Por ciertas grietas se vislumbran precipicios, por ciertos agujeros abismos, por ciertas rendijas universos. ¿Qué se alcanza a ver a través del pequeño y mezquino “affaire Michelli”? A primera vista parece insignificante, un tropiezo menor en el camino de un gobierno revolucionario, pero me temo que revela mucho más de lo que aparenta. Sobre todo porque no es el primer episodio de este tipo.
Por lo que se sabe, nada indica que el rechazo del pliego haya obedecido a alguna razón de mérito. Todo apunta a una venganza política. Y, para colmo, una venganza transversal: golpearla a ella para que el cuñado, periodista incómodo, entienda. Un manual de advertencia mafiosa.
Libertario, liberal, liberista, libertino: el Gobierno puede llamarse como quiera, pero quien confunde la autonomía individual con la pertenencia familiar vive en un orden preliberal y predemocrático, ajeno a toda idea moderna de libertad.
Veo, sin embargo, que nunca falta el más papista que el Papa corriendo en auxilio del Presidente: “te puede gustar o no, pero así es la Constitución”, lo respaldó un seguidor en X, premiado con el previsible reposteo presidencial. ¡Qué bochorno! ¡Y qué cinismo!
Los constitucionalistas nos dirán si es cierto o no. Por mi parte encuentro ofensivo pensar que los padres constituyentes le hayan otorgado ese poder para que lo utilizara como un arma de venganza política. Me gusta creer que tenían una concepción algo más elevada de la investidura presidencial. ¿O no?
Precisamente aquí está la nota discordante, la que en estos tiempos se escucha por todas partes, mucho más allá de las fronteras argentinas.Lo que Javier Milei y sus serviles exégetas nos están diciendo es que el Presidente hace lo que se le da la gana. Aunque para ello haya que oponer la letra al espíritu de la Constitución. Como dijo Donald Trump, su modelo: “I can do whatever I want as President”, como presidente, puedo hacer lo que quiera.
Suena tosco y autoritario. Y tosco y autoritario es. Pero tanto en Washington como en Buenos Aires siempre habrá un intelectual cortesano para convertir en teoría un exabrupto, en flor un eructo.
En Estados Unidos eso se llama la doctrina del unitary executive, del «gobierno unitario». Suena pomposa, pero es mediocre: puesto que el Presidente ha sido elegido por el pueblo, puede disponer a su antojo de los contrapesos constitucionales que no emanan de la elección popular: jueces, funcionarios, organismos autónomos. Puede hacer, literalmente, lo que quiera.
¿La Corte Suprema me pone palos en la rueda? Al diablo con sus sentencias. ¿A tal funcionario no le gusta lo que hago? Échenlo. ¿Tengo ganas de desatar una guerra? Vamos.
Mirado desde la perspectiva de la historia de Estados Unidos, parece un regreso al Spoils System del presidente Andrew Jackson, en los años treinta del siglo XIX, o a la Gilded Age de William McKinley, en los últimos años de ese mismo siglo; los presidentes favoritos de Trump. Pero para encontrar ejemplos similares en Argentina no hace falta viajar tan lejos en el tiempo. ¿Era tan distinto el “vamos por todo” kirchnerista? ¿Y la “comunidad organizada” peronista?
El ejemplo más pertinente, sin embargo, es la “democracia delegativa” de Carlos Menem, ídolo inigualable de Javier Milei. Así la llamó Guillermo O’Donnell. Se trataba de “un régimen en el que los ciudadanos eligen al gobernante, pero no disponen de instituciones bastante robustas como para controlarlo entre una elección y la siguiente”.
Hoy se la llamaría “democracia iliberal” y prolifera desde Rusia hasta Turquía, desde la India hasta El Salvador. Para algunos constituye la excepción; para la historia argentina ha sido más bien la norma.
Su rasgo principal es el patrimonialismo. Un rasgo típico del ancien régime, de regímenes que en el mundo hispánico tienen raíces más profundas que en el resto del mundo occidental, donde fueron cortadas por las revoluciones liberales. ¿De qué se trata? Como lo explicó Max Weber, es aquel orden en el que el Estado pertenece al Señor, los bienes públicos son su propiedad personal y los administradores sus servidores. No impera la impersonalidad de la ley, sino la arbitrariedad del poder. Sus manifestaciones más características son el familismo, el nepotismo, el clientelismo, el amiguismo. ¿Les suena familiar?
Durante mucho tiempo se pensó que el patrimonialismo había sido barrido por el advenimiento de la política moderna, del gobierno legal y racional.
Hoy ya casi nadie lo cree. Basta mirar a nuestro alrededor para advertir pulsiones patrimonialistas por todas partes. Más: parecería existir un vínculo férreo entre el desarrollo de nuevas y revolucionarias tecnologías y el retorno de formas primitivas de ejercicio del poder. Ocurrió hace un siglo y vuelve a ocurrir hoy.
Milei dice y repite que modernizará la Argentina. Muy bien. Pero “modernizar” significa todo y nada. Lo que sin duda no es moderno es el gobierno patrimonialista. Tampoco lo es agredir los contrapesos al poder presidencial: la prensa, las universidades, la justicia.
Volvamos al caso Michelli: actuando así, el Presidente no moderniza nada; recorre un camino ya transitado mil veces en la historia nacional.
Si realmente quiere modernizar el país, y hacerlo inspirándose en Estados Unidos, podría importar aquello que Trump está destruyendo: se llama forbearance, significa autocontrol, y es el ingrediente secreto de toda democracia moderna. Es el autocontrol del presidente que renuncia a utilizar un poder que la ley le confiere porque considera que su uso agresivo perjudicaría al sistema en su conjunto. Creo que los constituyentes de 1853 tenían precisamente eso en mente.
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