En la Roma del siglo XVII había mujeres que no podían divorciarse, denunciar abusos ni escapar de sus maridos. Algunas terminaban muertas. Otras, encerradas en matrimonios que funcionaban más como condenas que como vínculos. Y en medio de todo eso apareció Giulia Tofana, una cosmetóloga que transformó una botellita de maquillaje en uno de los venenos más famosos de la historia.

Según los registros de la época, participó en la muerte de alrededor de 600 hombres. Operó como una sicaria invisible, vendiéndole a las esposas un líquido transparente, sin olor o sabor, que podía mezclarse con sopa, vino o cualquier comida caliente sin levantar sospecha.

El cuerpo se encargaba de la recepción y el efecto. La llamaban Aqua Tofana y durante décadas circuló por Italia disfrazada de cosmético femenino.

Giulia Tofana nació en Palermo y quedó huérfana a los 13 años, después de que ejecutaran a su madre bajo sospecha de haber envenenado a su marido. La historia nunca terminó de aclararse, pero el rumor quedó instalado. Y años más tarde, Giulia retomó tanto el negocio de cosméticos como la fabricación del veneno familiar.

El Aqua Tofana estaba compuesta por arsénico, plomo y belladona. Una mezcla letal, lo suficientemente efectiva como para matar en pocas dosis, pero también lo bastante discreta como para imitar enfermedades comunes de la época.

Lo irónico es que muchos de esos ingredientes ya se usaban en productos de belleza. El plomo servía para blanquear la piel; el arsénico se utilizaba para "corregir imperfecciones"; y la belladona dilataba las pupilas, porque en aquel momento, los ojos enormes eran considerados atractivos. Giulia entendió mejor que nadie cuánto podía resistir el cuerpo humano antes de colapsar.

Después de trabajar junto a boticarios y aprender sobre mezclas químicas y cosméticas, se casó, tuvo una hija y enviudó. Luego se mudó a Roma y abrió una tienda extremadamente exitosa en una época en la que las mujeres prácticamente no podían sostener negocios propios

Campo De’ Fiori de Giovanni Vasi, donde estaba ubicado el local. Foto: Wikimedia Commons

El verdadero negocio no estaba en los cosméticos

En la Italia renacentista, las mujeres dependían legal y económicamente de los hombres. Primero del padre y después del marido. El divorcio prácticamente no existía y los matrimonios arreglados eran moneda corriente.

Muchas sufrían violencia física y psicológica sin ningún tipo de protección legal. Y para algunas, enviudar era la única salida socialmente aceptada. Ahí entró Giulia Tofana.

Su tienda funcionaba como un espacio exclusivamente femenino, los hombres no entraban. Las clientas llegaban recomendadas por otras mujeres y el secreto circulaba de boca en boca.

Para acceder al Aqua Tofana, Giulia investigaba quién enviaba a cada mujer, comprobaba referencias y evaluaba si podía confiar en ella. No cualquiera podía obtenerla. Cuando aprobaba a una clienta, le explicaba cómo usar el producto.

El procedimiento era lento y calculado. Nunca recomendaba matar de golpe. Lo ideal era administrar cuatro o cinco gotas por vez en la comida o bebida. Primero aparecían dolores leves, malestar, debilidad. Después diarrea, vómitos, deshidratación y cólicos cada vez más intensos. La muerte llegaba de manera progresiva.

Los síntomas se confundían con enfermedades comunes del siglo XVII y los médicos jamás sospechaban de un asesinato. Encima, Giulia daba instrucciones sobre cómo actuar frente a los demás: mostrar preocupación, cuidar al marido enfermo y hasta pedir una autopsia después de la muerte para parecer inocentes.

Mientras los hombres empeoraban, muchas veces redactaban apurados sus testamentos y dejaban todo a sus esposas.

El veneno como arma femenina

El sistema funcionó casi sin fallas durante 50 años, hasta que una clienta no pudo contener el secreto.

El veneno "Manna di San Nicola" (Aqua Tofana), por Pierre Méjanel. Foto: Wikimedia Commons

La mujer había preparado una sopa con Aqua Tofana y siguió las instrucciones al pie de la letra, pero cuando su marido estaba a punto de comer, se quebró. Entró en pánico y le pidió que parara. El hombre notó al instante que algo raro pasaba y la golpeó hasta confesar.

La mujer fue torturada por las autoridades y terminó entregando información sobre la red de Giulia Tofana. Cuando Giulia se enteró, escapó y buscó refugio en un convento mientras Roma desbordaba de rumores. Algunos aseguraban que estaba envenenando el agua de toda la ciudad.

La policía irrumpió en la iglesia, la sacó a la fuerza y la torturó hasta que confesó. Según las investigaciones posteriores, había participado en la muerte de unos 600 hombres, aunque algunos creen que el número real fue todavía mayor.

Giullia Tofana fue ejecutada en 1659 junto a su hija y varios empleados de su tienda. Algunas de sus clientas también terminaron siendo asesinadas, encarceladas o encerradas de por vida.