Se declara “diseñadora independiente a rajatabla, desde mis comienzos”, circa 2010. Dice también que es hija de “la generación del diseño de autor", integrada por Martín Churba, Cora Groppo, Jessica Trosman y marcas como Kostüme. “El laburo de ellos siempre fue una gran inspiración; yo terminaba el secundario y entré a la carrera de diseño en la FADU (Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo) -UBA- sabiendo que ahí estaba pasando algo.”
Con su marca, Luz Ballestero reivindica el diseño local desde hace más de 15 años. Foto: Mariana Nedelcu.
Luz Ballestero (43) fue nominada en la categoría Nuevo Talento en el último Martín Fierro de la Moda, pero lleva muchos años configurando una marca propia L-B y una propuesta casual con diseño.
Aunque su evolución es innegable y se vio en su desfile del BAF Week 2026 otoño-invierno, Ballestero mantiene la coherencia conceptual de sus comienzos. Viva la escuchó en su tienda de Palermo, en un mano a mano en el que su vida profesional, inevitablemente, se hilvanó con su mundo privado.
-¿Mantiene la producción a pequeña escala, con manos locales y prendas ciento por ciento de factura argentina?
-Totalmente. Con lo que eso significa, porque a veces un broche viene mal, querés devolverlo y la empresa de avíos cerró… Es muy complejo. Obviamente, compramos telas afuera porque la industria textil en la Argentina está muerta hace años. Y no hay calidad para sostener el tipo de producto que quiero hacer yo. Pero después, todo el proceso, desde que llega la tela, se realiza con materiales y manos nacionales.
-¿Consigue manos argentinas idóneas en oficios para dar buena terminación o la hechura correcta a sus piezas?
-Es difícil hoy por hoy. Argentina estuvo muy cerrada. Un buzo truchísimo se vendía igual porque no había opción. Muchos talleres se acostumbraron a trabajar sin cuidar la calidad. Llevo una tela y a veces me dicen que es complicado coserla en sus máquinas. Les digo que tendrán que regular las máquinas, porque el género no se cambia.
L-B presenta abrigos amplios, capas envolventes y mezcla de texturas. Foto: Luna Llamazares.
-¿Los buenos proveedores, los de oficio, son una especie en extinción?
-Hay pocos. Pero creo que hay una tendencia a recuperarlos, aunque será a muy largo plazo. Por eso está bien que haya universidades que se concentren en enseñar oficios o haya talleres… suman un montón a la industria.
Averiguás por alguien que haga plisados y hay uno solo. Es todo así y estamos en Buenos Aires. Imaginate en ciudades más chicas del país. Para lo importante que es la industria de la moda, resulta llamativo que se sostenga en lo precario de estos faltantes.
-Tenés mucho tejido para esta temporada…
-Sí. Elijo los hilados, las lanas y los mando a teñir: tengo tres clases de violetas o magentas, y me quedo con uno. Y tejo con un tejedor -otra especie en extinción-. En invierno los tejidos son un fuerte.
En 2014, yo estaba produciendo en mi mínima expresión. Había sido mamá de mi primer hijo y fue una revolución. Mi psicóloga me dijo, vos no dejás nada, hacé lo mínimo, pero hacé. Con mi segundo hijo la cosa fue distinta, le tocó otra mami. Acá la marca creció mucho, la pandemia me ayudó.
En su colección de invierno, los tejidos son protagonistas. Foto: Luna Llamazares.
-¿Por qué?
-Porque yo ya había empezado a vender online. Tengo tienda nube desde 2013… aunque era incipiente. En prepandemia vendíamos, pero con la pandemia explotó y pude armar mejor esa red.
Lo que me cambió un montón fue que mi marido empezó a trabajar en la marca. Es el CEO que se ocupa de áreas de marketing, comercial, administrativa, comunicación… Las mini pymes somos así. Me gusta la comunicación y el marketing, pero sé que puedo soltarlos porque tengo una confianza total en él.
-Ya que estamos en tema de familia, sé que sos única hija, que tu mamá falleció cuando eras chica, que tu papá (ex juez Jorge Ballestero) volvió a casarse, aunque enviudó otra vez… ¿En tu familia hubo o hay gente vinculada al diseño?
-Yo estaba mucho en la casa de mis abuelos maternos porque perdieron a su hija tan joven, que me quedaba con ellos de viernes a domingo. Vivíamos todos en Caballito y mi abuela hacía ropa que vendía en su casa y en una galería de Acoyte y Rivadavia. Me crié viéndola en su máquina de coser. También mandaba a hacer pilcha, y me acuerdo puntualmente que hizo unas alpargatas bordadas con lentejuelas. Fueron furor. Sin duda, esa cosa de emprendedora no me es ajena.
Ballestero se mantiene fiel a su esencia mientras se adapta a un mercado cambiante. Foto: Mariana Nedelcu.
- ¿Tu papá te apoyó cuando te decidiste por el diseño?
-Hasta tercer año del secundario yo le decía que iba a seguir Derecho. Y él me preguntó ¿te parece, con lo creativa que sos, estás segura que ése es tu camino? Y me bajó el programa de la FADU. Me dijo, existe este universo de carreras, por qué no lo mirás… Empecé a leer la currícula y no podía creer que dieran un título por estudiar todo lo que a mí me gustaba. ¡Esto es magia, le dije!
Igual no fue fácil. Lo padecí a veces porque soy muy exigente y hubo momentos de mucha presión… La universidad pública tiene un gran volumen de gente y es inevitable compararte; la carrera es más que aprobar materias; cuenta también lo que te sucede internamente como alumna.
Cuando vienen hijas de amigas que quieren estudiar diseño, les digo que más allá del programa, lo que te enseña la universidad pública va por otro canal, hay otro contexto humano que implica un aprendizaje social muy profundo. A mí me ayudó un montón para crecer, tomar decisiones…
-¿Con qué diseñadores argentinos o extranjeros te identificás?
-Hoy, de acá, con Kostüme. Lo que hacen Cami y Emi para la marca me sigue pareciendo muy zarpado. Sostenerse en este país, con coherencia, es muchísimo. Del exterior tengo un montón de marcas y diseñadores que me gustan. Louis Rubí me encanta, es francés y su comunicación es excelente. Después hay muchas marcas coreanas como Sacai, que me parece espectacular o la marca italiana Sunnei, que tiene un laburo de color y de imagen buenísimo.
Su paleta de colores, vibrante y con contrastes saturados. Foto: Luna Llamazares.
-Noté que el color creció mucho en tu marca…
-Sí, un montón. Y fue por mis hijos. Antes de tenerlos, la paleta era neutra. Con ellos abrí una paleta saturada que empecé a implementar y me funcionó. A mí me gustaba mucho el color, pero no lo usaba en la ropa y empecé a probarlo. Con mis hijos -Joaquín (12) e Iñaki (9)- la casa y la vida se llenaron de color.
-¿Cómo surge el proceso creativo? Aparece la inspiración o es una tarea de oficio…
-Previo a la pandemia, tenía el ejercicio de hacer una colección partiendo de un punto de inspiración, como muy FADU todo. Generar un concepto, hacer una bajada… Con la pandemia me hice preguntas sobre qué se puede producir y cómo comunicarlo.
La inspiración me la aportó mucho lo que hacía en colaboración con otros artistas o emprendedores. Armaba capsulitas, pero estaba un poco en piloto automático. Desde que empezó mi marido hice un cambio. Busqué un punto de partida y cómo comunicar lo que hacemos.
Luz Ballestero pone a la industria textil argentina en el centro de la escena. Foto: Mariana Nedelcu.
Si tengo un millón de ideas -soy Géminis- puedo hacer un millón de prendas porque mi cabeza es inagotable, pero necesito focalizar y desenchufar. Y ahí están mis hijos, voy con ellos al club y no pienso en nada, solo en estar con ellos. Entonces volví a encauzarme y a pensar qué quiero contar en cada colección.
Esta temporada de invierno que hicimos desfile, la gente recibió bien esta idea. Me escribieron para el Martín Fierro porque fui bastante votada. Quería contar el desborde creativo de la marca, pero en el medio vi la película de Almodóvar, La habitación de al lado, y me gustó. Estéticamente tenía algún control. La casa donde transcurre el filme es importante, genera un marco prolijo para un Almodóvar que siempre se desborda. El color está en las actrices, pero no en la caja, en la casa.
No busqué la peli; se me apareció. La convergencia con el cine, la pintura, el diseño… Tiene que ver con que son profesiones inquietas y nos vinculamos con curiosidad. Para el desfile les pedí sus muebles a los chicos de La Feliz y armamos esa escena más controlada, donde mi ropa con otro lenguaje contrastara.
Sus diseños combinan trabajo artesanal y estilo contemporáneo. Foto: Luna Llamazares.
-¿Cómo trabajás la moldería?
-La hago yo misma en mi taller de San Isidro. Tengo allá un catálogo de moldería con 130 perchas con 5 moldes por percha. Son como 600 moldes que son mi historia, es mi archivo desde que empecé.
Hace poco empezamos a hacer molderías digitales que ayudan un montón con la tizada (el molde puesto sobre la tela) y a tener menos desperdicio. Tengo una modelista que se ocupa de esto. Pero, todos los desarrollos complejos, los prototipos, los hacemos con mi gran equipo que me ayudó a crecer. Son mis ideas, pero laburarlas en equipo es una satisfacción enorme.
-¿Y qué veremos en el verano?
-Me inspiran mucho los viajes en familia en auto. Voy más al sur porque tenemos amigos. Mientras viajo, hay una búsqueda constante por descubrir este barcito, aquel paisaje… Estoy investigando. Estuvimos en Las Grutas, Villa La Angostura, Chile. Los viajes me ayudan a desconectar, me quedo sin señal en el celular. Lo que te puedo adelantar, es que la de verano, será ropa cómoda para hacer viajes.
Nominada al Martín Fiero de la Moda, apuesta por el diseño argentino. Foto: Mariana Nedelcu.
-¿La ropa de L-B es para jóvenes?
-No. Tengo clientas de más de 60 que usan mi ropa y quedan cancherísimas. Y muchas de 30 no la llevan con la actitud que hace falta. Los accesos de la prenda son cómo te la ponés y para mí es muy importante.
No podés hacer solo talle único. Louis Rubí tiene prendas gigantes que se adaptan a todos los talles. Es por la caída del género o porque tiene sistemas de ajustes para adaptar al cuerpo. Hace un 4 XL que lo puede usar una mujer petit. Tengo cosas así. Pero hacer todo con este criterio, implica producir solo oversized. Para mí el oversized tiene un límite que es la comodidad. Una prenda con 10 metros de tela no es funcional. Yo uso mi ropa, la pruebo. Y necesito que funcione.
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