaerense son otros. Está convencido que la provincia no tiene fondos suficientes para llegar a octubre del año próximo con los pagos de sueldos al día. La Provincia tiene ocho demandas contra la Nación y desde La Plata aseguran que Milei les adeuda 16,7 billones de pesos desde diciembre de 2023 hasta marzo de este año. Esa situación lo obligaría a adelantar las elecciones bonaerenses, estimativamente, para abril.

Axel Kicillof en el acto en La Plata en el que le reclamaron por la libertad de Cristina.

Pero allí se abre otro inconveniente. Kicillof no tiene un candidato propio con chances de retener la gobernación. Los más cercanos, Carlos Bianco o el Andrés Cuervo Larroque no tienen ese perfil, y Verónica Magario está impedida. Además, el kicillofismo sabe que si se desdoblan los comicios, los intendentes saldrán en campaña para la provincial y no harán campaña en las presidenciales de octubre, algo que ya ocurrió en 2025 pero en ese caso el gobernador se favoreció porque apostó a septiembre y ganó. Ahora, el escenario es inverso, y lo ideal pasa a ser la unificación.

Frente a este callejón sin salida, en La Plata hay funcionarios que consideran que la mejor salida sería que Kicillof entregue la gobernación al massismo y al cristinismo, a cambio de que no le pongan palos en la rueda a su candidatura presidencial, y todos hagan campaña para un solo día, el de la elección general en octubre. Si se pierde la provincia, la responsabilidad será de otros, no del gobernador. No obstante la resolución no cierra del todo, porque no resuelve la situación económica.

Una maniobra, más que un impulso

La estrategia comunicacional del Gobierno denota la elección de dos enemigos públicos: el kirchnerismo y el periodismo. En el primer caso es una relación de odio y amor. El odio expresado en el término “kukas”, describe una antinomia no siempre real ya que hay exfuncionarios relevantes y otros muy poco conocidos de la administración de Alberto Fernández y Cristina Kirchner permanecieron en la gestión libertaria. Tampoco hubo una ola de denuncias por presunta corrupción respecto al gobierno anterior como sí las hubo cuando Mauricio Macri sucedió al kirchnerismo. Tal vez no haya “amor”, pero sí un esquema de acuerdos políticos como los que han tenido el oficialismo y los K en distintos momentos de la actividad en el Congreso, por ejemplo, con Ficha Limpia, el Caso LIBRA o el pliego de los jueces enviados por el Ejecutivo.

Respecto del periodismo, sólo se esgrime odio; es y seguirá siendo el blanco predilecto elegido por Milei y, ahora, de manera enfática, también del ministro de Economía, Luis Caputo. El funcionario rankea segundo entre quienes más parecen hacerle honor al hashtag NOLSALP (No odiamos lo suficiente a los periodistas).

Luis Caputo en eñ Latam Economic Forum 2026. Foto: Federico López Claro

En un artículo publicado en Clarin, la especialista Lara Goyburu cita un estudio reciente de Törnberg y Chueri, dos investigadores dedicados al análisis de la comunicación política y el populismo, publicado en The International Journal of Press/Politics. Para ello, analizaron 32 millones de tuits de parlamentarios en 26 países durante 6 años.

Definen que el origen ideológico de la estrategia de desinformación es un populismo de derecha radical. A diferencia del populismo de izquierda que ataca a la élite económica a través de los medios tradicionales, a los que no intenta destruir sino cooptar, el populismo de derecha radical -dice- necesita desacreditar a los periodistas como condición fundamental para mantener vivo su relato y evitar situaciones incómodas. “La desinformación no es el ruido, es su arquitectura”, define Goyburu.

Y luego explica que esa estrategia comprende tres pasos. Primero, construir plataformas, canales y cuentas que difundan contenido sin las restricciones del periodismo convencional. Segundo, atacar la credibilidad del periodismo acusándolo de lo que sea para desacreditarlo. Y tercero, difundir su relato que resultará creíble para todos aquéllos que crean que los periodistas mienten. Cualquier comparación, es pura casualidad. Fin.