Reciclar es un acto de fe, lo tengo asumido. Pero incluso así me resulta un imperativo moral de nuestra época, una suerte de compromiso personal con las generaciones venideras. Mucho más ahora que aparecen los primeros estudios del impacto de los microplásticos en el ecosistema y, cuestión de tiempo, en el propio cuerpo humano. Se los ha detectado ya en nuestra sangre, nuestros pulmones, hígado, cerebro e incluso en el semen y la leche materna. Para sorpresa de nadie, pasarnos décadas produciendo y tirando plástico no biodegradable al ecosistema resultó ser una pésima idea.

Es verdad que se hace poco para atajar este problema. Mientras el primer mundo prohíbe la comercialización de bolsas, sorbetes y palillos hechos de plástico, la omnipresencia de este material en el mundo postindustrial continúa su marcha indetenible: empaques de mercadería, repuestos tecnológicos, envases, zapatos, muebles, muñecos, macetas, botellas, cepillos dentales, todo, en fin, casi todo alrededor está fabricado con plástico. Y todo ello acaba, tarde o temprano, yendo a desintegrarse en vertederos bajo tierra o en el mar. De allí, sus partículas pasan a la fauna y regresan a nosotros en los alimentos que consumimos, el agua que tomamos y el aire que respiramos.

Visto así, el reciclaje puede no ser más que una compresa húmeda en la frente de un paciente terminal. En primer lugar, porque nadie o casi nadie recicla: buena parte del planeta lo considera una preocupación primermundista, propia de gente con la vida más o menos resulta. De hecho, Alemania, Austria, Suiza, Bélgica y Corea del Sur son los líderes mundiales del reciclaje de residuos, lo cual significa que reutilizan cerca del 50% de la basura que producen. Pero de todas las toneladas anuales de plástico que se producen a nivel mundial, apenas el 9% logra reciclarse: el resto acaba en vertederos, en el medioambiente o incinerada, liberando gases tóxicos a la atmósfera en el proceso.

Esto expone la hipocresía del sistema frente al asunto: no es cierto que se pueda atajar la producción constante de este tipo de materiales únicamente a través de la cooperación ciudadana. Detrás de esa aspiración se esconde, además, el empeño de muchas empresas por trasladar a la gente la responsabilidad de lidiar con lo que ellas producen. De allí que muchas personas pongan en duda la existencia comprobable de un reciclaje del plástico.

El peligro de esa línea de razonamiento —y he aquí mi punto— es que desmotiva y desmoviliza. Si el mundo se va a acabar de todos modos, ¿por qué esforzarnos? Pues por el mismo motivo por el cual se planta un árbol cuya sombra no se disfrutará: por amor al futuro que otros tendrán, a la vida en general y por un profundo sentido de responsabilidad como especie. Es en eso en lo que pienso cuando separo mis envases y los tiro al contenedor verde de la esquina. No tanto en el destino que les aguarda, sino en el nuestro.