Hay una forma de justicia divina que puede verse corporizada en Los Palmeras. El grupo sobrevivió al desprecio de clase, lo trascendió y lo convirtió en estatus superador. Los más acaudalados y snobs ya consumen esa cumbia del Litoral sin culpa y la elevan a la categoría festiva más alta. Y ahí estoica anda la banda con nombre de árbol arañando los 54 años.
La nobleza de Los Palmeras es no haber buscado la validación, ni haber maquillado su origen para volverse “aceptables”. Mientras otros artistas populares terminan agotados en esa maratón por la legitimidad cultural, ellos siguieron tocando, pueblito por pueblito. La repetición como una ética que dio paso a un fenómeno.
Esta fábrica de música inicialmente pensada para obreros, para clubes de barrio, volvió a cambiar su formación este año y, sin embargo, no podemos hablar de “nuevos Palmeras”, sino de incorporaciones que siguen la tradición con profundo respeto a la esencia.
Ver un show ya sin los emblemas Cacho Deicas y sin Marcos Camino es una experiencia igualmente religiosa, un hecho que ninguna crónica o recorte viral puede escanear con fidelidad. Algún día un antropólogo cultural deberá estudiar esa liturgia que se produce en los shows de Los Palmeras y que aglutina clases y rangos etarios. ¿Cómo es que el público termina haciendo trencito en los pasillos, cómo un teatro se vuelve un gran casamiento sin novios?
Sin tregua, durante casi dos horas, un integrante con voz de locutor se encarga de disciplinar a la platea dando indicaciones del estilo “palmas bien arriba”, o “que no decaiga la fiesta”. El resto del ejército, de saco brilloso y moño almidonado, respeta un pasito sostenido en una misma baldosa todo el recital.
Cada vez que estos militantes del goce aparecen en una final de Copa Sudamericana o un evento popular del estilo, se hace justicia. Sin rebeldía estética ni letras crípticas, representan lo mejor de la argentinidad.
¿Pero qué quiere La Chola? Suena esa pregunta y ya nadie piensa en la ausencia de líderes. La liturgia de Los Palmeras sobrevive al recambio generacional de músicos. Los “nuevos” sostienen el andamiaje, toman dimensión del peso de la camiseta y la transpiran honrando a sus antecesores, incluso a los primeros que irrumpieron cuando el grupo se llamaba inicialmente Sexteto Palmeras.
De Santa a Latinoamérica. Los Palmeras con formación renovada.
“Nadie tomó el lugar de nadie. El único que de alguna manera ahora sigue el rol es Marcos Camino Jr, acordenista, hijo del histórico Camino fundador y director”, aclaran desde las entrañas de la agrupación. "Pablo López, uno de los vocalistas, que además toca güiro, venía cantando desde hace seis años y paso a ser cantante al frente. Después incorporamos a Lucas Delfratte para sumar una voz y no depender de un solo vocalista".
Se llamen como se llamen esos músicos, Los Palmeras aparecen con su cumbia santafesina y el aire cambia de densidad. Da la sensación de que suben a los escenarios más que para cantar, para instalar un clima espiritual. Son flautistas de Hamelin. No hay ilustrado que no venza su resistencia y no mueva involuntariamente el cuerpo con Bombón asesino. Como la gota que horada la piedra, a fuerza de paciencia cambiaron menosprecio por ovación.
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