Como dijera el célebre poeta español Ramón de Campoamor en su obra Las Doloras: «Y es que en el mundo traidor / nada hay verdad ni mentira; / todo es según el color / del cristal con que se mira».

Esta máxima nos resulta útil para analizar el carácter de la polémica sobre la situación económica actual. Por un lado, el oficialismo festeja con euforia el ordenamiento macroeconómico, la desaceleración de la inflación y el superávit fiscal; por el otro, la oposición denuncia con alarma el desplome del consumo, los salarios de miseria y la precarización del empleo formal.

¿Quién tiene la razón? Como pregonaba antaño la famosa publicidad de un polvo jabonoso: alguien decía que lavaba más limpio, mentiras otro sostenía que lavaba más blanco. El remate publicitario rezaba «Los dos tienen razón».

El tema es que el debate está asentado sobre una base engañosa distinguiendo entre la “macro” y la “micro”, cuando en realidad la política económica es una sola. Esta partición resulta extremadamente útil como herramienta pedagógica y de organización mental, pero en el mundo real, cada vez es más borrosa su distinción y mantenerla de forma rígida conduce a cometer errores en el despliegue de una estrategia económica.

Al fragmentar la discusión, ambos lados eligen el cristal que mejor acomoda su relato. Para el Gobierno, los verificadores de éxito se reducen a las planillas de Excel: el equilibrio fiscal, la baja del riesgo país y la estabilidad cambiaria. Para la oposición, en cambio, los únicos verificadores de éxito válidos se miden en la calle: el poder adquisitivo, el índice de pobreza y el nivel de empleo.

El error de los extremos de ambos sectores es tratarlos como variables independientes, olvidando que el éxito de la “macro” es estéril si destruye la “micro”, y que la mejora de la “micro” es insostenible sin orden “macro”.

Un gobierno puede presentar números macroeconómicos impecables ante los organismos internacionales, pero si este logro asfixia los ingresos de las familias y destruye el tejido empresarial, este “éxito” es un hecho socialmente insostenible.

De igual manera, está destinado al fracaso todo intento de repartir riqueza centrándose exclusivamente en el consumo inmediato, descuidando por completo la producción y la inversión. Esta desconexión entre los fríos números de los técnicos y el sufrimiento palpable de las mayorías no es nueva; de hecho, está en el origen mismo de la reputación de la economía como ciencia.

A mediados del siglo XIX, el ensayista escocés Thomas Carlyle bautizó a la economía como «la ciencia lúgubre» (the dismal science). El blanco de Carlyle era el conjunto de economistas liberales clásicos, liderado por John Stuart Mill que sostenía firmemente que eran las instituciones, y no la raza, lo que explicaba la riqueza o la pobreza de las naciones. Carlyle atacó ferozmente a Mill por su activo apoyo a la emancipación de los esclavos en las plantaciones caribeñas.

Para Carlyle, la idea de que los seres humanos eran inherentemente iguales y capaces de gobernarse a sí mismos bajo un conjunto de reglas era una aberración que destruiría el orden social. Fue precisamente ese componente humanista —el hecho de que la economía partiera de la premisa de que todas las personas eran fundamentalmente iguales y, por lo tanto, tenían el mismo derecho a la libertad— lo que horrorizó al pensador escocés.

Ironías de la historia: la economía nació como una ciencia “lúgubre” a ojos de los reaccionarios porque se atrevió a validar la dignidad y la igualdad humana por encima de las jerarquías de poder. Para honrar su historia, hoy el diseño de una política económica necesita unificar sus criterios de evaluación más allá de la ideología.

Si retomamos su origen —la economía como una herramienta emancipadora que valida la dignidad y la igualdad por encima del poder heredado—, los verificadores de éxito de una política económica cambian por completo. Ya no nos sirven solo la tasa de crecimiento del PBI o la baja de la inflación por sí mismos. Tampoco nos resulta útil el encapsulamiento de indicadores distributivos.

El mercado es una máquina extraordinariamente eficiente para generar riqueza, pero es inherentemente indiferente a la equidad, mientras que la equidad por sí sola no genera desarrollo.

Entender que las políticas públicas necesitan intervenir en el circuito económico no es cercenar la iniciativa individual, sino su salvaguarda. No busca eliminar las diferencias que nacen del esfuerzo, sino abolir las desigualdades que se generan de la exclusión.

Ya en el siglo XVIII, en su obra El contrato social, Jean-Jacques Rousseau formuló la base ética al advertir sobre los peligros de la desigualdad extrema: “Que ningún ciudadano sea tan opulento como para poder comprar a otro, y ninguno tan pobre como para verse obligado a venderse”. El verdadero desafío de todo gobernante en el convulsionado mundo de hoy es demostrar que el ordenamiento de los grandes números es compatible con el bienestar real de la gente en tiempo presente.

El verdadero desafío de todo gobernante en el convulsionado mundo de hoy es demostrar que el ordenamiento de los grandes números es compatible con el bienestar real de la gente en tiempo presente.