Hace unos días escribí sobre “el divorcio alpino”, esa “tendencia” actual a abandonar novias en el medio de una excursión a las montañas que tomó su nombre de un relato irónico de Robert Barr. Eso me hizo pensar en los escaladores y en la montaña como escenario ficcional, un tema que siempre me fascinó. Hay algo misterioso en ese esfuerzo de alcanzar una cima a costa, a veces, de la propia vida. No creo que se trate solo de un deporte o de esfuerzo físico.
Una montaña es un buen lugar para esconder a Dios o al paraíso. Y las religiones lo saben: por algo los griegos ubicaron la morada de los dioses en el monte Olimpo y Moisés subió al Sinaí (que se presenta en la Biblia como inaccesible) para traer las tablas de la ley. Si le pregunto a GPT me dice que toda la tradición posterior del “ascenso espiritual” hereda algo de esta subida del patriarca. ¿Será por eso que algunos escalan?
En la literatura hay muchas montañas míticas: Shangri-La, el monasterio en el Himalaya donde el tiempo se desacelera, el sanatorio que imaginó Thomas Mann en “La montaña mágica” y, más cerca nuestro, “Los adioses”, la novela de Onetti en la que los personajes van a curarse de enfermedades respiratorias a las sierras de Córdoba solo para atestiguar una historia de amor que podría ser de fantasmas.
Hay un cuento de Daphne Du Maurier que parece el reverso del divorcio alpino. Se llama “Monte Veritá”, un monte cuya ubicación geográfica exacta no se revela y que, al principio, el protagonista trata como un destino más al que ir a probar su destreza con un amigo. Se nota que la autora conocía del tema (hay cartas de Daphne que registran que le gustaba esa “vida de vagabundos, con raciones estrictas de queso y chocolate y agua del glaciar para preparar Nescafé en el fogón del campamento”). En un pasaje, el protagonista explica la “fiebre de la montaña, esa obsesión, al parecer, tan masculina por llegar a la cima. “Es difícil explicar la necesidad que se siente de escalar. Puede que antiguamente fuese un deseo de llegar a las estrellas. Hoy, cualquiera puede comprar un billete de avión y sentirse dueño de los cielos. No obstante, no sentirá la roca bajo sus pies, ni el viento sobre el rostro, ni conocerá tampoco ese augusto silencio que sólo existe en las montañas”. Esto último es lo que me resulta más fácil de entender de esa fiebre: subir para estar sola, escapar del ruido... casi me convence de ponerme a entrenar para el Aconcagua, aunque parece que hoy también las cimas han sido colonizadas por las multitudes.
Volviendo a “Monte Veritá”: la trama da un giro inesperado cuando el protagonista lleva a su mujer a esa montaña. No, no la abandona. Ocurre lo contrario, él es el que la pierde para siempre por culpa del poder magnético que ejerce sobre ella esa cima en particular. No digo más para no arruinarle la lectura a nadie. Es uno de los mejores cuentos de esta autora británica, que también escribió esos dos grandes relatos que luego Hitchcock llevó al cine: “Rebecca y Los pájaros”.
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