Hace un siglo atrás, un filósofo español decía: “La humillación, la degradación, es simplemente la forma de vida del hombre que se ha negado a ser lo que le corresponde por deber ser”. Y si existe una constante -entre muchas otras- en la lamentable y recurrente Historia argentina, es precisamente la citada por José Ortega y Gasset, el mismo escritor que en 1939 expresaba en la ciudad de La Plata una frase aún más categórica y directa: “Argentinos, a las cosas”.

Resulta totalmente innecesario y absurdo aclarar que -a través de ella- instaba a los argentinos a dejar de lado los egos, el narcisismo, las suspicacias y los debates centrados en lo estrictamente personal o partidario. Mi carta apunta a un concepto que -al menos en lo que a mí respecta- provoca vergüenza. Y me refiero al profundo nivel de degradación que supimos conseguir en casi todos los ámbitos de nuestra cada vez más complicada y ligera existencia. Por ejemplo la degradación es la acción y efecto de degradar; concepto que a su vez incluye varias acepciones: “Privar a alguien de las dignidades, honores, empleos y privilegios que tiene; reducir o desgastar las cualidades inherentes a alguien o algo; humillar, rebajar, envilecer; disminuir progresivamente la fuerza, la intensidad o el tamaño de algo”, y las explicaciones -desgraciadamente- continúan.

¿No resulta gravísimo que la cuasi totalidad de los verbos incluidos en la definición que antecede hayan sido “conjugados” una y otra vez y al pie de la letra, en nuestro lacerado y vapuleado país? ¿Cómo puede ser posible que en la actualidad la humillación aún siga siendo una “bandera” de un movimiento político o social? ¿Cuál es el lema que rige la conducta de la gran mayoría de las facciones? ¿”Humilla, degrada, descalifica y vencerás”? El planteo no apunta a los políticos. Ellos son -al menos desde mi punto de vista- una simple muestra estadística; el claro síntoma de una sociedad profundamente sana o completamente enferma. ¿En cuál de los extremos mencionados nos situamos hoy los argentinos?

La enorme y agresiva degradación reinante es de nuestra exclusiva responsabilidad y quienes la ponen en práctica diariamente y en los espacios más variados, somos nosotros. La humillación no tiene partido. La descalificación no es originaria de un territorio en particular. El subestimar o denigrar a una persona no es una característica destacada de determinada clase social o ámbito laboral. Cometimos el enorme error de “normalizar” la falta de respeto. Y cuando hablo de respeto no me refiero a las normas protocolares. Los argentinos, a quienes Albert Einstein llegó a calificar en su momento como “displicentes”, “infantiles” y “estúpidos”, no cesamos de reducir a la nada todos aquellos baluartes que supieron distinguirnos y para bien.

Degradamos la educación, nuestra Historia, nuestros orígenes, nuestras instituciones, nuestra cultura. Nos regodeamos mansamente en un profundo mundo de ignorancia, no sólo de conocimiento académico sino también de valores. Y los culpables no fueron los políticos de turno. Fuimos nosotros, quienes -por comodidad, ceguera, pasividad, egoísmo o idiotez colectiva- les abrimos las puertas de manera reiterada durante las últimas cuatro décadas. Siempre nos “creímos” superiores, sabios, astutos. El gran problema de fondo es que de la creencia a la realidad existe un enorme abismo en el que nos encontramos desde hace tiempo, que -por más que nos llenen diariamente con “estimulante” información macroeconómica- no tiene la menor intención de mostrarnos dónde tiene su piso. También degradamos al ser humano enalteciendo la indiferencia.

El problema del otro es del otro. Las protestas y manifestaciones son de los universitarios, de los jubilados, de los desempleados, de las víctimas de la inseguridad; como si la sociedad estuviese fragmentada por etapas o estados. En contadísimas ocasiones hubo una protesta generalizada, una acción que expresara claramente la sensación de sociedad. Obviamente, la excepción son los mundiales. En pocos días más, el país -y para alegría no sólo del Gobierno sino también de muchos afectados por diferentes causas judiciales- tendrá una pausa. Ocurrirá entonces lo mismo que expresara Joan Manuel Serrat en su canción de los años setenta, “Fiesta”, la cual en su parte media decía: “Hoy el noble y el villano, el prohombre y el gusano, bailan y se dan la mano, sin importarles la facha...”.

El gran problema es que la “fiesta mundialista”, antes o después, también terminará. Será entonces cuando la degradación argentina que supimos conseguir nos mostrará -una vez más- que con el fútbol no se come, no se cura y no se educa. Un Messi, un Dibu, un De Paul, un Scaloni, desgraciadamente no reemplazan a un Saavedra Lamas, un Houssay, un Leloir, un Milstein, un Favaloro. No importa cuántas copas tengamos a finales de julio. Ellas no nos ayudarán a recobrar el respeto perdido. Y sin ese valor esencial -base de cualquier relación humana que se precie de tal- la humillación, la degradación y la descalificación constantes, se convertirán en una “estrella negra en nuestra camiseta”, mancha que lo último que hará será enorgullecernos y que continuará marcando nuestro camino al tan temido y cada vez más cercano abismo social y cultural.

“Las sociedades mueren por suicidio, no por asesinato”. (Arnold Toynbee, historiador inglés)

Enrique Alejandro Polesello /

EL COMENTARIO DEL EDITOR

Por César Dossi

Esas conductas sociales que naturalizamos

La carta del lector apunta a la responsabilidad social compartida. Enrique Polesello habla de la degradación argentina, deja de lado las culpas políticas y hace hincapié en las prácticas cotidianas y los vínculos entre las personas. Se apoya en citas históricas de Ortega y Gasset, Einstein, Toynbee, pero a la vez advierte y se interpela sobre esa degradación que como sociedad dejamos que se instale entre nosotros, que dejamos colar, hasta que se enquistó y se volvió hábito hasta naturalizarla.

Polesello se empeña en aclarar que la humillación, la descalificación y el desprecio no son herencia de una fuerza política, de una clase social ni de un ámbito específico. No todos los espacios tienen el mismo grado de responsabilidad ni todos los comportamientos son iguales. Por eso la del lector es una mirada amplia. Pone de ejemplo la falta de respeto, como un problema de fondo en distintos ámbitos de la vida cotidiana. E irónicamente introduce al fútbol, al próximo Mundial que parece lejano porque aún no aparece ese espíritu. Y allí dice que hay una “pausa” que hace que los problemas estructurales de la sociedad se congelen momentáneamente. Es como un “paliativo conductual” que se toma cada cuatro años para menguar tensiones.

Pero su carta más allá de levantarnos una tarjeta amarilla como apercibimiento, motiva a la reflexión porque revisa las prácticas propias de una sociedad que está por nosotros mismos, permanentemente, bajo la lupa. En definitiva, más que ofrecer respuestas, la carta del lector propone una incomodidad, y quizás una de las más difíciles tareas: la de reconocerse, al menos en parte, en aquello que criticamos.