Bióloga, profesora investigadora y rectora de la Universidad Ean de Bogotá, Brigitte Baptiste se convirtió en la primera persona transgénero en dirigir una institución en su país. Con estudios de posgrado en Estados Unidos y Barcelona, la columnista del diario La República dirigió durante 8 años el Instituto de Investigación Alexander Von Humboldt, una entidad oficial dedicada a estudiar y preservar la biodiversidad. En 2017, recibió el prestigioso premio The Prince Claus, otorgado por los Países Bajos, por sus estudios en las corrientes académicas de las ecologías queer, donde se inscriben Donna Haraway y, más acá, Joshua Sbicca y Marietta Radonska.
Como referente en la profundización de los debates entre arte y naturaleza que comenzaron un año atrás, Brigitte Baptiste llegó a para clausurar las dos jornadas de diálogos del encuentro Conexión arteba 2026, bajo el título “Conversando con lo vivo: imaginarios para el (re) encuentro entre especies”. Arribó a San Juan justo después de que el candidato presidencial Sergio Fajardo la anunciara como su ministra de Ambiente y Desarrollo Sostenible, en caso de ganar las elecciones de este año. En la Argentina presentó su nuevo ensayo, que involucra a la pornopoiesis, es decir, el impulso de lo erótico en la humanidad del futuro. “Nos podemos perder ahí, en una especie de suicidio sexual por erotismo digital”, alerta en diálogo con Ñ.
Conexión arteba 2026.
–¿Cómo se conjugan en tu pensamiento la teoría ecológica y la queer?
–La ecología estudia la complejidad de los sistemas de relaciones entre los seres vivos, y de éstos con las entidades inanimadas –las montañas, los ríos, las piedras, pero también los productos tecnológicos de lo humano–. En esa perspectiva de múltiples conexiones y en todos los sentidos, aparece una posibilidad de torcer el sentido de las relaciones. Hay un movimiento persistente en todo este universo de lo ecológico, pero al mismo tiempo todo está significado por la cultura.
Estas relaciones deben ser interpretadas, propuestas, controvertidas por la sociedad. Y cada persona incluso puede plantearse una perspectiva propia acerca de lo ecológico. Eso incluye una posibilidad creativa, de plantear relaciones desde un punto de vista hipotético o artístico, por ejemplo, con los animales y las máquinas. Todo eso lo refuerzo con la noción de lo que sucede en la medida en que las máquinas van ganando espacio como agentes activos del ecosistema. Tal vez lo más importante es que hay que proteger la capacidad de lo humano en ese entorno tan cambiante. Qué venimos siendo los humanos en este proceso evolutivo. Ahí es donde como bióloga junto la teoría queer y la teoría ecológica contemporánea.
–Como en la teoría queer, en la naturaleza las identidades son ambiguas, aceptan lo anómalo de una manera más libre, tal cual fue demostrado.
–Sí, la biología evolutiva ha interpretado una serie de relaciones asociadas con la sexualidad, con la identidad de género. A principios de este siglo, descubrimos plantas y animales, sobre todo los que exhiben comportamientos homosexuales, experimentan cambios de identidad de género, se manifiestan como machos o hembras según las circunstancias, activando incluso sistemas fisiológicos, hormonales. Esto es común en los peces de arrecife. Todo lo que antes diríamos que en lo humano correspondía a comportamientos antinaturales y usábamos ese argumento para censurarlos, aparece que es muy natural. Tenemos que confrontar nuestra animalidad en ese sentido y mirar qué tan diversos nos indica nuestra biología que podemos ser. Pero como finalmente la biología es una interpretación que debe llevarse al ámbito de la cultura, eso hace que podamos construir una dimensión interpretativa donde todos esos fenómenos se convierten en comportamientos culturales humanos. Entonces, ahí todo lo queer tiene sentido.
Brigitte Baptiste junto a Yina Jiménez Suriel, curadora de Conexión arteba 2026.
–Desde el título, tu ponencia en Conexión arteba, "Pornopoiesis: género, erotismo y (bio) diversidad en tiempos del metaverso", suena a ficción especulativa. ¿Qué hay de eso?
-El término poiesis viene del griego para hablar de impulso. En este caso retoma la pregunta sobre la potencia de lo sexual que viene de la biología y que nos hizo cruzar por 4000 millones de años ayudándonos a evolucionar y que hoy en día está cuestionada. Cómo esa potencia de lo sexual que durante miles de años estructuró sociedades va a cambiar más que nunca porque en el metaverso –ese espacio donde habitamos con nuestros dispositivos electrónicos–, podemos asumir identidades muy distintas a las biológicas y comportarnos de maneras muy creativas, aunque también muy perversas. Y eso lo demuestra la profusión de erotismo digital, de pornografía de venta o de expresiones incluso de afecto y sensibilidad novedosas que hacen que la gente hoy en día, por ejemplo, consiga su pareja sobre todo a través de la mediación de aplicaciones de citas.
–Y ese impulso, ¿es conducente según tu hipótesis?
–La idea es utilizar la tecnología para potenciar –por eso volvemos al título de la pornopoiesis– el impulso de lo erótico en la humanidad del futuro. Cómo las máquinas van a codificar todas las emociones o la complejidad que conlleva esos impulsos es la pregunta. Porque en principio no se puede, pero podemos simularlo y llegará el momento en el que la simulación es imposible de distinguir de nuestra experiencia material convencional. Y entonces, aún cuando no haya surgido lo que llamamos la singularidad, es decir, la conciencia de la máquina, de todas maneras, como seres humanos volubles estaríamos expuestos a crear un ecosistema ficcional que puede ser letal. Porque nos podemos perder ahí disfrutando de un universo que hemos inventado y que no nos va a llevar a nuevas generaciones o nuevos momentos, una especie de suicidio sexual por erotismo digital.
–¿Y cuáles son las fuentes de esta investigación? ¿Qué ideas te reforzaron este camino?
–En mi primer libro sobre trans ecología reflexiono sobre las construcciones culturales del género y sus relaciones con la ecología como disciplina, un poco lo que planteé en la primera pregunta. Y luego recurriendo a películas, referencias de literatura, a otros autores y otras experiencias incluso no occidentales que nos hablan de la forma en que interpretamos nuestra presencia en el mundo, sin abordar los temas de sexualidad, sino los de identidad y las perspectivas de los pueblos indígenas, de los feminismos. Y hay un capítulo que habla sobre la nueva espiritualidad. Elegí la ciencia ficción de los años 40 y 50, y de los 60 la nueva ciencia ficción feminista, que plantea a las mujeres como los nuevos alienígenas de la historia de la civilización: unas personas que presumen ser autónomas, y que ponen en cuestión la capacidad reproductiva de la sociedad. Son innumerables elementos culturales, algunos muy divertidos como Woody Allen y su orgasmatrón. La pornopoiesis es mi nuevo ensayo, y la primera vez que lo expongo es en la Argentina.
–¿Cómo es la difusión de estas ideas en este contexto particular, con el resurgimiento de los discursos de las nuevas derechas?
–Te lo voy a contar en primera persona. Soy bióloga, hice mi transición hace 26 años hacia Brigitte. El reconocimiento y la construcción de una identidad femenina con la que opero en el mundo y cada vez más personas plantean que soy la peor científica en la medida en que ni siquiera reconozco la existencia del cromosoma X y el cromosoma Y. Eso ya me invalida. Si una bióloga no sabe eso, hay que desconfiar de todo lo que haga después. Ese monólogo –porque no hay capacidad de respuesta– está pasando en todos los países. Hasta el punto de que muchas legislaturas están volviendo a decir que solo existe hombre y mujer.
Yo me lo tomo con mucho humor, siempre y cuando la controversia no implique violencia física, trato de evitar la verbal porque de todas maneras eso enferma, pero se puede hablar un poco al respecto. Por ejemplo, planteándole a las personas: ¿por qué es tan significativo para ti la diferencia?; ¿cuáles son los efectos de la consideración de la masculinidad o la feminidad en el presente? Sobre todo porque, salvo algunos aspectos médicos, la mayoría de asuntos de la cultura y de la sociedad ya no tienen género. El género en la vida contemporánea es performativo, es estético, equivale a la elección de un rol cultural.
Conexión arteba 2026
–¿Crees que hubo un retroceso en estas conversaciones?
-Sí, indudablemente. La gente se perturba mucho con estos temas que ponen en tela de juicio sus propias convicciones y sobre todo aquellas tan primarias. Pero ese es el papel del arte, del pensamiento crítico: desacomodar.
Como muchas personas de la comunidad LGTBI, de las diversidades étnicas y escuelas de pensamiento alternativo éticamente estamos obligadas a hacer preguntas perturbadoras, pero sobre todo con el ánimo de siempre abrir espacios para la proyección de lo humano, para ser mejores personas.
Creo que sí, que hay un problema pedagógico que renace en este momento porque muchos colectivos que tenían unos códigos relativamente simples de convivencia están viendo amenazas en estas preguntas por la complejidad.
Claro, es muy incómodo para los políticos tener que considerar la construcción de acuerdos en medio de tanta diversidad, que es ofuscadora. Pero biológicamente hablando también. Esa es una de las lecciones que obtenemos al tratar de entender cómo funciona un ecosistema altamente diverso. Pues funciona después de millones de años de construir relaciones y acuerdos que se están cuestionando todos los días. Porque la evolución está activa todo el tiempo. Y delante de nuestros ojos.
Saibebu. La criatura médium de Eduardo Navarro.
Discusiones al filo de la cordillera
Del 22 al 25 de abril, Conexión arteba 2026 desplegó en Mendoza y San Juan un Foro de pensamiento con las ideas más avant la lettre en las relaciones entre arte y naturaleza, bajo el paraguas de Conversando con lo vivo, congregando unas 500 personas en los auditorios de los museos. Con curaduría de Yina Giménez Suriel –recién nombrada como miembro del equipo curatorial de la próxima Bienal de San Pablo–, y Belén Coluccio, investigadores y artistas abordaron el desafío con enfoques disruptivos, que se pudieron seguir online a través del streaming de la Fundación arteba, donde aún se pueden consultar.
Los artistas Carlos Gutiérrez, Eduardo Navarro (en una inusual videollamada), Berenice Olmedo, Maia Gattás Vargas y Andrés Piña, sumaron a las ponencias de José Luis Grosso, Camila Marambio e Irina Podgorny, y las curadoras Sofía Dourron y Bernardita Pérez.
Una agenda de actividades para profesionales reunió a más de 90 agentes culturales que establecieron vínculos con las escenas locales. Entre los que se destacan el proyecto Arte Bestial Argentino, que inauguró una obra de Martín Di Girolamo en el Valle de Zonda sanjuanino y la inauguración de Mondongo en el Museo Franklyn Rawson.
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